¡La demagogia y los populismos, exigidos por las sostenidas demandas de aquellos que nunca están de acuerdo, aun cuando concuerden en concordancia (para ser más redundantes), cada vez más nos muestran cómo se ponen “al día”!

Demagogos y populistas, esos que casi son una misma cosa, no cesan de actualizarse y cambiar un poco sus ya reusadas «caretas». Eso ocurre siempre a los que buscan más y más poderes. Hablemos de ellos (¡y ellas!), para referirnos a las personas, a gruposinstituciones, sea en tiempo real, en tiempo vivo, o si lo quieren, en tiempo de nuevas caras y caretas; o como mejor gusten, porque estos “ejemplares” siempre serán los mismos, aunque no nos gusten ni nos «pasemos» mutuamente.

Lo que nos resulte de meternos a rebuscar en la historia social y política de nuestro país, se ha hecho tan redundante y repetitivo, que nos llevará a entrar en los mismos lugares, en ir a casi iguales tiempos pasados, y presentes; y en escuchar las mismas engañosas palabras, con el mismo fastidio que escuchemos y leamos de ellos (¡y ellas!)

¡Ofrecer y ofrecer! ¡Escuchar y escuchar! ¡Te doy y me das!

Es muy cierto que en gran cantidad, los errores que nos han llegado desde la “arena” del combate político de esta Venezuela “moderna”, no son todos nuevos ni esperados, ni mucho menos desconocidos. ¡Errores nos han sido mostrados muchos, venidos de todas partes, y han abundado los generados por la democracia venezolana!

Son los viejos errores, las pesadillas demagógicas, tan fáciles de encontrar en una considerable muestra de los políticos de hoy; y en varios más, los ya «abuelitos», que se mueven vivitos y “coleando”, en varios de los frentes de combate de la política “actualizada” de nuestro país.

Es la problemática tradicional, la de los demagogos y populistas, la de los tiempos que sean, detonantes de «rencores complacientes». La de los «odios estudiados», la de la «violencia farsante». Todos elementos, estos, muy propios de la represión y el fascismo, en las formas rebuscadas de sus estratégicas y tácticas.

Estas condiciones suman las mentiras golosamente repetidas, elaboradas al gusto diario. Las mentiras piadosas o no, con la frialdad del descaro cínico. !Siempre lo mismo!, nos dirían algunos, ya cansados de tanta perorata, con o sin razón, cada vez que se rechazan  o se oponen, ante toda salida sin una puerta a la vista.

Ante el accionar de estas conductas, se presenta siempre un espléndido atractivo para que participen los aduladores incondicionales y sus colaboradores (partisanos), llamados a veces “arrastrados”, que se presentan con un gran fondo de emociones “recalentadas”.

El odio abierto y la violencia, abiertos, asfixiantes, a veces soterrados, son políticas de soporte “modernizadas”. Se dice que los “nuevos” líderes movilizan o alborotan más hacia liderazgos de protección. Son recursos apetecidos en la lucha para mantener el poder de los autócratas, populistas y demagogos. ¡En esa actividad, la situación de hoy poco ha cambiado! ¡Eso dicen quienes se reubican en algún escondite evasivo!

Al analizar los liderazgos fascistas, los ingredientes demagógicos y populistas son fáciles de identificar, dadas las similitudes tan curiosamente presentes. Un hecho muy conocido de autocracia y fascismo es el desconocimiento, de hecho, del principio democrático de la independencia de los poderes.

Los autócratas promueven la represión y privación de libertades a quienes muestren posiciones contrarias, no afectos a intereses ideológicos, ni al poder de los líderes, ni  intromisión en el control. ¡Acá, en eso, casi todo sigue igual!

Son tradición las amenazas, en contra y a favor, ante los triunfos electorales de los opositores. También son directas o indirectas, las sugerencias de “alzamiento” al pueblo popular (sic), pero no hacerlo con el pueblo menos popular, y nunca tocar a los grupos de partidarios, que casi siempre se oponen.

¡Cómo NO cambian las cosas en las nuevas democracias!

Además, como las cosas deben quedar “claras” ante opositores, observadores, ante la opinión pública, y ante los mismos copartidarios (¡créanlo!), los métodos violentos se acompañan con justificaciones populistas bien razonadas, aunque por lo común, sutilmente infundadas. ¡Para el demagogo, hablar y hacerlo fuerte, que algo queda!

Pues, “confíen en mí, que puedo salvarles en este momento trágico”, dirá el populista de turno: “Amo a quienes no tienen educación, amo a los pobres, a los trabajadores, a los humildes y a los patriotas de esta nación” ¿Les quedó claro, verdad?

Hernani Zambrano Giménez, PhD

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