MAR DE LETRAS

Una mirada al mundo de la literatura, con sus obras, autores y anécdotas, desde una perspectiva cercana y fresca

Madame Bovary: Vanidad, adulterio y crítica social

De esos acérrimos defensores recuerdo a Hemingway, que incluyó la novela en una lista de títulos indispensables para aprender a escribir

Madame Bovary
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Uno de los hechos aparentemente incuestionables que uno escucha durante este viaje de descubrimiento que es la literatura, es la maestría con la que fue escrito Madame Bovary, el libro más conocido de Gustave Flaubert.

No pocos son los escritores que han elogiado esta intrincada historia de desamores y desilusiones ambientada en una Francia añeja, cruda, en un punto medio entre nuestro tiempo y el pasado imprecisable. De esos acérrimos defensores recuerdo a Hemingway, que incluyó la novela en una lista de títulos indispensables para aprender a escribir, que le entregó a un joven que vino a pedirle consejos del oficio.

Vargas Llosa es otro fervoroso flaubertiano que siempre antepuso a Emma Bovary en sus lecturas destacadas. Testimonios de tal peso despertaron mi curiosidad, entonces, y me dispuse hace poco a adentrarme en un nuevo universo literario.

La característica principal de la historia es su descarado realismo —en un sentido positivo, por supuesto—; no hay una vida idealizada, sino que es la vida misma lo que se intenta transmitir, tal como es, y eso supone una dura crítica a la sociedad de aquel momento.

A los personajes de la novela no los mueve un anhelo de honor y gloria, como ocurría hace un par de siglos, en parte gracias a los mecanismos internos que operaban en el ideario colectivo, sino que tienen motivaciones internas más banales, cercanas; se trata de una aproximación a las tendencias actuales. La protagonista bien podría ser una muchacha valenciana de pleno 2025.

Esta crudeza se refleja con mayor fuerza en la propia Emma, a quien poco le importa un matrimonio estable y feliz —con un esposo que, ciertamente, peca en extremo de ingenuo e idealista— y una condición económica relativamente buena para los estándares de la época. En lugar de valorar las virtudes y ventajas que el destino le asignó, se pierde en una búsqueda de placeres carnales y vanidad, que quizás no son más que la fachada de un vacío interior mucho mayor.

De hecho, una de las condiciones más interesantes y reveladoras de la figura principal de esta historia es su rechazo hacia su hija. Por momentos, Emma da cuenta de su escaso sentido de maternidad e incluso deja de valorar su presencia en algunas de sus ilusiones adúlteras de una vida mejor. La realidad es que la señora Bovary está incompleta y la novela, más allá de ser la narración de sus infidelidades, es la búsqueda de aquello que le hace falta.

Finalmente, en un último arrebato de poder sobre su existencia, Emma se quita la vida. No lo hace, dicho sea de paso, como un sacrificio solemne por un valor que va más allá de lo mundano. No. En realidad, decide envenenarse en medio de la desesperación por las deudas a las que arrastró a su propio marido y a sí misma en sus delirios vanidosos.

No obstante, estas páginas en las que se narran los estragos que el arsénico hizo en su cuerpo —y que Vargas Llosa ha calificado como uno de los pasajes mejor escritos de la literatura universal— arrojan un poco de luz sobre el tormento que fue Emma. No pasa como con la agonía del Quijote, en la que es Alonso mismo quien se ilumina en un último acto de valentía, sino que es el entorno quien por primera vez humaniza a la señora Bovary y moldea una imagen de lo que fue, o de lo que quizás pudo haber sido.

En fin, los elogios no son inmerecidos; es un libro recomendadísimo, pero no para quienes están comenzando a adentrarse en el hábito de la lectura.

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Madame Bovary: Vanidad, adulterio y crítica social

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