Por fin culminé una lectura que sabía indispensable pero que, por diversos motivos, había pospuesto hasta el cansancio. Hablo de Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos. Se trata del título más representativo del autor más reconocido de toda nuestra historia, nada más y nada menos.
Sobre la aventura —o desventura— de Santos Luzardo había escuchado bastantes comentarios; esta es una de esas historias en las que todo el mundo ha caído al menos una vez (en ocasiones por accidente) y de la que existen diversas opiniones. Que si está muy cargada de descripciones, que si es arcaica, que si se hace un énfasis desmedido en la naturaleza… Todos esos prejuicios me parecieron absurdos.
De acuerdo a la corriente literaria a la que pertenece y al contexto de la época en la que fue escrita, considero que es una magnifica novela. Diría, incluso, que es de las mejores lecturas que llevo en lo que ha transcurrido del año, quizás en parte por la identificación que siento con la cultura llanera y con la imposición de la civilización en la vida pueblerina.
De todas las ideas que creo que se pueden resaltar de este libro, hay una que se suele omitir en el imaginario colectivo, y que no por ello es menos valiosa: el rechazo a la superstición.
Además de la evidente vinculación de la anarquía rural con la barbarie, parece que el narrador de Doña Bárbara —que nunca es la misma persona que el autor, sino un personaje propio, valga la aclaración— también relaciona las creencias populares y mitos con la fiereza del entorno.
A lo largo del texto esto se nota, cuando Gallegos va cerrando los espacios a ciertas situaciones que podrían haber derivado en un ambiente más fantasioso. Los rebullones de Juan Primito y los poderes místicos de Doña Bárbara, asumidos como verdades legítimas dentro del plano literario, habrían dado otro matiz a la historia. No obstante, la fuerza civilizadora, que tiene a Luzardo como máximo exponente, también se impone en la narración misma. El universo que abarca Altamira es crudo y verosímil. Las facultades mágicas que los peones creen adivinar en cada rincón no son más que un producto de su imaginación, que no tiene mayor efecto en la realidad. Parece ser el llano ilustrado.
No comento esta característica como algo negativo, sino como un acierto del autor. Haber fijado estas delimitaciones permite robustecer el conflicto principal de la novela. Santos no arruina el imaginario altamireño, sino que inicia la ambiciosa empresa de modificar su entorno, a escala física en lo evidente y espiritual en lo entredicho.
El escepticismo gallegiano llega a su máximo apogeo en el final del capítulo XII, cuando Pajarote le dice a Luzardo que es Dios mismo quien ha aligerado los problemas que lo agobian, incluyendo haberle quitado la vida a El Brujeador. Sin embargo, Santos niega a esta deidad cristiano-llanera, al sonreír, pues “al dios de Pajarote, como al amigo del cuento de ño Pernalete, no le producían escrúpulos los puntos sobre las haches”.
Me gusta creer que este es el camino; no el de la negación de las creencias espirituales, sino el de la depuración de la superstición como ley inobjetable dentro de la idiosincrasia venezolana. Las leyendas son eso, leyendas, y desde su carácter inofensivo engrandecen la identidad de los lugares que las cobijan. Tomarlas en serio es abrir paso a la oscuridad de la ignorancia. Esa es la premisa que nos ha permitido explicar el verdadero funcionamiento de nuestro mundo desde la ciencia.






