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La semana pasada las lecturas litúrgicas nos ofrecían la preciosa oportunidad de meditar acerca de la Carta Magna del cristiano de todos los tiempos: las Bienaventuranzas. Aquellas máximas sapienciales, de experiencias dramáticas vividas, sirven todavía hoy para consolar a los afligidos y desamparados, a quien desee encontrar un respiro en medio de tantas dificultades e injusticia social.

el Maestro presenta una enseñanza en forma de espejo. Primero comienza con una referencia a la sal

Inmediatamente después, el evangelista Mateo sigue recordando el discurso de Jesús a sus discípulos. Ahora el Maestro presenta una enseñanza en forma de espejo. Primero comienza con una referencia a la sal. Él identifica a cualquier discípulo como uno que tiene que ser la sal de la tierra. Todos sabemos que ella sirve para dar sabor, condimento, sazón, a lo que se consume; es un agregado que inyecta un plus. Así, se espera que sea con respecto a cualquier hombre y mujer que vive en el mundo. Pero, si aquello que sirve para salar se vuelve soso ¿con qué se le podrá salar? Tarea imposible; si la fuente se seca, ya nadie volverá a tomar de esa agua. Quien debería motivar y alentar en el camino de la fe, no puede permitir que se le robe la esperanza y la caridad. El Señor es tajante y dice que, una sal así, sirve solo para tirarla fuera y que la pisotee la gente.

Si esa aseveración fue tan dura, es porque realmente lo ameritaba. Con el Señor Jesús no existen las medias tintas. El testimonio de vida es fundamental e importante para seguir al Maestro; sin eso no tiene sentido pronunciar el nombre de Cristo, ni decir que se trabaja para él. La coherencia es lo que debe caracterizar el obrar humano. Los mandamientos no se oponen a la felicidad del hombre, sino que la perfeccionan.

La otra cara de la moneda, que sigue en la enseñanza de Jesús, es la realidad de la luz. Ser luz del mundo es también una idea cardinal para la propia existencia. Una luz siempre servirá para iluminar las tinieblas, que desaparecen inmediatamente, pues la luz es más poderosa, y lo será siempre. Pero, si quien está llamado a ser luz en el mundo, se oculta, entonces ya no sirve para realizar su función. En la vida cotidiana, nadie enciende un foco para ser colocado debajo de la mesa. Se supone que esa acción es para erradicar todo antitestimonio y toda injusticia. La luz de las buenas obras puede salvar al mundo. Debe brillar ante los hombres para gloria de Dios Padre. Así es como Jesús percibe la colaboración de todos para la construcción de su reino.




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