Venezuela es un país que ama el cilantro. “Un sancocho sin cilantro picadito por encima, no es venezolano”, he oído decir más de una vez. Yo, sin embargo, crecí en una casa libre de ese aroma. Mi madre lo detestaba y mi padre la complacía. La primera vez que lo olí, me pareció profundamente desagradable. Fue en un supermercado; confundí unas ramitas con perejil y mi madre me enseñó la diferencia: el perejil tiene hojas puntiagudas, un poco más pequeñas y su verde es algo más claro; el cilantro, presenta hojas redondeadas y su verde es más intenso. Luego me hizo olerlas. Mientras el perejil despedía una frescura sabrosa, el cilantro olía terriblemente mal, a jabón de limpieza mezclado con un químico fuerte.
Por esa época, a mi papá se le ocurrió hacer una cancha de bolas criollas en un rincón del jardín. En verano era muy divertido, pero con las lluvias, la tierra se llenó de lo que creímos ser “monte” que resultó ser culantro, la versión silvestre y de aroma más potente del cilantro. No son la misma hierba, pero comparten muchas cosas, como olor y sabor, aunque el culantro es más intenso. Dicen que a los europeos no les gusta. Nosotras no lo éramos, pero lo parecíamos. Recuerdo en unas vacaciones, que nos visitaba una prima de Caracas, Titina Feo, quien compartía nuestro disgusto, no podíamos soportar el olor que despedían esas matas y las arrancamos con guantes y pañuelos en la nariz, como ladronas del Lejano Oeste. Creímos desecharlas, pero estoy segura de que alguien, -quizás hasta afortunado- se las llevó a su cocina. Y a pesar de que siempre las arrancábamos, se volvía a llenar de esta hierba silvestre.
Uno asume que los hijos heredan los gustos, pero no es así. Como yo no tomaba café, nunca introduje esa costumbre en casa. “Mis hijos no toman café porque yo no lo tomo”, decía con orgullo, argumentando sus efectos en los niños. Ya mayores, me enteré de un secreto: todas las tardes, en casa de los Saturno, nuestros vecinos, la Nonna Mirina les preparaba una taza de café con leche -más leche que café- con galletas María disueltas. Y fueron ellos, mis hijos, al final, quienes me inculcaron el hábito de tomar café todas las tardes.
Con el culantro pasó lo mismo. A pesar de que yo elimino el cilantro de cualquier receta, en mi casa debieron hacerse oídos sordos, porque ahora sé que mis hijos lo consumen sin problema. Hace poco, en el jardín, donde mi marido había sembrado unos limoneros cuya sombra acabó con la grama, y hay otras matas que nos gustan, como unas hermosas matas de sábila, detrás de una de ellas, descubrí una tímida plantita de culantro. Coincidió con que mi hija me dio una receta de guacamole. “Te guste o no, lleva cilantro”, me advirtió. Corté aquella hojita solitaria y el guacamole quedó exquisito. Le pedí al jardinero que no la cortara, pero él, sin reconocerla, la eliminó. Me invadió una tristeza absurda y profunda.
En cosa de quince días, sin que yo hiciera nada, todo ese pedazo de tierra a la sombra de los limoneros -que el jardinero creyó limpiar- amaneció poblado de nuevas matas de culantro, tupidas y vibrantes, como las que arrancábamos en el patio de bolas de mi infancia. Fue un viaje en el tiempo, un renacer. Dicen que es probable que, al arrancarlas, sus semillas se desperdigaran más por el terreno, igual que como pasaba en mi casa de la infancia.
Al ver ese milagro verde, comprendí que hay sabores que no se eligen; se heredan en los gestos, en las recetas robadas a escondidas, en la tierra misma. El culantro, terco y silvestre, había vencido mi resistencia. Ya no era el enemigo olfativo de mi madre, sino un testigo antiguo que regresaba para recordarme que la identidad, como la hierba, es persistente. Crece a la sombra de nuestras negaciones, y un día, simplemente, florece. Y uno, ante ese aroma que ya no huele a jabón sino a memoria, solo puede sonreír y dejar que arraigue.
Y ahora, cuando estamos estrenando un año y nuevas situaciones, pienso en esa terquedad del culantro como en un augurio silvestre. No en propósitos grandilocuentes, sino en la fuerza callada de lo que siempre estuvo allí, esperando su momento para brotar de nuevo. Los deseos de año nuevo son, quizás, como esas semillas dormidas en la tierra: promesas de sabores futuros, de recetas por compartir, de identidades que se aceptan. Que este año que llega nos encuentre atentos a los milagros verdes que crecen a la sombra de lo inesperado, a esos renacimientos tercos que, como el aroma del culantro en mi jardín, nos recuerdan que la vida, en su esencia más profunda, siempre insiste en florecer. Y ante eso, solo cabe desear -para uno y para todos- un año de raíces firmes y brotes libres y alegres.
Anamaría Correa




