“Los vicios vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes, y se quedan como amos”. Se ha insistido en afirmar que esta expresión se le atribuye a Confucio (551 AC-478 AC), el grande y destacado filósofo chino. Hacemos este comentario porque el tema de hoy está dedicado, mayormente, a un problema que “molesta” a todas las sociedades del mundo.

Comencemos por aclarar una inquietud que ya está bien clara: ¡Digamos que ninguna adicción es menos dañina que las demás! A las señaladas de siempre sumemos una que se ha afianzado, que pasó por ser de “moda”, pero que siempre también oculta traumas e influencias psicosociales alienantes para que se exprese: La conocemos como tanorexia o síndrome de “adicción al bronceado”, que insiste y violenta el cuerpo de la persona.

Cómo evoluciona una adicción: Al seguir de cerca un proceso adictivo, comprendemos cómo llega una persona a los estados obsesivos de adicción. Hay siempre una primera fase, inicial, de disfrute novedoso y de prueba. Sigue la segunda fase, con repetición del bienestar recién descubierto, que se utiliza para bajar la ansiedad desarrollada en el iniciado.

La tercera fase o etapa cuando el adicto usa mentiras, y otras conductas antisociales, para tratar de ocultar su creciente dependencia: ¡Empezará a molestarse por las críticas y consejos! Ocurre la cuarta etapa cuando el adicto no puede evitar acciones delictivas insaciables (robar dinero, mentiras extremas, violencia). Pero si alguien, ocasionalmente, dice una mentira extrema, no lo convierte en adicto, ni delincuente…

La tanorexia o “síndrome de adicción al bronceado” es una obsesión, por eso hay quienes la señalan como una adicción “caliente”. La tanorexia violenta el cuerpo de la persona, al someterle a una directa exposición al sol, en sesiones de cuatro o más horas; o en cabinas de rayos ultravioleta, para un “bronceado” de la piel.

Se genera así, una valoración artificial y adictiva de la autoimagen y autoestima del adicto. La tanorexia es una perversión narcisista; una “quemante necesidad” de lucir piel más oscura; porque, el adicto cree tener un tono de piel inferior a uno que considera ‘más real’ y aceptable.

Los tanoréxicos no controlan el límite del “quemado”, y no pueden detener el bronceado, una vez que la piel ya está ‘morena’, quizás casi quemada; este patrón -adictivo- funciona igual que en otras adicciones, como en el alcoholismo o el tabaquismo: ¡No pueden parar! ¡La ansiedad que les produce esta adicción les hace insistir cada vez más!

Los tanoréxicos preparan el soleado “escenario” para asistir a su propia auto “quemazón” autodestiva de piel, en una fantasía candente y dantesca. Su piel se hipersensibiliza convertida en centro de sus débiles esperanzas. ¡Se quieren como personas, pero, a la vez, se niegan! Así, rechazan su identidad, su propia esencia, con un mecanismo psicológico de distorsión y perversión, que incluye el maltrato físico-anímico.

Los adictos al bronceado alcanzan placer como en cualquier droga: Llegan a convertir el dolor físico en placer, en felicidad enfermiza (aunque no entendamos esto. Viven en una soledad morbosa y goce narcisista, que necesitan como sobrevivientes, en un mundo de carencias, y baja autoestima.

El tanoréxico creó la necesidad de “vestir” su piel con una presencia cromática que es más deseada por su gusto: ¡el color bronceado! ¡Nació para ellos (y ellas) ese “nuevo” color! Pero, la violencia con radiación ultravioleta (el sol y las cabinas) produce envejecimiento prematuro de la piel, y fallas en el sistema inmunológico. La respuesta biológica puede ser el cáncer de piel. ¡No confundir la vida al aire libre, y el goce del sol, con osados exabruptos y “disfrutes” equivocados…!

La fortaleza que puede salvar al adicto se encuentra en SÍ mismo, a veces muy profunda y oculta, pero acesibles; sólo hagamos un esfuerzo y ayudemos a encontrarla, porque hasta en la más extrema adversidad, cualquier persona puede ser salvada por la esperanza…

Hernani Zambrano Giménez, PhD.

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