"La hipocresía exterior, siendo pecado en lo moral, es grande virtud política" Francisco de Quevedo.
El origen etimológico de la palabra hipocresía nos remite al griego hypokrisis: la acción de actuar, de ponerse una máscara y representar un papel en un escenario. Sin embargo, lo que en el teatro clásico era una representación artística con fines catárticos, en el ejercicio de la política autoritaria se convierte en una patología social devastadora. Cuando el poder se disocia por completo de la verdad, la actuación deja de ser un recurso narrativo y se transforma en una doctrina de dominación.
A este fenómeno le ha puesto la lupa la periodista Gladys Rodríguez en una reciente entrega de su podcast, al desmenuzar con fina agudeza comunicacional la retórica del llamado "Rodrigato" y, de manera particular, la ejecutoria de Delcy Rodríguez. El contraste resulta lacerante: por un lado, un discurso oficialista impregnado de una impostada superioridad moral que pretende dictar cátedra sobre el deber ciudadano y la ética; por el otro, la desfachatez de una trayectoria signada por el desacierto, la opacidad y el cinismo institucional.
Exigirle integridad y virtudes morales al ciudadano común —aquel que día a día sobrevive a la erosión de sus condiciones básicas de vida— mientras se encubre el peso de las propias barrabasadas gubernamentales no es un simple error de comunicación; es hipocresía en su estado más puro. Se apela a la norma para el sometido, mientras se garantiza la excepción y el privilegio para el gobernante.
Pero el problema abarca más que una figura individual. Como bien apunta el análisis de Gladys Rodríguez, la hipocresía es el rasgo distintivo de toda la Nomenklatura y del coro de secuaces que la rodea. Asistimos a un teatro de sombras donde los voceros del régimen fingen virtudes republicanas y compromisos sociales que simplemente no poseen. Su objetivo no es convencer, sino condicionar; buscan desesperadamente la aprobación, o al menos la amnesia colectiva, sobre un tiempo histórico signado por la miseria y el desmantelamiento institucional.
Frente a la pretensión de convertir la simulación en norma de vida pública, la labor del periodismo crítico y del ciudadano consciente consiste, precisamente, en quitar la máscara. Denunciar la hypokrisis no es un mero ejercicio estético o del lenguaje: es un acto de resistencia civil y de dignidad frente a quienes pretenden que aceptemos la ficción mientras sufrimos la realidad.




