La mañana del 10 de enero de 2026, Marco Bozo estaba limpiando los baños del comando del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) de San Antonio del Táchira cuando un comisario se acercó y le dijo que había llegado su boleta de excarcelación. Llevaba 362 días preso.
"Hasta que no me vea en la calle, no te creo", pensó. Cuando por fin salió, estaba en un pueblo que no conocía. Había llegado ahí directamente desde una alcabala, sin ver nada de San Antonio. No sabía para dónde ir. Llamó a su papá, que tardó dos horas en llegar. Bozo esperó en la calle, libre pero paralizado. Agarró sus libros antes de salir. El ventilador recargable y el ajedrez se los dejó a sus compañeros de celda.
Marco Bozo es dirigente de Primero Justicia en Carabobo. Formó parte del comando de campaña que trabajó en las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, encargándose junto a un equipo de las bases de misiones en parroquias como Rafael Urdaneta y Miguel Peña en Valencia, zonas que describía como impenetrables hasta poco antes.
Esa noche, cuando el Consejo Nacional Electoral (CNE) anunció los resultados, supo lo que se venía. Se fue de su casa. Estuvo dos semanas resguardado en Carabobo, regresó al ver que las patrullas no iban a su vivienda sino a la de su madre, se confió, volvió a su rutina de trabajo en la calle.
Lo que no sabía era que tenía una orden de arresto desde mayo de 2024, meses antes incluso de las elecciones. "Dios, el universo, mis ángeles guardianes me dieron seis meses de gracia", dice hoy.
En diciembre viajó a Colombia para un encuentro familiar, sabiendo que tenía el pasaporte anulado salió por San Antonio. Pasaron fin de año en Bogotá. Su madre le pedía que no regresara. Él quería volver, trabajar, estar en Venezuela. "Yo siento que yo estoy sembrado aquí."
En enero cruzó de regreso. En la primera alcabala en Tienditas, varios funcionarios del Cicpc le dijeron que tenía orden de aprehensión. "Se nos vino el mundo encima. Estaba con mi esposa."
El único punto innegociable en la celda
Lo primero fue una celda común. Bozo entró como el número 17. El hacinamiento era tal que lo comparó con una discoteca repleta donde uno se roza constantemente con desconocidos. El calor, insoportable.
Cuando los funcionarios se dieron cuenta de que era preso político lo trasladaron a otra celda, pero esa no tenía baños y las paredes estaban cubiertas de excremento, chimó y sudor. Bozo la limpió entera. Pasó pintura en todas las paredes. Cuando llovía, la celda se convertía en una “chorrera, porque no eran goteras”. Agarraba su colchoneta, la montaba sobre una silla y esperaba mojado hasta que escampara, cuidando que los libros no se dañaran.

Para ir al baño dependía del grupo de guardia de turno. Si algo le caía mal y necesitaba ir con urgencia, tenía que suplicar que lo sacaran. Encontró la solución por lógica: empezó a limpiar los baños todos los días, desde las 6:00 a. m. hasta las 8:00 a. m., poniendo él mismo los productos de limpieza que sus padres le llevaban en las visitas. Así no le tocaba a los funcionarios y a él le convenía porque pasaba más tiempo fuera de la celda.
Esa misma lógica lo llevó a cocinar, a pintar paredes, a meterse en trabajos de electricidad para los que nunca había tenido entrenamiento y aprendía viendo videos en YouTube cuando algún custodio le permitía conectarse. Una vez cocinó para 40 personas. "Era mi desconexión con la realidad."
Su único punto innegociable en la celda era el lugar junto a la reja. Sin ventana, desde cualquier otro ángulo solo se veía otra pared. Pero desde la reja, trepado en una barandita, podía ver el pasillo y saber si su visita estaba llegando. Y tirado en el piso, lograba ver un pedazo de cielo. Nadie le quitó ese lugar. "Estaba dispuesto a todo, pero ese era mi único punto de honor."
La mudanza forzada de los padres de Bozo
Sus padres tienen 74 y 71 años. Cuando quedó claro que la detención no sería de semanas sino de meses, alquilaron una habitación en una residencia de San Antonio para poder llevarle comida al comando del Cicpc y estar cerca ante cualquier eventualidad. Dejaron su vida en Valencia.
Su esposa Gabriela se quedó en la ciudad porque tenía que trabajar: "El golpe económico es muy fuerte, estar preso es muy caro", dijo Bozo.
Desde su celda, trepado en el paral de la reja, los veía llegar. A veces esperaba hasta 45 minutos para saber si ese día habría visita o no. Cuando los veía devolverse porque el grupo de guardia había decidido suspenderlas, se le partía el alma. Al recordar esos momentos, Bozo no pudo evitar llorar y detuvo la conversación con El Carabobeño varios minutos.
Las visitas dependían enteramente del humor y la disposición de los funcionarios. Podían ser cada 15 días o una vez a la semana, sin regla fija. Algunos entendían la situación y eran diligentes. Pero había uno en particular que llegaba en la madrugada a poner música a todo volumen, a golpear el candado contra la reja, a despertar a los presos sin razón.
Cuando Bozo le reclamaba, lo pagaba caro: ese mismo funcionario trataba mal a sus padres en las visitas y a Gabriela, que viajaba desde Valencia, le concedía solo unos minutos. "Todo ese trajín por cinco minutos de visita."
Bozo aprendió a aguantar en silencio. Prefería no reclamar y proteger el tiempo con su familia. Cuando podía estar con sus padres, a veces les pedía que no hablaran de noticias ni de política. "Prefería que estuviésemos callados, agarrándoles las manos, contemplando ese momento sin apuro."
En medio de todo eso leyó 60 libros. Escribió sobre lo que vivía, sobre sus sentimientos, sobre lo que iba descubriendo. Los funcionarios al principio se pusieron difíciles, pero luego se lo permitieron y no le quitaron nada de lo que escribió. Le llegó solidaridad de personas que llevaban años sin saber de él y de repente mandaban dinero a sus padres. "Gente que tenía años sin saber de ellos, y de repente mi mamá me decía: apareció fulanito y mandó 100 dólares."
Bozo y el 3 de enero
La noche del 3 de enero de 2026, dos funcionarios lo despertaron en la madrugada. "Marco, va a ser libre." Él pensó que había llegado su boleta de excarcelación. Entonces uno de ellos dijo: "Entraron los gringos."
Le mostraron desde un teléfono un video breve: un helicóptero sobre Caracas, algo que parecía una escena de guerra. "¿Eso no es inteligencia artificial?", dijo Bozo. Le confirmaron que estaban bombardeando Fuerte Tiuna. Le pidieron que no dijera nada para no alborotar a los otros presos, y se fueron.
Bozo quedó en la celda con la emoción y la incertidumbre, sin poder saber qué estaba pasando. A la mañana siguiente un guardia más amigable lo confirmó: se habían llevado a Maduro. "Pensé: mira las vueltas que da la vida. Maduro está ahora igual o peor que yo."
Las semanas siguientes fueron de paranoia institucional. Suspendieron las visitas. Revisaban la comida que le llevaban sus padres.
Pero, finalmente, la boleta de excarcelación llegó el 10 de enero, mientras limpiaba los baños. Salió con sus libros. Cuando Bozo llegó a la residencia donde sus padres habían vivido todos esos meses, encontró a su mamá en cama: se había caído de una moto en una de las últimas visitas antes del 3 de enero. Tenía la rodilla inflamada. Tiene 74 años. Al día siguiente, Bozo salió hacia Valencia.
La causa judicial en su contra incluyó cargos de incitación al odio y terrorismo, en la misma causa que Vicente Scarano y un hombre llamado Henry, a quien Bozo no conocía.
La fiscal que lo acusó, según describe, era joven —calculó que no llegaba a los 25 años— y presentó como prueba que se le había encontrado evidencia de que pagaba entre 20 y 30 dólares a manifestantes. Con eso sustentó el cargo de terrorismo. "Con la ligereza que actuaban y que decían que tenían las pruebas", recordó Bozo.
Bozo aseguró que sabe quién ordenó su encarcelamiento. Dice que todos los presos políticos de Carabobo lo saben. No dio el nombre, pero le mandó un mensaje directo: "Esa persona tiene una oportunidad para hacer las cosas diferentes. Ojalá las pueda asumir con humildad."









