El 10 de abril: la música que ocurre cuando nadie mira

La música, la de verdad-verdad, no suele suceder cuando hay público. Sucede, más bien, cuando nadie escucha

Antes de sentarme a escribir, suelo buscar alguna fecha que dialogue con el momento de publicación y dejar que desde allí se abra el texto. Es una costumbre útil… pero también una trampa. Me resisto a convertir estas líneas en un simple anecdotario cronológico semanal. Esta vez miré el 10 de abril y sus días cercanos: encontré hechos, nombres, efemérides. Y, sin embargo, mis dedos quedaron suspendidos en el aire. No por falta de historia, sino por una pregunta más honda: ¿por qué escribir precisamente desde ahí… si ahí, aparentemente, no pasa nada?

Hay días que no tienen nombre. No están en los libros, no cargan aniversarios, no convocan homenajes. El 10 de abril es uno de ellos. Y, sin embargo, es probable que en un día así ocurra más música verdadera que en cualquier fecha solemne del calendario.

Porque la música, la de verdad-verdad, no suele suceder cuando hay público. Sucede, más bien, cuando nadie escucha. Cuando no hay expectativa externa ni necesidad de demostrar nada. Cuando el sonido todavía no busca ser aprobado, sino comprendido.

Sucede, por ejemplo, en una habitación cualquiera, donde un estudiante repite una escala sin saber que está afinando algo más que los dedos. En ese gesto aparentemente mecánico se está construyendo una relación con el instrumento, con el cuerpo, con el tiempo. 

Nadie lo aplaude, pero ahí empieza todo.

El calendario celebra resultados.

La música habita los procesos.

Un 10 de abril cualquiera, un niño puede descubrir que el Do no es una tecla sino una sensación. Puede empezar a percibir que entre una nota y otra hay una intención, una dirección, una pequeña historia. Ese descubrimiento no hace ruido. No se anuncia. Pero transforma para siempre la manera de tocar.

También puede ocurrir lo contrario: la frustración. El error reiterado. El compás que no encaja, la mano que no responde, la sensación de estancamiento. Y sin embargo, incluso ahí —o sobre todo ahí— está ocurriendo música. Porque el error no es la negación del aprendizaje, sino que puede llegar a ser su territorio más fértil.

En esos días invisibles se forja el oído. No el oído como capacidad técnica, sino como forma de atención. Escuchar deja de ser oír sonidos para convertirse en una manera de estar en el mundo. Y eso, aunque parezca exagerado, es profundamente musical.

Un adolescente puede decidir —sin decirlo— que quiere seguir. Que, a pesar de la incomodidad, del esfuerzo, de la lentitud del proceso, hay algo que vale la pena. Esa decisión íntima, casi silenciosa, es más determinante que cualquier aplauso futuro.

Un docente, por su parte, también vive sus propios “10 de abril”. Ese momento en el que decide no corregir todo. En el que elige una sola cosa y la trabaja con claridad. En el que comprende que enseñar no es señalar errores, sino acompañar procesos. Ese gesto, aparentemente pequeño, puede redefinir un vínculo completo.

Nada de esto será registrado.

No habrá efemérides que digan: “Hoy alguien entendió por primera vez lo que estaba tocando”. No habrá placas que recuerden el instante en que una mano dejó de ser torpe y empezó a ser consciente. No habrá titulares sobre el día en que un estudiante se escuchó a sí mismo con verdadera atención.

Y, sin embargo, ahí ocurre todo.

Los grandes conciertos, las obras consagradas, los nombres que repetimos — Johann Sebastian Bach, Jacob Collier, Otilio Galíndez, Juan Luis Guerra… nombres que repetimos como si siempre hubieran estado ahí— son apenas la superficie visible de una cantidad inmensa de días anónimos. Días sin historia aparente, pero cargados de pequeñas decisiones que, acumuladas, hacen posible lo extraordinario.

Quizás por eso la música es un arte tan profundamente humano: porque su verdadero territorio no es el escenario, sino el tránsito. No el momento culminante, sino el camino que lo hace posible. Una vez más, como diría Rubén Blades en Maestra Vida, en esa frase que César Miguel Rondón nos hizo propia: una vez más, la música no es más que un pretexto...

En mi experiencia —y sospecho que en la de muchos— los momentos más decisivos no han ocurrido en conciertos, sino en silencios. En esos instantes donde algo “encaja” sin hacer ruido. Donde una frase empieza a respirar, donde una intención se vuelve clara, donde uno deja de tocar notas y empieza, sin darse cuenta, a decir algo. Donde cae la locha.

Esos momentos no se pueden programar. No responden a fechas ni a calendarios. Aparecen cuando aparecen, casi siempre en medio de la rutina. En medio de un día cualquiera.

La música no se construye en fechas importantes. Se construye en la repetición paciente de días que parecen iguales. En la insistencia. En la capacidad de sostener un proceso incluso cuando no hay resultados inmediatos.

Y tal vez ahí haya una lección que trasciende lo musical.

Vivimos esperando los grandes momentos: el concierto, el reconocimiento, el aplauso, la validación externa. Pero lo esencial ocurre antes, lejos de la mirada. En esos días sin nombre donde decidimos —casi siempre en silencio— seguir.

Seguir estudiando. Seguir enseñando. Seguir buscando una forma más honesta de decir lo que queremos decir.

El 10 de abril no significa nada desde el punto de vista histórico musical. No tiene el peso simbólico de otras fechas, no arrastra celebraciones ni aniversarios. Pero, justamente por eso, está disponible. Libre de expectativas. Abierto.

Disponible para que algo ocurra.

Quizás hoy, en algún lugar, alguien esté empezando a entender. Quizás alguien esté a punto de abandonar… o de quedarse. Quizás alguien esté descubriendo una sonoridad nueva, o reconciliándose con un pasaje que antes rechazaba.

No lo sabremos. 

Pero ocurre.

Y en ese anonimato hay una verdad profunda: la música no necesita ser vista para existir. No necesita ser celebrada para ser valiosa. Su fuerza está en su capacidad de transformar, incluso cuando nadie está mirando.

El 10 de abril no tiene historia, pero está lleno de historias. Y, precisamente por eso, puede significarlo todo.

Nota al pie: Mis dedos vuelven al teclado con la impronta de relator cronológico —como quien no puede evitarlo— para rendirse a dos fechas que convergen en el 10 de abril: el fallecimiento, en 1979, de Nino Rota, prodigioso arquitecto de melodías y autor de la música de El Padrino I y II (la banda sonora de la tercera entrega, hecha en 1990, ya sin Rota, fue compuesta por Carmine Coppola, hijo del director Francis Ford Coppola y quien supo prolongar la huella del compositor original); y el cumpleaños de mi ahijada María Lucía “Nenu” Briceño Segovia, en cuyos dedos, mente y corazón habitó, y quizás aún habita, el deseo de ser pianista.

juanpablocorreafeo@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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El 10 de abril: la música que ocurre cuando nadie mira

Juan Pablo Correa
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