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Sara Pacheco

Ramón Irigoyen tiene más de 30 años viviendo en la calle Cantaura del barrio La Guacamaya de la parroquia Candelaria. Desde hace cinco años aproximadamente la vía presenta un estado de deterioro que se ha hecho costumbre para los vecinos. Tierra que se transforma en barro al llegar la época de lluvias; aguas servidas que brotan de las bocas de visita más cercanas y que, en ocasiones, con el desplazamiento a alta velocidad por parte de algunos conductores, bañan a los peatones. 

Lo peor para Ramón es la indiferencia, pero la que viene por parte de las autoridades. El problema ha sido denunciado ante diferentes instancias municipales y estadales, así como en diferentes medios de comunicación, lo que significa que es bastante público y notorio, no obstante, la solución viene a paso de morrocoy. “Mucha gente dice: ‘La calle Cantaura es horrible’; pero no es la calle, son los trabajos que no los han sabido hacer. Siempre se hace todo a media gallina. Los recursos nunca han sido bien administrados”. 

En diversas oportunidades los vecinos tomaron la decisión de cerrar por completo el acceso por dos razones básicas. La primera, evitar que el asfalto se siga deteriorando. Las cloacas y trabajos mal hechos que han dejado sus huellas en la zona son un factor incidente, pero el constante paso de vehículos pesados como camiones de carga o autobuses no lo mejora. La otra razón era simplemente ejercer presión. El Hospital Central y el Palacio de Justicia se encuentran muy cerca, así que el paso de autoridades es frecuente.




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