“Maldito el hombre que confía en el hombre, y que hace de la carne su brazo, y su corazón se aparta de Jehová”.
Jeremías 17-5
La trampa, ese ardid que algunos ven como un atajo hacia el éxito, es una estrategia que ha estado presente en la conducta humana desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, aunque a corto plazo pueda parecer una solución eficiente para lograr metas rápidamente, la realidad es que la trampa siempre termina saliendo a flote. En el contexto de una organización (sea ésta un país, una comuna, un emprendimiento comercial, etc.), tal práctica no sólo puede destruir la reputación de un individuo (tarde o temprano, paga por sus acciones), sino también poner en riesgo el futuro de la organización.
Toda organización debe responder a su acta constitutiva. En tal documento está establecida su estructuración ; es decir: cómo está organizada y conformada, cómo debe funcionar y demás detalles que establecen el accionar pautado. Salirse de lo establecido taxativamente ahí, lo cual se acompaña de todo un estamento que ha de amoldarse a lo legal, reglamentario, normativo, tradicional, etc. es… hacer trampa.
Quebrantar las reglas del juego, abusar del poder y manipular situaciones en su favor son acciones que constituyen lo que se conoce como trampa y para hacerla hay quienes se valen de su encanto y habilidades de liderazgo. Sin embargo, poco a poco, y bajo la influencia perniciosa de otros el tramposo se transforma en un líder déspota, tiránico, obsesionado con mantener el poder indefinidamente, provoca una serie de conflictos y tensiones entre el resto de los integrantes de la organización, los aliados de ésta, y cae en una conducta despiadada que no sólo afecta a quienes buscan el recuentro con lo legal, lo ético y lo moral, sino a quienes inicialmente le acompañaban.
Un adagio de la sabiduría popular proclama que “entre cielo y tierra nada está oculto” y se sabe que hay quien tiene una manera socarrona de hacer tropelías, dándole un barniz legal, generando desacuerdo y desconfianza en otros. A medida que el enfrentamiento se intensifica y la disputa crece, van surgiendo quienes finalmente sienten la responsabilidad de encontrar una solución al conflicto y buscan la mejor opción para restaurar el orden y la justicia en medio del caos organizacional.
En el mundo del emprendimiento, las presiones por destacar pueden llevar a algunos a implementar decisiones cuestionables. Desde inflar cifras financieras para atraer inversores hasta apropiarse de ideas ajenas, las trampas pueden adoptar muchas formas. Quien opta por estos atajos puede experimentar un éxito inicial, pero éste suele ser efímero. La verdad, por su naturaleza, tiene su manera de salir a la luz y, cuando lo hace, las consecuencias pueden ser devastadoras.
Un ejemplo clásico de trampa en el emprendimiento organizacional es la estafa financiera. A menudo, las organizaciones buscan financiamiento para crecer y hay quienes son tentados a manipular sus informes financieros para parecer más solventes de lo que realmente son. Aunque esta táctica puede atraer inversiones (desde otros países, etc.), la realidad financiera de la empresa se hará evidente. Los inversores, al descubrir la trampa y detectar que no perciben el retorno esperado sobre su inversión, retiran su apoyo y exigirán responsabilidades legales, lo que puede llevar al colapso de la organización.
Otro ámbito donde las trampas son comunes es en la competencia desleal. Hay quienes intentan sabotear a sus competidores mediante tácticas sucias, como difundir rumores falsos. Estas acciones conllevan un alto riesgo. Si se descubre que se está utilizando esta táctica, no sólo se enfrentarán a sanciones legales, sino que también perderá la confianza de sus seguidores. La reputación, una vez manchada, es difícil de restaurar y se termina muy mal.
La trampa también puede presentarse no sólo con mentiras, la manipulación y el sabotaje también crea desconfianza y resentimiento. Eventualmente, surgen líderes que, al darse cuenta del origen de los problemas, propondrán medidas contra los responsables, surge un movimiento en contra de la trampa y su(s) autor(es) quien(es) perderá(n) su posición: indefectiblemente así acontece, lo narra la historia.
El impacto negativo de la trampa se presenta. Quien fomenta esta práctica junto con quien(es) lidera(n) la trampa también corre el riesgo de enfrentar y sufrir sanciones de muchas índoles. La cultura de trampa y deshonestidad atrapa a toda esa gente en un ciclo de comportamiento poco ético, lo que afecta la moral y la confianza de quienes son ajenos a tal camarilla.
Sin embargo, no todo está perdido. Debe fomentarse una cultura de integridad y transparencia. Esto no solamente protege a la organización de las consecuencias negativas de la trampa, sino que también construye una base sólida para el éxito sostenible. Líderes responsables deben establecer códigos de ética claros, proporcionar formación sobre prácticas honestas y crear mecanismos de denuncia seguros para que se puedan reportar comportamientos inapropiados sin temor a represalias.
¿Cuáles son algunos ejemplos de trampas comunes en el emprendimiento organizacional? Falta de comunicación (la comunicación ineficaz entre equipos y departamentos puede llevar a malentendidos y pérdida de eficiencia); Resistencia al cambio (la negativa a aceptar nuevas ideas o métodos puede obstaculizar la innovación y el crecimiento); Falta de enfoque en el cliente (no escuchar las necesidades y deseos del cliente puede resultar en productos o servicios que no cumplen con sus expectativas); Confusión de roles y responsabilidades (la ambigüedad en los roles puede causar duplicación de esfuerzos o tareas olvidadas); Enfoque excesivo en resultados a corto plazo (priorizar ganancias inmediatas sobre el desarrollo sostenible puede poner en riesgo el futuro de la empresa); No fomentar el trabajo en equipo (la falta de colaboración puede limitar la creatividad y el sentido de pertenencia de los empleados); Subestimar la importancia de la cultura organizacional (“negligenciar” la cultura de la empresa puede afectar negativamente la moral de los empleados y la retención de talento); No invertir en formación y desarrollo (ignorar la capacitación puede llevar a la obsolescencia de habilidades y a un menor rendimiento). Para evitar estas trampas es esencial fomentar una cultura de comunicación abierta, fomentar la adaptación al cambio y estar siempre en sintonía con los clientes y empleados.
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