España bicampeona del mundo

El fútbol, al final, me dio la lección más hermosa: se puede vibrar con Argentina, con España, e incluso alegrarse por un gol de Inglaterra

En los años setenta, cuando recorrí Europa en carro con mis padres, —ellos en su camioneta Volkswagen arrastrando una caravana y yo en mi Citroën Dyane 6— mi gran ilusión era llegar a Inglaterra, la patria de Los Beatles, de mi adorado David Jones —de Los Monkees— y de Los Vengadores, personajes que admiraba desde mi niñez.

Por alguna razón, Francia me caía mal. Tal vez porque mi abuela Tata, cuando quería decir algo a escondidas de nosotros, sus nietos, hablaba en francés y mi madre le entendía. Sentía ese idioma gutural, antipático. En cambio, el inglés de Inglaterra me encantaba, pese a que mi madre hablaba uno muy gringo.

Cuando salimos de España llenos de ilusión a recorrer ocho países europeos, nos advirtieron que tuviéramos cuidado con Italia, donde los ladrones se veían en todas partes. No existía el euro; cada país tenía su moneda y había que estar atentos, porque como la lira italiana era tan baja frente al dólar, comentaban que a veces sumaban el año en el que estábamos —1976— como algo más para cobrar.

A nuestro regreso, tres meses después y con el corazón lleno de experiencias, llegué con los sentimientos invertidos. Podría seguir siendo la admiradora de todos los personajes ingleses del mundo, incluyendo a Chaplin, pero Inglaterra no me gustó. No hubo un mesonero que nos atendiera con cariño; creo que lo que más les molestaba era nuestro inglés americano. En Italia no nos robó nadie; en cambio, en Inglaterra nos estafaron.

Yo quería un Old English Sheepdog —viejo ovejero inglés— y nos dieron la dirección de una mujer en Dover. La casa de esta señora mostraba un letrero del Kennel Club de Londres —la organización oficial más grande del Reino Unido, dedicada a la salud, el bienestar y el adiestramiento canino, y quien otorga los certificados de pedigree—. Por dentro, el olor a perro era insoportable, pero no nos enseñó ninguno de los cachorros porque estaban con su madre. Nos vendió dos: una hembra para mi tía —que viajaba con nosotros— y el macho para mí. Nos aseguró que nos los enviarían por avión, porque no nos iban a permitir viajar con ellos. Y nosotros, muy tontos, nos lo creímos.

Jamás nos llegaron los perros. Cuando unos amigos nuestros que vivían en Londres —Carlos Winkelman y su esposa Beatriz— fueron a la casa de la señora, ya no había letrero alguno en la puerta, y tampoco sabían de qué les hablábamos. Fueron a la policía y allí les dijeron que, si los estafados eran de otro país, la razón la tendría el inglés.

Con los años, mi amor por Inglaterra no renació, pero sí la cordura, pensando que fue algo que nos pasó y ya. El francés, como idioma, sigue sin gustarme; prefiero el alemán. Pero Francia, para mí, es lo máximo, como también lo son Italia, Bélgica, Holanda, Alemania, Austria... En fin, uno no puede dejarse llevar por una que otra situación aislada.

Me di cuenta de que valoro a Inglaterra y a Francia en un mismo nivel cuando vi el partido de fútbol del sábado. Me emocionó ver el 3 a 0 de Inglaterra y luego cómo Francia logró varios goles, aunque todo terminó a favor de los ingleses.

El domingo, varios amigos de mi hijo César vinieron a casa a ver el partido. Nos programamos con pequeñas plantas por si acaso había uno de esos largos cortes programados de electricidad, pero gracias a Dios, respetaron el horario del partido.

Mi hija Isa, mi hermano Juan Pablo y mi casi nieta María Lucía llevan diez años en Argentina y por razones ajenas a nuestra voluntad, también vivimos Sergio y yo allí casi un año, por lo cual, al no clasificar Venezuela, podemos ser fanáticos de Argentina. 

Por otra parte, viví tres años en España y mi hijo menor, Juan Sebastián vive allá desde hace siete y ya es ciudadano español; esto también me hace fan del equipo español. Por eso, este encuentro futbolístico final para mí no fue una competencia. Como dijo el pasado domingo mi hermano Toby en un artículo que circuló por las redes: “asumo este momento con una profunda alegría. Para mí, esto no se trata de bandos, sino de una celebración. Mis únicas peticiones para los noventa minutos sería que exista juego limpio dentro de la cancha y respeto mutuo fuera de ella”. Así fue y así lo vivimos, como una celebración. No fueron noventa minutos, fueron ciento veinte y a pesar de la tarjeta roja de Fernández, lo que vivimos fue una celebración.

Me llamó la atención que estuvieran juntos entregando medallas y trofeos, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump; la presidente de México Claudia Sheinbuam; el primer ministro de Canadá, Mark Carney y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino y, por supuesto, como testigo, el rey de España, Felipe VI. Pero la alegría que mostró el equipo español cuando se fueron a tomar la foto y que Trump estuviera a su lado, fue indiscutible. Creo que no hay muchos adeptos a la izquierda.

Total, España es bicampeona mundial y mi hijo celebró en las calles madrileñas la alegría de ganar el mundial de fútbol y con una videollamada, disfrutamos de su júbilo. 

Quizás por eso, ver a España campeona no fue para mí una cuestión de rivalidad, sino de reencuentro con mi propia historia. Las experiencias amargas de mi juventud con Inglaterra o mi rechazo al francés quedaron en anécdotas, porque entendí que los lugares no son sus estereotipos, sino las personas que los habitan y los momentos que nos regalan. El fútbol, al final, me dio la lección más hermosa: se puede vibrar con Argentina, con España, e incluso alegrarse por un gol de Inglaterra, porque la emoción genuina no elige pasaporte, solo elige celebrar la vida. 

Anamaría Correa

anamariacorrea@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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