A mediados de este año visité la que por escaso tiempo fue mi librería favorita —la cerraron hace poco, así es nuestro país—. Recuerdo estar frente al puñado de libros que formaban parte de la sección de ensayos académicos, invadidos ocasionalmente por algunas novelas escritas fuera de nuestro territorio. En realidad, siento que el criterio para organizar los textos allí es que sus escritores fueran de izquierda. Esto nunca me ocasionó ningún tipo de conflicto, estoy convencido de que se aprende mucho leyendo a las personas con la que uno no está de acuerdo. Después de todo, así funciona la democracia.
Sin embargo, esta indulgencia natural tiene sus matices y esto fue precisamente lo que marcó la visita que hice a un libro que conseguí aquel día. Lo vi en la zona inferior, tuve que agacharme para recogerlo. En la portada había una especie de barco encallado en una formación rocosa; ese fue el elemento que me enganchó porque nada me gusta más que las historias que se desarrollan en el mar. En la parte superior, además, se anunciaba que esa obra había sido galardonada con el Premio Rómulo Gallegos de 2009. Ahí confirmé que la iba a comprar.
Como siempre, dejé pasar algunas semanas para empezar El país de la canela —ese era su nombre—, de William Ospina, mientras terminaba otros libros pendientes. Cuando llegó el momento, me adentré sin prejuicios y conseguí una buena historia, de prosa eficiente y nutrida, ambientada en una América pretérita ignorada muchas veces por el imaginario colectivo y las historias populares. Recién había pasado el primer furor de la conquista y el continente había entrado en el largo y doloroso proceso de construir ciudades que todavía no existían, mientras intentaban “domesticar” soberbiamente a las poblaciones originarias.
Allí, en ese contexto, Cristóbal de Aguilar se erige como protagonista de la trama. Es hijo de un antiguo colonizador del Perú, ya muerto, y de una indígena que no lo reconoció para evitar que su descendencia lidie con el estigma de ser mestizo y la pérdida de privilegios que ello conllevaba en aquellos años. El muchacho, adolescente todavía, decide emprender un viaje a Sudamérica desde La Española (isla que comparten República Dominicana y Haití), lugar donde vivía junto a su madre, de quien en realidad pensaba que era solo su cuidadora.
Una vez llegado a Perú, termina en la zona de influencia de Gonzalo Pizarro, personaje histórico real, con quien inicia una travesía hacia el Amazonas desde los Andes peruanos, en búsqueda de un supuesto bosque repleto de árboles de canela, que supondría ingentes riquezas para los expedicionarios. Ya en la cuenca hidrográfica del río más emblemático del continente, los aventureros españoles, acompañados de un puñado de indígenas, se enfrentan al desengaño y a la precariedad de lo desconocido, mientras intentan sobrevivir.
Como dije originalmente, me parece una buena historia. Está contada en primera persona y, lo que en un principio me pareció una debilidad, terminó por convertirse en una virtud: la mayoría de lo narrado tiene bases reales. Es decir, la expedición sí existió y vivió muchas de las anécdotas contadas por Ospina.
No obstante, en lo particular hay algo que no termina de convencerme. El trasfondo político, del que hablé antes en términos de desinterés parcial, no acompaña, sino que atraviesa la historia por momentos. En algunos pasajes Cristóbal de Aguilar muestra una lucidez política propia de nuestros tiempos, con dominio de conceptos como la decolonialidad, de la que habla de forma implícita. Sus palabras parecen confundirse más con un manifiesto antiimperialista, que ser las propias de un muchacho de menos de 20 años que vive en el siglo XVI.
No digo que sea imposible que españoles peninsulares hicieran críticas al sistema —deplorable desde el punto de vista moral contemporáneo, ciertamente—, de hecho, ya por entonces vivía Bartolomé de las Casas. A lo que me refiero es a que se trata de una jugada riesgosa, que afortunadamente no comprometió la obra en este caso, pero en otros libros del mismo tipo puede llegar a convertirse más en un instrumento de disuasión ideológica que en historias formidables.






