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El hombre tiene que establecer un final para la guerra. Si no, ésta establecerá un fin para la humanidad”. John Fitzgerald Kennedy

Sin negociación no hay salida.-

La palabra diálogo nos trae malos recuerdos, porque cuando la dictadura está en apuros recurre a ella para oxigenarse. Por eso vamos a cambiarla por negociación. Necesario dialogar para negociar algo. Ese algo es la transición que causará el desalojo. Es necio pensar que sin mediar palabras la salida no será traumática. Los enemigos nunca pueden suspender las conversaciones, “aún ni con el sonar de los cañones, el diálogo se puede suspender” (Mao Tse- tung)

Lógico que cuando se está muy cerca de llegar al final de las guerras, los contrincantes tratan de demostrar su fortaleza. La oposición, desafiante y con coraje en las calles y, los órganos represores del régimen con sus huestes civiles o militares, encarcelando y acribillando sin piedad a los manifestantes. Eso es lo que estamos viendo. Si el régimen retrocede se sentirá derrotado, y si por el contrario es la oposición la que se calma, podemos asegurar y parafraseando a Simón Díaz con el Caballo viejo que luego de esta “no habrá otra oportunidad”.

Siendo esto así, la inteligencia es la que debe imponerse. No es renunciar a la radicalidad sino recurrir a la racionalidad. Esta lucha no es de todo ganar o no ganar nada. Durante las guerras no hay ganadores, todos perdemos. Cuando me refiero a no renunciar a la radicalidad es a nuestras ideas las cuales debemos defender en todos los terrenos siempre y cuando logremos algo.

Hoy la inmensa mayoría de la institución militar está convencida que el país no puede continuar por el mismo rumbo. Con ellos cuenta la oposición para evitar mayor derramamiento de sangre. La Fuerza Armada Nacional no puede permitir que se siga asesinando a un pueblo que reclama libertad. No tengo la menor duda que ese es el sentir de un amplio porcentaje de los integrantes de la FAN, aunque estamos claros que existe un grupete de capitostes milicopoliticos que siguen apoyando la continuidad de la satrapía de Nicolás Maduro, porque saben muy bien que si cae el tirano el brazo de la justicia los alcanzará.  

El juego (o el fin de la guerra) parece estar trancado por el miedo de pocos (militares) o la soberbia de muchos en tratar de insistir en el todo o en la nada, con este tipo de apuestas a lo Emiliano Zapata debo confesarles que “ni habrá justicia para el pueblo y tampoco el gobierno tendrá paz” ¿Eso es lo que queremos? Debemos apostar a reencontrarnos como venezolanos y sabemos que jamás nos reencontraremos si seguimos bajo esta dictadura. Por eso, hay que enseñarle al enemigo cuál es la vía de escape, construirle un puente que le conduzca a la ruta para que se vayas. Que se entienda bien: es un puente para que se vaya.

Actores de la paz.-

Los acuerdos de paz deben ser conducidos por representantes con credibilidad para que luego no sean desconocidos; porque no todos los temas de discusión serán del escrutinio público. Revelar algunos asuntos que se otorguen como concesión para la transición pudiera perjudicar cualquier negociación. Con crudeza hay que decir que, en los acuerdos de paz, muchas veces se tienen que sacrificar justicias individuales para lograr una aproximación a la paz colectiva.  Es duro reconocerlo pero la historia nos ha enseñado que es así.

El asunto estará entonces en la escogencia de los negociadores por parte de la oposición para llegar al acuerdo. Recordemos que no estarían negociando la paz con un grupo de insurgentes, sino con un gobierno forajido. Esta no es la paz que se negoció en Colombia que fue el gobierno que le dio concesiones a la guerrilla, aquí es la oposición quien se las daría a un gobierno que se comporta como guerrilleros, para que depongan las armas y entreguen el poder.

¿Qué está pasando en las calles?

Una de las consignas que más hemos escuchado a lo largo de estas luchas contra el régimen comienza con la siguiente  pregunta: ¿Quiénes somos? En el 2007 la respuesta era: ¡estudiantes! Hoy, ha cambiado, ahora la gente al preguntarle ¿quiénes somos? inmediatamente contesta: ¡Venezuela!

Si bien es cierto que nuevamente siguen siendo los estudiantes que con valentía y repletos de dignidad a quienes vemos en las calles de nuestro país, también es verdad que están perfectamente acoplados con ciudadanos de distintas edades, razas, oficios y colores con los mismos propósitos, que no es el de llegar al poder, sino de transformar el país.

Una cosa es la inmensa mayoría de personas que vemos en las calles protestar y, otra muy distinta es el minúsculo sector que intenta mimetizarse con ella, pensando que en algún momento podrá sacarle provecho electoralmente. Ese grupo con esquemas mezquinos no piensa en el país, sino en escalar posiciones para convivir con la dictadura y no para desalojarla. Por tal razón, cuando hablemos de unidad es menester hacer la siguiente observación: la oposición que conforma el común de los ciudadanos –que son millones- está más unida que nunca, pero con tristeza tengo que decir que en ciertos personajes que se sienten acreedores de la vocería opositora no percibo la misma unidad que se siente en las calles. Repito: en las calles hay unidad de propósito: ¡reconstruir el país desalojando la dictadura!

¿Qué queremos?

Volviendo a la consigna. La segunda pregunta que se grita en las marchas es ¿qué queremos? Antes los muchachos alzaban su voz y decían ¡estudiar! Ahora no es la misma respuesta, porque en lugar de estudiar, nos retumban los tímpanos con el sonido: ¡LIBERTAD! ¿Quiénes somos? Venezuela, ¿qué queremos? ¡Libertad! Eso lo hemos entendido muy bien, bajo los designios de este régimen no podrá haber lo que anhelamos, que no es algo distinto a la libertad con todo lo que ella conlleva. Oportunidades, tranquilidad, esperanzas, seguridad, y también poder elegir sin ataduras ni chantajes y, entre múltiples opciones, a los futuros gobernantes.

Ya estamos claros que en las dictaduras las circunstancias te limitan las escogencias y desde el cogollo (opositor) algunas veces manipulado por el tirano de turno, es seleccionado el contendor. El tirano recurre a sus esbirros para encarcelar o inhabilitar, y el cogollo recurre al chantaje de la unidad para que la oposición vote por el “ungido”. Por ese motivo -y muchos otros más- en dictadura las salidas electorales convencionales no son la solución. El dictador selecciona a su contendor.

La esperanza recae entonces en los ciudadanos, y son ellos quienes se han encargado de mantenerla viva. Por eso, es hora de ser cada día más exigente con los dirigentes, y más educados en política, para que nunca más nos vuelvan a meter gato por liebre.

@pabloaure




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