Fiscal de la CPI, Karim Khan, en Miraflores. (Foto Cortesía)

La denominada “guerra económica” fue un callejón sin salida en la que Nicolás Maduro se metió. De allí no le ha quedado más opción que la de retroceder. El precio lo han pagado millones de venezolanos con hambre, miseria y emigración masiva. Pero no importa como lo ponga la propaganda oficial, ni como lo repitan ciertos opositores a su régimen que creen que todo lo que el chavismo hace es infalible y todos sus pasos son parte de un plan perfecto. El hecho cierto es que Maduro, junto con sus aliados y acólitos, civiles y militares, perdió la guerra que el mismo había declarado.

No pulverizó el dolar. No derrotó a las casas de cambio de la fronteriza ciudad colombiana de Cúcuta. En el discurso oficial ya no se recuerdan a páginas web como Dolar Today, acusadas en su día de ser parte de una conspiración imperial. Por el contrario, la moneda del odiado imperio se ha impuesto como de curso casi oficial en la República Bolivariana. Ni soberanía ni independencia. Todas las bravatas se las llevó el viento. reseña el portal web alnavio.es.

Lo más connotados representantes de Maduro dirigieron sus pasos hacia la sede de Fedecámaras, institución que congrega a los supuestos jefes de aquella “guerra económica”, no para cerrarla y convertir su sede en parte de la misión vivienda o inaugurar allí un centro socialista endógeno. Fueron allí para dialogar con esos mismos empresarios privados que antes acusaron de ser egoístas lacayos, miembros de la burguesía parasitaria, dedicados a arruinarse todos los días con tal de desestabilizar al proceso revolucionario. Ahora son los nuevos mejores amigos. Ya no más fiscalizaciones y cierres de panaderías y locales comerciales. En vez de socialismo y expropiaciones, se ofrece ley antibloqueo para proteger las inversiones privadas. Los hijos de la boliburguesía, que se enriqueció con todo tipo de negocios corruptos durante los años de las vacas gordas del populismo chavista, quieren emular a Justin Bieber y no al Che Guevara. Ni de broma. En Caracas se multiplican los bodegones con exquisiteces importadas, no la comunas zamoranas. Los hechos son tercos, lo demás es propaganda.

Guion repetido

Pero como al parecer es cierta aquella conseja según la cual el hombre es el único animal que choca dos veces (o más) contra la misma piedra, Maduro está dando los pasos necesarios para repetir el guion anterior pero con nuevo reparto. En esta ocasión con la Corte Penal Internacional (CPI). Nada más y nada menos.

Ciertamente, y probablemente atendiendo las voces que le aconsejan prudencia, Maduro y su Fiscal General, Tarek William Saab, llevaban meses actuando con cautela ante la probabilidad de que ese alto tribunal de la justicia internacional, encargado de juzgar aquellas personas acusadas de cometer crímenes de lesa humanidad, abriera un proceso contra los miembros de su régimen, incluyéndolos a ellos.

Sorprendentemente, se mostraron solícitos y con ánimo de colaboración. Saab se ha permitido incluso cambiar la versión oficial sobre varios de los hechos más graves ocurridos durante las protestas de 2017, reconociendo que, efectivamente, funcionarios policiales y militares incurrieron en abusos, torturas y asesinatos contra disidentes políticos o simples manifestantes.

En una muestra de ese animo de reparación, Maduro recibió con todo el protocolo correspondiente al nuevo fiscal jefe de la CPI, Karim Khan, y hasta firmó con él un memorando de entendimiento. Todo como parte del plan maestro, que incluye la próxima elección regional y municipal del 21 de noviembre, de mejorar su aporreada imagen internacional.

Maduro, dentro de un selecto grupo de autócratas

Sin embargo, ha sido inútil. El señor Khan no tuvo problemas (o tuvo la honestidad) de decirle directamente en su cara al ocupante del Palacio de Miraflores, sede del Poder Ejecutivo venezolano, que su Gobierno sería el primero en la historia del continente americano al cual la CPI le abrirá una investigación formal. Es decir, el heredero del régimen chavista se suma al selecto grupo de autócratas del cual han sido parte Slobodan Milosevic y Muammar Gaddafi, por mencionar a los más conocidos.

No obstante, en las primeras de cambio Maduro se tomó con bastante aplomo la ingrata noticia. La “respetaba pero no compartía” fue su reacción inicial. Pero la actitud le duró solo unas pocas horas. Como en la conocida fabula del sapo y el escorpión, siempre termina siendo víctima de su propia naturaleza. A las pocas horas se declaró objeto de una nueva guerra. Pero ya no económica, porque esa la perdió. Ahora es una “jurídica imperial”.

Idea nada novedosa, pues los socios y amigos del chavismo que caminan por América Latina tienen años proclamándose también victimarios de un Lawfare o guerra jurídica. Cristina Kirchner, Rafael Correa y Lula da Silva se han quejado continuamente del interés de los tribunales de justicia de sus respectivos países por estar investigándolos y abriéndoles procesos por supuestos o reales negocios efectuados a la sombra del poder. En Venezuela el chavismo no ha tenido ese tipo de dificultades, porque con actitud previsiva tiene a jueces y fiscales sometidos a su voluntad.

Pero fuera de las fronteras de la patria de Simón Bolívar, la historia es otra. Las investigaciones de la justicia internacional contra la corrupción y las violaciones a los Derechos Humanos por parte de Maduro, y su grupo de colaboradores, se multiplican. La guinda de la torta es este inédito proceso por parte de la CPI.

¿Cómo llegó el chavismo hasta acá?

¿Cómo llegó hasta aquí? De la misma forma que metió a Venezuela toda en esa devastación que implicó el disparate de la guerra económica. Son las consecuencias del apetito desordenado por el poder. Porque dejando de lado las cuestionables maniobras mediante las cuales Maduro se hizo elegir presidente en 2013, desde la elección parlamentaria de diciembre de 2015 que su partido perdió de manera inobjetable, se lanzó por el calle sin salida de la dictadura abierta, con represión incluida. Es decir, se fue comprado todo los tickets para ingresar a la CPI. Él y su colaboradores más inmediatos. Civiles y militares.

En 2016 Maduro tenía otro camino. Aceptar el resultado de un proceso todavía medianamente democrático bebiendo las amargas aguas de gobernar con una mayoría opositora en el legislativo. No sería el primero mandatario en encontrarse en una situación así. Pero fue víctima de su vocación por perpetuarse en el poder y estas estamos.

¿Qué pasara ahora? Según los entendidos esto será un largo proceso jurídico. Pero sus consecuencias políticas son de pronóstico reservado, porque Maduro ahora solo tiene dos opciones: Declararse en una guerra como la anterior que va a perder, no hay que ser Nostradamus para predecir eso. O seguir por el camino anterior e ir entregando la cabeza de esos prestos colaboradores que corrieron a ensuciarse las manos de sangre. Entregar otras cabezas para salvar la suya. En cualquier caso, el futuro no luce auspicioso para sus deseos.

Información tomada de ALNAVÏO




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