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AFP

Cuando vio a lo lejos como se acercaban lentamente las fuerzas iraquíes a Mosul, Abu Fahad le sacó el turbante blanco a su padre de la cabeza, improvisó una bandera y decidió arriesgarlo todo para huir de la ciudad.

Lo hizo con 40 miembros de su familia, todos del barrio de Samah “avanzando silenciosamente, escondiéndonos debajo de escaleras, deslizándonos a lo largo de las paredes”, explica a la AFP en un campo de refugiados en Khazir, bajo control kurdo, al este de la asediada ciudad aún en manos del Estado Islámico en Irak.

A Khazir llega cada vez más gente. En su mayoría son habitantes de las afueras de la ciudad, pero como Abu Fahad, algunos consiguieron escapar al férreo yugo que impuso el EI.
Dos semanas después del inicio de la gran operación militar para recuperar Mosul, las fuerzas del régimen iraquí y los kurdos están a las puertas de la ciudad, la gran capital iraquí del “califato” yihadista, cada vez más pequeño.
Los observadores y las organizaciones de asistencia a refugiados creen que dentro de la ciudad están atrapados más de un millón de civiles, sometidos desde hace más de dos años a un régimen ultra religioso y ahora también a las bombas de su propio gobierno.

Abu Sara también salió con vida del mismo barrio de Samah. Por el camino tuvo que esquivar los tiroteos, las bombas, ya sea de tanques o de aviones, los obuses de mortero. Tal era su desesperación ante lo que describe como una cárcel al aire libre, Mosul bajo el EI.

“Los francotiradores disparaban, caían los obuses. Era un infierno” explica este hombre de 34 años, vestido con una chaqueta de piel falsa.

“Caminamos kilómetros, solo llevábamos lo puesto, y unas banderas blancas”, explica.

A su lado está sentada su prima Umm Mustafa, embarazada. Mientras acaricia su vientre, explica cómo ha vivido “escondida bajo el niqab”, el velo que solo deja al descubierto los ojos de la mujer.

Volver a la vida

A pesar del frío que se cuela en la tienda de campaña, Umm Mustafa no para de sonreír, ahora con su cabeza simplemente tapada con un velo.

“Esto es como volver a la vida” exclama, mientras vigila a sus siete hijos que juegan en el suelo.

Abu Ahmed explica que el día en que el EI se adueñó de Mosul, en junio de 2014, “la vida se paró” en seco.

“Todas las fábricas se pararon, no había trabajo, ni dinero” explica este hombre de 60 años, que asegura que trabajaba en el sector petrolero antes de la invasión.

Sentado junto a las fuentes de agua del campo de refugiados, Abu Ahmed cuenta que al principio de las operaciones militares contra el EI no pensaba en huir.

Recuerda la noche en que decidió escapar, cuando estaba cenando junto a su esposa en su casa en el barrio de Samah.

“No nos atrevíamos a salir porque los bombardeos eran demasiado intensos. Luego nos fuimos, y aquí estamos”, cuenta. “Lo dejamos todo atrás, ahora solo tenemos a Dios”.

Abu Fahad, su esposa y sus seis hijos también dejaron atrás todas sus pertenencias. Están vivos, a diferencia de algunos de sus familiares atrapados en Mosul.

“Me quedan dos hermanas que viven en el barrio de Al Karama. No tengo noticias de ellas”, dice.

Al Karama es uno de los primeros barrios en los que pudo penetrar la fuerza antiterrorista iraquí el viernes. Este sábado los combates se libraron casa por casa.

“No se puede usar el teléfono. El único lugar donde encuentras señal son las azoteas, pero ahí están los francotiradores” indicó. Cinco vecinos murieron al intentar huir, le explicaron unos vecinos.

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