Foto: Archivo
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Dotado de una gran capacidad técnica y una personalidad que le granjeó agrias disputas cada vez que defendió sus puntos de vista, el exportero y hoy seleccionador nacional Rafael Dudamel fue considerado por mucho tiempo como el hijo rebelde del fútbol venezolano.

Vino al mundo hace 44 años en San Felipe, la capital del estado de Yaracuy, una región del centro occidente del país que tenía en el beisbolista Melvin Mora a su máxima referencia deportiva.

El espíritu competitivo de Dudamel y su entrega en los terrenos de juego lo llevaron a equipos de renombre en Sudamérica, como el Deportivo Cali, con quienes se convirtió en el primer venezolano en disputar una final de Copa Libertadores, el Millonarios de Colombia o el Quilmes de Argentina.

Incluso llevó sus atajadas al Mamelodi Sundowns de la lejana Sudáfrica, donde ganó un título de liga y se convirtió en el primer jugador venezolano en hacerlo en dos continentes.

Pero su calidad y liderazgo contrastaban con su rebeldía, que le jugaba constantes pasadas.

En 2004 ofreció una clara prueba de cuán rebelde podía llegar a ser cuando protagonizó una pelea con el delantero argentino Mariano Martínez, su entonces compañero de equipo en el Unión Atlético Maracaibo.

Ambos discutían por el cobro de un penalti concedido al equipo venezolano, cuando restaban poco más de 10 minutos de juego y perdía 5-1 ante el Barcelona en Ecuador, con lo que se despedían de la Copa Libertadores.

Dudamel, que era el capitán del equipo, se adueñó de la pelota y ejecutó la pena máxima, pero su disparo fue detenido por el guardameta del “Ídolo”, Giovanny Camacho.

En la confusión, Dudamel golpeó a su compatriota y compañero de selección, Giancarlo Maldonado, y luego abandonó la cancha, ganándose la expulsión y dejando al Maracaibo con 10 jugadores.

Pero esa actitud de constante rebelión contra lo establecido viró 180 grados en 2010, cuando se convirtió en el entrenador del Estudiantes de Mérida de su país.

El jugador rebelde pasó a ser un hombre más tranquilo, y luego de 7 años de experiencia en los banquillos, ahora como seleccionador de la absoluta y la Sub’20 de Venezuela, en un guía riguroso y ambicioso que algunos jugadores podrían considerar un segundo padre.

Estas últimas cualidades salieron a relucir en el mundial Sub’20 de Corea del Sur, donde este domingo la Vinotinto disputará la final ante Inglaterra.

La plantilla venezolana está controlada por rígidas reglas que otras selecciones prefirieron obviar, según reveló el coordinador de la delegación, Jesús Berardinelli.

Hay estrictos horarios para las comidas, y los jugadores tienen prohibidos los paseos espontáneos por la ciudad.

Además, los jóvenes deben entregar sus teléfonos móviles antes de ir a la cama, para evitar que pasen la noche en vela conversando entre ellos o con amigos y familiares en Venezuela.

Con todo, la observancia de estas reglas no ha fracturado la unión de la plantilla ni ha hecho mella en la figura de Dudamel, respetado y reverenciado por sus jugadores.

Tras ganar a Alemania y Vanuatu en la fase de grupos, el defensor Ronald Hernández alabó los “excelentes” planteamientos tácticos de Dudamel, de quien dijo había logrado sacar el mayor rendimiento de cada uno de los jugadores.

Además, el yaracuyano imprimió en los jóvenes cerebros de los jugadores venezolanos esa competitividad que le caracterizó en su etapa activa como cuida vallas.

Venezuela llegó a la cita mundialista con el pesado remoquete de ‘Cenicienta’ aún a sus espaldas y con sus dos máximos referentes en ataque, Yeferson Soteldo y Adalberto Peñaranda, disminuidos por las lesiones.

Y aún así los jugadores repetían su leit motiv a todo el que quisiera escuchar: dejar el arco en cero y disputar la final.

El domingo Peñaranda, Herrera, Faríñez y compañía tendrán otra oportunidad para cumplir las peticiones de su entrenador, ese que una vez fue un hijo rebelde, y que hoy puede presumir de guía.




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