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Dayrí Blanco | @Dayrí Blanco

No hay signos de dolor en el rostro de José Gregorio Púa. Tiene más de 15 puntos de sutura en su frente y parece no importarle. No se queja. Su cara refleja otros sentimientos: Impotencia, frustración, indignación. Pero sobre todo rabia. Él fue agredido con una bomba lacrimógena que un funcionario de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) le disparó mientras protestaba, la noche del jueves, en la entrada de la Urbanización Ciudad Parque La Pradera en San Joaquín, al oriente de Carabobo, una comunidad que pese a la represión se niega a abandonar las calles.

La imagen de su rostro lleno de sangre se hizo viral en las redes sociales al momento del hecho. Todos pensaban lo peor. Mientras le practicaban primeros auxilios la arremetida de los funcionarios no cesaba. Púa lo recuerda. Es un momento que tiene grabado en su mente. “¿Volverías a protestar?” escucha al final de la mañana del viernes al retornar a su vivienda. Se queda en silencio unos segundos, respira profundo y responde: “Claro que sí. Hoy mismo si es posible. No tengo miedo” y recibió una mirada de desaprobación su vecina y doctora que lo llevó al Hospital Universitario Doctor Ángel Larralde (HUAL) durante la emergencia.

Bombas y perdigones. Eso fue lo que recibió el grupo de manifestantes cuando se acercó al comando de la GNB, frente a la entrada de la urbanización, para intentar mediar con los uniformados la liberación de parte de sus compañeros detenidos de forma arbitraria. En ese momento ya no había policías de San Joaquín en el lugar, quienes fueron los encargados de la represión durante la mañana. Púa, de 27 años, se acuerda del olor a gases lacrimógenos mientras él y Oscar Camejo, herido en la cabeza tras recibir un impacto con una piedra, eran atendidos, y se llena de más rabia. Ambos ya están estables. Sus vecinos prometen seguir protestando por ellos y el país.

Solangel Buckovic, fue la doctora de la comunidad que socorrió a cada herido en el lugar. Ella contó a más de tres docenas de personas afectadas. A ella se le vio llegar junto a Púa al ser dado de alta. Explicó que tuvo fractura de hueso frontal y sigue bajo monitoreo por la posibilidad de algún daño neurológico. A Camejo, ella le hizo la sutura antes de ser trasladado a una clínica privada en San Diego donde también le diagnosticaron fractura. Hubo otros casos como un bebé de meses asfixiado por los gases y varias personas con quemaduras en diferentes partes del cuerpo por el impacto de las bombas.

Ya en La Pradera, después de una intensa jornada, Buckovic se desplomó. De pronto se sentó en una de las aceras de la comunidad y lloraba desconsoladamente. Era la primera vez que presenciaba un enfrentamiento de ese tipo y que duró casi todo el día. Nelly Ortiz se le unió en el mismo sentimiento. Ella ha vivido los últimos 35 años de sus 78 en el sector. Es asmática y caminaba por los restos de escombros, perdigones y bombas tirados en la calle con su inhalador en la mano. Su apartamento queda justo frente al comando de la GNB y podía observar en primera fila como los uniformados disparaban directamente contra los manifestantes. “Yo desde la ventana les grité asesinos. Esos muchachos solo estaban protestando porque tenemos hambre, queremos que esta situación cambie”. Siguió llorando.

Hubo otros daños. Johana Solatuche vio cómo desde el mediodía del jueves llegó un fuerte contingente de la Policía Municipal de San Joaquín. “Tomaron las tres entradas y no nos dejaban salir”. La represión fue intensa. “Con las cachas de las pistolas reventaron vidrios de varios carros, incluyendo el de mi esposo”. Al reclamarle desde los pasillos de los edificios los uniformados respondieron: “Si se siguen quejando los quemamos”.

En La Pradera ya contaban 15 días de protestas cuando de pronto los funcionarios decidieron reprimir. El viernes la comunidad amaneció con las características físicas de una posguerra. Los vecinos fueron los encargados de limpiar todo. Algunos lo hacían y se reían al decir “¿para qué estamos recogiendo si en la tarde saldremos a manifestar y otra vez nos van a caer a bombas y perdigones?”. Nadie tiene miedo en esa urbanización de San Joaquín. Ni José Gregorio Púa con la herida en la frente. Él también quiere seguir en las calles.




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