Volvió la Filuc, la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, a Valencia para su vigésima segunda edición. Siempre había asistido (o casi), pues creo que solo me la perdí el año que nos tocó quedarnos en Buenos Aires por los problemas de salud de Sergio Ramos, mi marido. Claro está, lo hacía como profesora de la universidad e incluso como miembro del Ensamble Polifónico Las Brujas y Zuzón de la UC, llevando nuestra música a los valencianos amantes de la lectura.
Como soy la presidente de la Sociedad Amigos de Valencia recibí una invitación formal de la rectora, Jessy Divo de Romero para que asistiera, el 28 de octubre, a la Gala inaugural en el edificio emblema de la UC, sede del Centro de Interpretación Histórica, Cultural y Patrimonial de la Universidad de Carabobo, del que fui su coordinadora por más de seis años y que tanto quiero. Todo sigue hermoso. El acto fue en el Paraninfo. El discurso inaugural estuvo a cargo de la escritora española Eugenia Rico, muy familiar, muy bonito. Tuve que retirarme antes del brindis, pero segura de que iba a asistir después a la Galería Braulio Salazar, donde estaría instalada la FILUC.
Pero esta vez fue diferente: tuve dos participaciones. La primera, el 30 de octubre, en la presentación del libro Crónica Histórica de la Sociedad Amigos de Valencia. Una aproximación a fuentes hemerográficas, del economista Francisco Cariello Gubaira, cronista de la Sociedad que presido, conjuntamente con nuestra secretaria, Daniela Bolaños Cachazo, mi mano derecha. La segunda fue la presentación de un libro de mi autoría, titulado Entre sombras y leyendas. Las historias que no paro de contar. Quien ejerció como presentador fue mi hermano de la vida, el Dr. Luis Augusto “Guaguancó” González González.
Ambos eventos resultaron bastante emotivos. Nuestro cronista, Cariello, agradeció no solo a la junta directiva de la Sociedad Amigos de Valencia, sino también a aquellas personas que estuvieron a su lado, como la soprano Margarita Marrero y el fotógrafo Leonardo Rojas, quienes no solo le proporcionaron información, sino que también le daban ánimos para continuar. De igual manera mencionó a Christian González Gavidia, quien lo hospedó en Caracas, ya que las hemerotecas de Valencia presentan problemas y tuvo que trasladarse a la capital para consultar cierta información en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Venezuela. Agradeció, asimismo, a Julio César León, su impresor, y al cirujano plástico Ralf Granados por su desinteresada ayuda económica, sin olvidar los aportes de Hildegarda Betancourt, que le facilitaron su estadía en la capital. Nombró también a otras personas que, ahora, se me escapan de la memoria y que estuvieron presentes en el acto. Para finalizar, el tesorero de la Sociedad Amigos de Valencia, el padre Antonio Arocha —vicepostulador de la causa de Monseñor Montes de Oca, ex párroco de La Candelaria y actual subsecretario de la Conferencia Episcopal Venezolana— envió un mensaje de bendición para el acto, que escuchamos con atención y cariño. Acto seguido, procedimos a volcar pétalos de rosa sobre el libro, guiados por el historiador, director del Archivo Histórico Arquidiocesano “Mons. Gregorio Adam” y párroco de Flor Amarillo, presbítero Luis Manuel Díaz.
Al día siguiente era mi turno como escritora. Mi primer libro —en el que comparto autoría con Heddy Hidalgo— trata sobre metodología de la investigación, y sé que lo conocen muchos estudiantes; pero este es otra cosa. Trata de aquellas historias que me acompañaron durante la infancia, porque mis padres, abuelos y tías siempre las contaban. Pero también incluye aquellas experiencias de personas allegadas a mí: mi hija, mi marido, mi hermano, mi prima, mis amigos… Cuentos extraños, que no son solo de fantasmas. Eso es justamente lo que son: “sombras y leyendas”.
El acto comenzó con unas bellísimas palabras de Guaguancó, quien casi logra sacarme las lágrimas. Seguidamente, me tocaba hablar a mí sobre mi libro. No quise hacer "spoiler", para utilizar un término actual, aunque sí conté un par de historias. Comenté, eso sí, que todas las narraciones tenían algo que ver con Valencia: o el protagonista era valenciano, o la historia ocurrió en Valencia (o sus cercanías, siempre en Carabobo) o, de ocurrir en otro lugar del mundo, le sucedió a un valenciano o la escuchamos los valencianos.
Creo que olvidé mencionar durante el acto que, en una de mis canciones —«Me voy no me voy», que escribí al ver que la partida del país de algunos de mis allegados era inminente, y en la que nombro muchas cosas y costumbres venezolanas por las que no dejaría mi tierra—, hay una estrofa en la que digo: «los tepuyes, Tío Simón, el gran Zapata; / Aldemaro, y los médanos y el mar; / mis hallacas, las dulzonas, el Silbón y la Sayona, / las historias que no paro de contar». De ahí tomé la frase para el subtítulo del libro: “las historias que no paro de contar”. Mucha gente rio con algunas anécdotas, y me encantó saber que hasta uno de los muchachos que ayudaba con el sonido salió a comprar el libro al final de la tertulia, en el stand de la Academia de la Historia del Estado Carabobo.
Olvidé mencionar que, cuando fui a la floristería a comprar pétalos para hacer lo mismo que hizo Daniela con el libro de Francisco, me dijeron que una rubia se había llevado la última bolsa el día anterior. Al comentárselo entre risas a Daniela, de inmediato improvisó una bandeja con la tapa de la caja de la torta de cumpleaños de Gladys Ramos —quien ayudaba en el stand de la Academia de la Historia—, y tomó los pétalos sobrantes que también habían guardado allí. Casi todos los asistentes tomaron pétalos y los echaron sobre el libro. Quedó mejor que si lo hubiera planificado con tiempo. Además de Guaguancó, tenían pétalos en sus manos: mi hermano Toby, su compañera de vida Sheila y mi querida Belinda; por supuesto, Daniela Bolaños y Francisco Cariello; mi hermanita de siempre, Valeria Salzano, esposa de Guaguancó; mi eterno querido Fabián Díaz y su esposa Elihedlia, a quien tanto quiero; mi admirado Arquímedes Román; amigos de toda la vida como María Elena Font y Aníbal Urriola; gente muy querida como Nerza Ramírez, Maleisi Núñez y Santiago López, entre otros que ahora se pierden en mi memoria y, por supuesto, mi hijo César, quien me acompañó todo el tiempo. Mi marido se quedó en casa, “castigado” por su malestar posdiálisis.
Solo me queda reiterar mi eterno agradecimiento a Federico Chang por creer en mí y a su empresa, Panda Editorial; a su mejor veedor, el admirable Salvador Castillo; a Néstor Rojas y a Átomo Print; a la Academia de la Historia del Estado Carabobo por su apoyo; y a Rosa María Tovar por haberme incluido en la Filuc 2025, sencillamente, una Filuc de reencuentros.
Anamaría Correa




