Una primera dama que encarna clásicos estándares de belleza y que va siempre vestida de firmas de lujo. En un contexto en el que solo se valore el poder y la belleza, sin importar quién lo tenga, estas serían razones suficientes para salir en una de las revistas más influyentes del mundo. Pero en el mundillo de la moda, protagonizar la portada de Vogue no se trata de un derecho al que se accede con pasaporte diplomático, sino de una distinción que se otorga bajo condiciones que sólo Anna Wintour parece autorizada a evaluar.

Con el rostro tapado por un espeso velo y bajo el título “La nueva novia de Donald Trump”, la ex-modelo nacida y criada en Eslovenia que emigró a Estados Unidos persiguiendo su sueño de ser modelo, ya ha tenido su portada en Vogue. Para la edición de febrero de 2005, se retrató llevando el mismo vestido de novia diseñado por John Galliano para Christian Dior que luego usó para casarse con el magnate.
Wintour, quizás la más influyente de las guardianas del “buen gusto”, es famosa por enfatizar que “salir en Vogue tiene que significar algo”. Cabe preguntarse entonces, si la oportunidad se repitiera para Melania Trump, qué significado tendría que la misma persona que hace 20 años ilustró un artículo titulado “Cómo casarse con un millonario”, hoy sea una de las personas que está más cercanas al poder mundial, en un contexto de guerras, desastres naturales y abismales desigualdades sociales y económicas.

De acuerdo a algunos testimonios, la razón por la que Melania Trump no ha repetido en la primera página de esta influyente publicación, esta vez en su rol de “Flotus” (First Lady of the United States), puede explicarse no tanto en el histórico apoyo de la revista al partido demócrata -la oposición del actual presidente de EE.UU.-, sino a los propios impasses de la primera dama con la plenipotenciaria de Condé Nast.
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El testimonio de Stephanie Winston Wolkoff, una amiga de Melania Trump que ha sido expulsada de su círculo íntimo, arroja luces sobre un aparente malentendido con Wintour. En su libro “Anna, la biografía”, la periodista Amy Odell reproduce cómo en la víspera de la primera toma de posesión del republicano, la hoy primera dama no habría saludado la presencia de la respetada editora en una visita que ésta hiciese al presidente electo en la Trump Tower.

Según lo recogido por Odell, la tercera esposa del presidente norteamericano habría expresado su desdén por la publicación: “I don't give a f**** about Vogue or any other magazine” (Me importa un comino Vogue o cualquier otra revista). Sin embargo, se supo que habría cancelado una sesión de fotos para Vogue solamente después de que el equipo editorial no pudo garantizar que le darían la portada, una práctica completamente normal en el mundo periodístico.
Algunos podrían decir que se trata de una historia inventada por una ex-amiga que resiente su expulsión de un círculo privilegiado. O lo contrario: que es exactamente la actitud de una persona con el mismo coeficiente diplomático que en 2018, durante una visita a un centro de niños separados de sus padres inmigrantes, eligió lucir un abrigo con un gran estampado que decía “I really don’t care, do you?”. Dicho en español: realmente no me importa, ¿y a tí?
Será tomarle la palabra.






