La música suele presentarse como un territorio neutral, casi puro. Siempre me ha gustado pensarla, a riesgo de sonar a cliché, como un lenguaje universal, capaz de atravesar fronteras, ideologías, clases sociales y prejuicios. Sin embargo, basta mirar con atención su historia -y nuestro presente- para descubrir que la música nunca viaja sola: siempre lo hace acompañada de cuerpos, contextos, identidades y miradas ajenas. Y allí, justo allí, aparece la hipocresía social. Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo, escribió Ortega y Gasset en 1914.
Uno de los ejemplos más elocuentes del siglo XX es el de Frankie Lymon. Nació el 30 de septiembre de 1942. Falleció con tan solo 25 años el 27 de febrero de 1968. Su voz, nítida y juvenil, sonaba con naturalidad en la radio estadounidense de los años cincuenta. Era fresca, pegadiza, exitosa. Nadie parecía cuestionarla. Pero, cuando esa voz adquirió rostro en la novedosa televisión a mediados de los 50, cuando se hizo visible que pertenecía a un joven negro… algo se tensó. No porque la música hubiera cambiado, sino porque el oyente se vio obligado a confrontar sus propios prejuicios. La voz era aceptable; el color de la piel, no del todo. La radio permitía una ilusión de neutralidad que el escenario desmentía. En este enlace pueden observarse los gestos del público, visiblemente impactado, aunque intentando disimular su sorpresa: https://www.youtube.com/watch?v=Qo4_UT1pF6k. (Dato de color: Esta canción la encontramos en la película “Matilda”). Podemos observar, en lugar de una típica fanaticada entusiasmada, a chicas con cara de cucaracha en baile e’ gallina, o con rostros de, como diría el actor venezolano Carlos Márquez en su rol de Eleazar Meléndez en “La Fiera”, ¿¡Qué vaina es esta!?
Este fenómeno no vino solo. Durante décadas, la industria musical permitió que muchas expresiones sonoras afroamericanas fueran consumidas mientras permanecieran “despersonalizadas”. El talento era celebrado siempre que no interpelara directamente a la estructura social dominante. Cuando lo hacía, surgían incomodidades, silencios, resistencias. La música funcionaba como un caballo de Troya involuntario: entraba sin problema, pero una vez revelado su origen, se convertía en amenaza.
Pero además del racismo o clasismo, existe la influencia del contexto. En 2007, uno de los mejores violinistas del mundo, Joshua Bell tocó de incógnito en la estación L’Enfant Plaza de Washington D. C. durante la hora pico. Apenas días antes había actuado en el auditorio de la Biblioteca del Congreso, donde una entrada para escucharlo podía costar entre 100 y 300 dólares. Interpretó obras complejas, con un violín Stradivarius de más de nueve millones de euros. El resultado es conocido: cientos de personas pasaron de largo, apenas unas pocas se detuvieron, casi nadie escuchó. La misma música que llena teatros y justifica entradas costosas fue ignorada porque no estaba presentada en el “marco correcto”.
Aquí no hubo rechazo racial directo ni gestos de molestia visibles. Hubo algo quizás más inquietante: indiferencia. El valor de la música parecía depender menos de su contenido que del contexto que la legitimaba. Sin escenario, sin luces, sin programa de mano, sin etiqueta de prestigio, la belleza perdía urgencia. No era que la música no fuera buena; era que no “parecía” importante.
Ambos casos -el de Lymon y el de Bell- revelan una verdad incómoda: no escuchamos solo con los oídos. Escuchamos con prejuicios, con hábitos culturales, con construcciones sociales profundamente arraigadas. La música es juzgada no solo por lo que suena, sino por quién la interpreta, dónde se interpreta y desde qué lugar simbólico se presenta.
Estos episodios suelen contarse como anécdotas del pasado, como si el tiempo hubiera resuelto el problema. Pero la hipocresía social no desaparece: se transforma. Cambia de discurso, de forma, de lenguaje. Hoy ya no se prohíbe tan abiertamente, pero se descalifica, se minimiza, se estigmatiza desde otros lugares.
En Venezuela conocemos bien este mecanismo. Pensemos, por ejemplo, en cómo durante años ciertas expresiones musicales fueron consideradas “menores” o “poco serias” hasta que obtuvieron un aval académico o institucional. El joropo, la música popular urbana, incluso la música coral comunitaria, muchas veces necesitaron pasar por el filtro del conservatorio, del arreglo sinfónico o del reconocimiento internacional para ser tomadas en serio. No bastaba con existir.
Compositores como Aldemaro Romero entendieron muy bien esta tensión. Su propuesta no fue blanquear la música popular, sino demostrar que los prejuicios estaban en la mirada, no en el material sonoro. Algo similar ocurrió con Simón Díaz, cuya obra fue durante mucho tiempo encasillada como simple o “del campo”, hasta que el mundo decidió escucharla con otros oídos. Entonces, casi de golpe, apareció su profundidad poética. La historia se repite con Otilio Galíndez, con Juan Vicente Torrealba, con Ilan Chester y con tantos otros creadores venezolanos que fueron, durante años, leídos desde el prejuicio antes que desde la mera escucha.
EL Primer Festival Latinoamericano de Música se celebró en Caracas entre el 22 de noviembre y el 5 de diciembre de 1954. Asistió buena parte de los compositores latinoamericanos más vinculados a las corrientes de vanguardia del momento y, en esa primera edición, se estrenaron -o se dieron a conocer por primera vez en la ciudad- obras hoy emblemáticas, como la Sinfonía India de Carlos Chávez, la Cantata Criolla de Antonio Estévez -ya estrenada meses antes-, las Bachianas Brasileiras n.º 5 de Heitor Villa-Lobos y el Danzón n.º 2 de Arturo Márquez, entre muchas otras.
La primera noche incluyó un brindis de bienvenida. Muchos de esos autores, hasta entonces unidos solo por la distancia y el papel, por fin se encontraron cara a cara. Las conversaciones se multiplicaban por toda la sala: intensas, cruzadas, entusiastas. En ese contexto, María Luisa Escobar había invitado a Juan Vicente Torrealba a tocar con su entonces novedosa agrupación Los Torrealberos. Torrealba ejecutaba el arpa criolla mientras, a su alrededor, los compositores “académicos” conversaban animadamente entre sí.
Con la “música de fondo” de Torrealba, me imagino que los temas de conversación debieron ser de gran interés. Pero, de pronto, el maestro brasileño Villa-Lobos alzó la voz y exclamó: “¡Silencio! ¡Escuchemos música, por favor!”, señalando a Torrealba. La sala quedó en silencio. Todos escuchando música llanera. El arpa de Torrealba sonando sin adjetivos ni jerarquías. Más de cincuenta años después, cuando él mismo me contó esa escena, sus ojos se iluminaron. Era el recuerdo grato de un instante poco frecuente: el de bajar del pedestal para, simplemente, escuchar música.
La hipocresía no está en que una sociedad tarde en comprender; está en negar valor hasta que una autoridad externa lo confirme. Es el mismo mecanismo que ignora a Joshua Bell en el metro y lo ovaciona en una sala de conciertos. El mismo que consume una voz por radio pero se incomoda cuando ve la piel de quien la produce.
Este fenómeno no se limita a la música académica o popular del pasado. Hoy se manifiesta con fuerza en las expresiones urbanas contemporáneas. El reguetón, por ejemplo, suele ser reducido a caricatura: ruido, banalidad, falta de contenido. Sin embargo, detrás de esa etiqueta hay un fenómeno sociocultural complejo, con códigos propios, estructuras sonoras específicas y un impacto real en millones de personas.
En mi experiencia actual como docente, esto deja de ser una abstracción. Doy clases de composición en la modalidad online y tengo un estudiante y amigo que reside en Medellín. Es un gran productor musical de reguetón, y juntos estamos investigando esta expresión urbana no como moda ni como provocación, sino como objeto de estudio. Analizamos sus patrones rítmicos, su construcción armónica secuencial, su función social, su circulación simbólica. Y, sobre todo, trabajamos conscientemente en traspasar las barreras del prejuicio. De mi prejuicio. Del de todos.
No se trata de decir que todo es bueno ni de renunciar al pensamiento crítico. Se trata de escuchar antes de juzgar. De entender que muchas veces el rechazo no nace del sonido, sino de lo que ese sonido representa para quien escucha. Clase social, generación, territorio, identidad. La música vuelve a ser espejo.
Quizás el problema no sea la música, sino nuestra necesidad constante de jerarquizarla para sentirnos a salvo. Etiquetar para no involucrarnos. Clasificar para no escuchar demasiado. La hipocresía social se delata cuando decimos amar la música, pero solo bajo ciertas condiciones: cuando está bien vestida, bien ubicada, bien presentada.
La historia nos muestra que la música siempre termina sobreviviendo a esos filtros. Frankie Lymon, Joshua Bell y Torrealba -cada uno a su manera- siguen sonando. Los prejuicios, en cambio, envejecen mal. Tal vez la tarea pendiente no sea producir más música, sino aprender a escucharla con menos miedo.
Quizá por eso valga la pena detenerse unos minutos y ver el registro del experimento de Joshua Bell en el metro de Washington. No como curiosidad viral ni como moraleja simplificada, sino como documento revelador. Allí conviven la música, la prisa, el contexto y la indiferencia; allí la belleza aparece sin advertencias ni marcos de legitimación. El video queda aquí como una invitación abierta a mirar -y a escucharnos- con un poco más de honestidad, preguntándonos cuántas veces pasamos de largo frente a aquello que decimos valorar:
https://www.youtube.com/watch?v=hnOPu0_YWhw juanpablocorreafeo@gmail.com
juanpablocorreafeo@gmail.com




