«El mayor crimen está ahora, no en los que matan, sino en los que no matan pero dejan matar.» José Ortega y Gasett

José Ortega y Gasset, en su obra maestra publicada en 1930, La rebelión de las masas, introduce la expresión «Estar a la altura de los tiempos», con la intención de medir de manera objetiva el estado de la sociedad del momento en base a la comodidad que ésta ofrece a sus individuos. Es la percepción que la sociedad tiene sobre sí misma en un momento dado. El hecho es que al filósofo siempre le llamó la atención cómo algunas personas se quedaban inertes tan solo en su circunstancia, como también señalaba cómo otras personas son incomprendidas por anticiparse a su tiempo.

Han pasado noventa años de la aparición de aquel extraordinario aporte filosófico que nunca ha perdido vigencia, pues hoy como nunca antes, en nuestra carajeada Venezuela, se presenta un desfase de más de dos décadas bajo este oprobioso y perverso régimen, que equivale a varios siglos de retraso en épocas pasadas. Esto es lo que podríamos entender por «altura de los tiempos», el punto al que hemos llegado y en el que es preciso situarse para vivir nuestra crítica realidad.

Estar a la altura de los tiempos implica resolver los problemas del presente pero habiendo tomado una conciencia clara del pasado del cual venimos, divisando esos caminos sin retorno que deben ser evitados. Estar a la altura de estos tiempos es lograr un intenso contacto con los problemas de ese país que nos va quedando, y ese contacto no debe ser ni limitado ni postergado en ninguna forma, sino con verdadera y clara lucidez y sensibilidad con lo cual podremos ir al encuentro de los problemas, con profundidad de análisis, integración de perspectivas, y tomar conciencia de los pasos que deberían conducir a la acción.

Estar a la altura de estos tiempos, es apoyar todo cuanto conduzca a la concordia entre todos los sectores, tanto los partidos como la sociedad civil en su conjunto, para que dediquen sus energías a preocuparse por lograr un compromiso mínimo, dejando de lado esas diferencias propias de adversarios políticos, sentando las bases de confianza mínima que hagan posible un clima de entendimiento que se fundamente en propuestas basadas en los problemas reales de nuestra región y nuestro país que interesan a los ciudadanos, sustentadas en un mensaje serio, sin los innecesarios aditivos demagógicos fuera de la realidad actual, o en anticipados repartos del pastel que aún no se ha horneado.

Estar a la altura de estos tiempos es enfrentar con firmeza este marasmo, este colapso indetenible, que aterroriza y desgasta la salud mental de toda nuestra nación, para que cada familia venezolana pueda realizar una vida de absoluta normalidad, que pueda acostarse y conciliar el sueño sin temor, sin angustia y con esperanzas.

Estar a la altura de los tiempos es entender la actitud de vivir con ese compromiso que adquirimos para ganarnos el derecho a realizarnos con un profundo sentido existencial. Porque, honrar un compromiso es entregar nuestro existir por lo que creemos, es vivir para dejar lo mejor de nosotros mismos, por mantener nuestras convicciones.

Estar a la altura de los tiempos es impedir que todo acabe en indiferencia, resignación y silencio. Estar a la altura de los tiempos es apartar el sectarismo senil; es innovar, anticiparse, y hacerlo con humildad, porque el anticiparse exige muchas veces contener el ansia de prevalecer sobre otros, moderar la precipitación y situarse en una posición de aparente desventaja. Es procurarse ideas claras, programas definidos, madurez política y, sobretodo, la humildad suficiente para posponer las ambiciones personales y no anteponerlas al interés de la ciudadanía.

Estar a la altura de los tiempos es tomar conciencia que esta lucha no es fácil, con riesgos y la ineludible coacción por el solo hecho de aspirar un país mejor, pero que de aquí en adelante ni la indiferencia, la pasividad, la aquiescencia ni el pusilánime derrotismo serán permisibles ni admisibles; es exigir a los líderes demócratas unidad y direccionalidad, así como firmeza en su accionar, puesto que el derecho de la ciudadanía a escoger la que considere la mejor alternativa es un derecho inviolable.

En realidad algo muy serio nos pasa. Como decía Ortega, no sabemos con certeza si «lo que nos pasa es no saber lo que nos pasa».

Manuel Barreto Hernaiz

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