“Luchamos contra tres gigantes, mi querido Sancho:
la injusticia, el miedo y la ignorancia”
Miguel de Cervantes (Don Quijote de La Mancha)
En ocasiones y en medio de los momentos de crisis sostenida, es normal que se sienta abatimiento, decepción, desesperanza y agotamiento.
Ante esta verdad, quienes lideran han de emprender con serenidad y confianza la conducción apropiada -estimulando la coparticipación que lleva hacia la contribución; es decir: a ayudarse plenamente unos a otros, a pesar de las circunstancias- para salir del atolladero: acabando con lo que causa esos sentimientos y, simultáneamente, acabando a éstos.
Esas sensaciones son el resultado de la presión emocional que ejerce sus efectos durante más tiempo del que el sistema físico y psicológico del humano promedio puede soportar ante situaciones anómalas; especialmente las de causas psicopáticas: perversas.
Entre lo que surge de tales situaciones están los pensamientos catastróficos y desoladores que causan debilidad.
A quienes ejercen el liderazgo les corresponde iluminar recomendando el comportamiento protector asertivo en contra de lo que puede conducir hacia la derrota moral, psicológica y -finalmente- física. Éstas, juntas, hacen que el alma caiga al suelo, que se pierda el ánimo y favorecen la dificultad para alcanzar las metas y el objetivo propuesto.
De aquí y de la necesidad de ganarse y mantener como suya la confianza de sus seguidores, han de actuar estratégicamente: ¡de modo transparente y sin mentiras! Estos elementos son apenas dos de los “cienpiés” que dan base a la credibilidad, pero son pies categóricos.
A quien lidera no puede bastarle ser distinto: tiene que mostrase como tal, ¡realmente distinto! Para ello, debe pensar y proceder de modo coherente, diferente a como lo hacen quienes se imponen por medio del mentir y que lo hacen hasta descaradamente. En la actualidad, esta realidad se ve por doquier, hasta en los niveles arquitectónicos supremos de la sociedad y de las organizaciones del mundo.
Cuando se está en un atolladero hay que hacer todo de un modo distinto al que se ve que lleva hacia el aprieto desgraciado. Entonces, hay que responder estas preguntas ineludibles: ¿se desea salir realmente del problema, es esto lo verdaderamente necesario? Las respuestas deben ser grandiosas y determinantes.
Las verdades son amargas y hasta pueden molestar, pero son necesarias para poder poner a tod@s y a todo en sintonía.
En cada trance y a todo costo debe resplandecer el imperativo de decir la verdad: al liderazgo le toca no ser un medio vendedor de humos, de agendas turbias. Cada líder ha de ser exigente, sin imponerse procediendo absolutistamente sobre sus seguidores: ¡ha de cautivar a tod@s, iluminándoles y enamorándoles con la idea esperanzadora de la consecución del propósito conveniente: debe conquistarles, haciéndoles suy@s! En el presente se ve un gran ejemplo.
Por esto, siempre deben expresarse las verdades para poder ganarse el conferimiento de la razón cuando se tiene ésta. Hay que ganarse el atributo de ser la autoridad: a quien hay que seguir.
Eso pide ponerse en sintonía con la realidad y expresar lo correcto para poder conducir por la ruta que lleva hacia el éxito: corrigiendo las taras y barbaridades que están presentes, teniéndose presente que se está escribiendo la historia personal, la de la familia, la del emprendimiento, la del equipo deportivo, la de la comunidad, la del país, etc. Esto adquiere su dimensión trascendente real cuando se detecta que la gente (entiéndase: los familiares, el recurso humano de la empresa, los jugadores, la feligresía, la población, etc.) no fue apropiadamente formada para asumir y comprender la realidad como debe ser y… si hay que corregir cualquier entuerto… se debe decir transparentemente lo que se piensa acerca de ello.
Hay que ser vocería transparente de verdades, toca expresar las barbaridades que han acontecido y que siguen sucediéndose una tras otra. No puede darse cabida a carátulas producto de maquillaje: cabe recordar el bochinche mencionado por el prócer Francisco de Miranda.
Muy especialmente cuando el entuerto nace del accionar de villanos que han tergiversado los principios y valores fundamentales, substituyéndolos por unos referenciales que terminan siendo un cotillón de aberraciones que se han ido enraizando en la psique de aquéll@s a quienes el líder honesto ha de guiar sin “farandulismo”, con una sola cara y una sola agenda: debe reconducírseles -sin confusión- con la verdad (¡sin importar cuán áspera sea ésta!): con transparencia: hay que expulsar todo eso junto con sus causantes, sembrando semillas nuevas: las que darán el fruto anhelado: el correcto y conveniente.
Ha de limpiarse lo sucio, lo contaminado, actuándose de un modo distinto a como ha venido siendo, analizando y valorando permanentemente si está procediéndose distintamente o si es que está comportándose con una versión que se muestra como diferente, pero que en el fondo es idéntica a lo que causó lo dañoso.
“Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es… remedio” (lo escribió el poeta Antonio Machado en “Sinceramente tuyo” y lo cantó sutilmente Joan Manuel Serrat). Cada líder debe ser muy crítico, mucho, siéndolo y pareciéndolo, sin tonterías ni dejando que el tiempo pase inútilmente, entendiendo que hay que alinear a tod@s, integrándoles en un engranaje perfecto.
Hay que cuestionar todo y cuestionarse durante todos los combates y todas las batallas de la guerra trascendental que debe terminar implementando lo nuevo: lo deseado, lo correcto y conveniente. Esto mediante el mejor performance, sin engaño vagabundo, sin fraude, sin agua de borrajas. Observando lo que se dice y lo que se hace en cada segundo, teniendo siempre un plan B.
Para esto, hay que sacudirse el lastre, las tonterías y estupideces que ponen de espalda al camino del avance hacia el propósito.
Debe evitarse el aislamiento, mantener el contacto permanente con l@s pares, con quienes piensan igual, sueñan lo mismo, se indignan y disfrutan por lo mismo, compartiendo ideas para salir de la crisis. Evitar el uso de lenguaje fatalista, palabras de desmoralización y desaliento, de angustia, desmotivación y desasosiego que restan creatividad y fuerza, llevando hacia la parálisis indebida. Combatir toda percepción parcial negativa, ésa que se enfoca siempre en lo malo, en lo que falta. Estar siempre pendiente de las amenazas y de las oportunidades que van surgiendo, aprovechando hacer un inventario de los talentos y recursos personales que se tiene para ponerlos al servicio de la solución necesaria. Eludir a quienes neutralizan las iniciativas y desinflan lo soñado (és@s que siempre hallan un problema para cada solución que es propuesta). Filtrar la información que constituye los rumores. Usar el sentido común en todo y para todo. Evitar la confusión porque usualmente hay unos pocos (personalistas, individualistas) que buscan hacer suya la voluntad de tod@s: hay que combatirles y excluirles para lograr la purificación. Los grupos humanos tienen sus procesos naturales de decantación y purificación.
Hay que saber que a veces toca sobre-exponerse a escenarios angustiosos: ¡ante ellos, manejar con paciencia y cordura, temiendo menos al futuro, poniendo coraje y decir públicamente que se está en un momento difícil, pero que también es el de mayores oportunidades, porque ahora estamos juntos y somos más para unir las fuerzas y el empeño que se necesitan para alcanzar lo mejor!
Quienes siguen siempre están observando: no quieren ser llevados a un triste destino, diferente al ofrecido, debe haber transparencia y coherencia entre lo dicho y lo que se hace, entusiasmando a tod@s, enfocándose plenamente en el objetivo con el 100% de la energía potencial implicada y esto ha de hacerse siempre ¡hasta el final!
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(*) Escrito adaptado a la filosofía editorial de este espacio y para el cual se expresan algunas recomendaciones propuestas por quien escribió ser filósofa de la UCV,




