Area de COVID de la CHET. Foto El Carabobeño

Kevin Arteaga

Dairy Blanco /El Carabobeño

Era una emergencia. Tamara estaba descompensada, casi inconsciente y no respondía a los llamados de sus hermanas. Así llegó a la Ciudad Hospitalaria doctor Enrique Tejera (CHET) de Valencia y se fue tres días después con deudas que no sabe cómo pagará.

Era domingo en la noche.  El residente de guardia le indicó varios cócteles de vitaminas de las que no había en inventario.

En ese momento, sus familiares entendieron que debían enfrentarse a una serie de peticiones para las que no estaban preparados económicamente.

La lista era larga, pero fue solo el comienzo. “Soluciones, jeringas, guantes, batas quirúrgicas, y una serie de medicamentos”.

Empezó toda una travesía. Llamadas a amigos, pidieron dinero prestado, algunas donaciones y, a esa hora y siendo domingo, tuvieron que comprar lo que hacía falta en las afueras del hospital, donde hay todos esos insumos con los que no cuenta la institución.

Para el presidente de la Sociedad Venezolana de Salud Pública, José Félix Oletta, la gratuidad se quedó en el discurso, porque para que un sistema de salud sea justo, desde el punto de vista de la provisión de medicamentos esenciales, más de 50% de los gastos deben ser cubiertos por el Estado.

Y en Venezuela eso está invertido desde hace más de 10 años. Incluso, 15 años atrás ya el sistema era profundamente injusto porque las personas para poder ser atendidas tenían que pagar los insumos y medicinas de sus bolsillos. Ese gasto se ha ido incrementando de forma progresiva”.

La experiencia de la familia de Tamara lo confirmó. “Gastamos esa primera noche más de 100 dólares para poder reunir todo lo que nos pedían”, relató una de sus hermanas.

Pero a las 11:00 p.m. Tamara seguía igual. Nada de lo que le administraron vía endovenosa funcionó. La trasladaron a cuidados intermedios y le indicaron varios exámenes y estudios especiales, algunos se los hicieron al día siguiente en la CHET,  otros tuvieron que pagarlos en centros privados.

Foto El Carabobeño/archivo

“Ya era lunes y de almacén mandaron las vitaminas, pero las jeringas que tenían no eran de las medidas adecuadas, tampoco había guantes ni Dexametasona. Ese día fueron cerca de 200 dólares“.

Conseguir una ambulancia para trasladarla a la clínica en la que le harían el estudio fue todo un problema. “Tuvimos que pagar 50 dólares para agilizar”.

El examen lo hicieron en el lugar más económico que encontraron, aun así, fueron 250 dólares que se sumaron a la cuenta.

Ya al regresar Tamara se sentía mejor, comenzó a evolucionar y con el diagnóstico más claro de que requería una cirugía, la enviaron a casa.

La anotaron en la lista de quirófano que también era larga. “No hay suficientes cupos en terapia intensiva para los posoperados que requieran esa atención”.

Ya han pasado más de dos meses y medio y Tamara sigue esperando cupo para la cirugía. Ya su familia compró todo lo que le pidieron que incluye batas quirúrgicas, Betadine y hasta la anestesia. En eso gastaron 250 dólares.

A esto se suma que el día del procedimiento deben llevarle la comida a todo el equipo quirúrgico y buscar en su casa al instrumentista, que vive en Guacara y no tiene ningún medio de transporte.

Hasta ahora, en los tres días de hospitalización y lo que compraron para la cirugía han gastado más de 1000 dólares.

Enfrentar COVID-19 en un hospital

Ingresar a un área COVID-19 de un centro centinela en Carabobo, además del temor que ocasiona, implica contar con solvencia económica para correr con cada gasto que surja.

Los padres de Lucía Tovar se enfermaron al mismo tiempo. Todo fue muy rápido. Una noche tuvieron fiebre y al día siguiente tos y dificultad para respirar. Al llegar a la emergencia de la CHET les dijeron que tenían sintomatología de coronavirus y que debían ir al área COVID-19, que fue habilitada donde funcionaba la maternidad.

Ahí nadie los quería atender. “Me decían que no tenían criterio de coronavirus porque ni Rayos X le habían hecho, y nos volvieron a enviar a la emergencia“.

Estuvieron toda la noche en sillas, no había camas en el área de COVID-19, donde finalmente los ingresaron y les solicitaron tres monos quirúrgicos por cada paciente, que venden en las cercanías del lugar en 15 dólares cada uno.

Las primeras medicinas se las administraron. Pero tuvieron que pagar por los equipos de bioseguridad de cada enfermero, camillero, médico y especialista que tenía contacto con ellos.

“Debíamos tener al menos tres kits de bata, gorro, guantes, mascarilla y zapatos quirúrgicos. Cada uno lo conseguíamos en 20 dólares“.Las inyectadoras también debieron comprarlas.

“Entre los equipos de protección del personal, el café y la comida que nos pedían los vigilantes, y las inyectadoras, gastaba en un día más de 100 dólares”.

Una crisis sin fecha de vencimiento

Oletta aseguró que una persona que llega a un hospital, con suerte, lo único que tendrá es una cama con un colchón en malas condiciones, inadecuado, sin sábanas ni material estéril descartable que sea rápidamente sustituido.

Foto El Carabobeño

Tampoco tendrá los insumos ni los medicamentos básicos para la atención, porque apenas cubre 30% de lo necesario”.

Esto ocurre porque el Estado dejó de cubrir los medicamentos esenciales y en consecuencia las personas tienen que pagarlos. “Esto indica que hay una inversión en salud que no es apropiada y la población, que no tiene recursos y que se ha empobrecido de una manera progresiva, es la que sufre el mayor impacto de tener que cubrir gastos cada vez más elevados porque, además, son costos que se dolarizaron”.

No todos los venezolanos pueden asumir el golpe en el bolsillo que implica tener una enfermedad y asumir  la responsabilidad del Estado. “Los más pobres tienen un impacto mucho mayor porque deben decidir si comen o compran el remedio para la tensión o el antibiótico”.

Oletta fue insistente en asegurar que la gratuidad de la salud que aparece en  la Constitución es letra muerta. “Hoy en día quienes acuden a un hospital muchas veces tienen que pagar, no solo los insumos, sino también los estudios de laboratorio, la rutina básica. Imagínate si les mandan un cultivo, una  prueba molecular, una técnica inmunológica. Los laboratorios clínicos de los hospitales están en el suelo, no les dan los insumos ni la atención debida”.

Para Oletta, que también es médico internista, todo comenzó en 2003 cuando se decidió invertir en la Misión Barrio Adentro más de 32 millardos de dólares durante 10 años, lo que superaba en 13% al presupuesto asignado al Ministerio de Desarrollo Social, que luego pasó a ser el Ministerio de Salud.

Foto El Carabobeño

“Todos esos recursos debieron destinarse a un programa integral que fortaleciera el sistema ya existente, pero no se hizo. No hubo auditoría del gasto ni mecanismos de contraloría, ni los ha habido en todo  el tiempo que ha existido Barrio Adentro. No se sabe cuánto costó cada misionero cubano que llegó a Venezuela en la Misión Médica Cubana”.

A lo que se suma la Emergencia Humanitaria Compleja que afecta al país desde hace 7 años y que degradó la calidad del sistema y el acceso a la salud.

“Si se agrega el impacto de la pandemia, que tiene una influencia muy importante sobre el resto de las atenciones, y se ignoran las áreas asistenciales que ya tenían problemas, estamos condenados a tener un sistema con respuestas deficientes a nivel de emergencias, atención de enfermedades crónicas o control de enfermedades prevenibles por vacunas, entre otras”, detalló el experto.

Esto es lo que Oletta denomina un efecto sindémico de multiplicación de impactos sobre la salud de la población, agravado por otros elementos como la pobreza y la desnutrición, la aparición de enfermedades emergentes y reaparición de enfermedades que estuvieron controladas. Eso significa un reto gigantesco para un sistema de salud que está extremadamente débil.

“Tenemos un reto gigantesco, de una dimensión nacional, que también tiene impacto sobre la salud continental, puessi nuestra salud se debilita y no podemos controlar las amenazas, ponemos en riesgo la salud de los países vecinos”, dijo.

“Una palanca o mucho efectivo”

Yelitza Figueroa/cronica.uno

Cronica Uno

Los familiares de los pacientes del Hospital Central Antonio María Pineda, en Barquisimeto, deben hacer maromas. En ese centro de salud no se consigue ni un termómetro.

Elizabeth Rivas narró su historia. “Ingresé a mi familiar el 22 de marzo en la emergencia del hospital y ahí empezó mi calvario. Los médicos comenzaron a pedir de todo, cosas que se supone que deben haber ahí para la atención primaria. Le tomaron la tensión e inmediatamente le pidieron unos exámenes”.

Hospital Central Antonio María Pineda. Foto Crónica Uno

Ella tuvo que comprar las inyectadoras, ir a los laboratorios que se encuentran alrededor del hospital para pagar los exámenes y llevar los tubos para las muestras, porque en el mayor centro asistencial de la región larense no cuentan con un laboratorio.

En los privados estos estudios no bajaban de 20 dólares. “También tengo el problema del pago, pues tampoco me dan vuelto si canceló en divisas. Entonces tengo que vender y pagar a una tarifa más alta de la que incluso vendí los dólares”.

Una vez que la admitieron, que reunimos todos los exámenes y medicinas, en la emergencia, no le pararon a los exámenes. “Ni la sonda foley le pusieron, ni un remedio, nada. Tuve que buscar a un médico conocido en su casa para que pudiera atender a mi familiar en el hospital. Ahí sí se movieron todos los médicos y enfermeras”

Rivas y el médico conocido subieron hasta el área de Agudos para solicitar una cama. Se las dieron, pero con una larga lista de insumos, medicinas e implementos requeridos para el tratamiento.

Papel aluminio, regulador de flujo, sondas, guantes, gasa, alcohol, inyectadoras, adhesivo, macrogoteros, mariposas, obturadores, algodón, Betadine se unieron a la gran lista que comenzaron a pedir.“Teníamos que comprar prácticamente a diario, el gasto era de unos 10 dólares solo en insumos”.

Los exámenes oscilaban entre los 10 y los 40 dólares. Todos los días se mandan a hacer pruebas de control y semanalmente, los exámenes especializados. A esto se le suma el costo si hay que movilizar al paciente a alguna clínica para que les hagan las tomografías o radiografías.

Las ambulancias para trasladar a los pacientes delicados tienen un costo de 50 dólares. Cuentan con oxígeno y el cuidado de un médico. “Generalmente estos médicos también trabajan en el hospital, solo que prestan el servicio en su horario libre. Ellos cobran 20 dólares por acompañar a un paciente en una ambulancia”.

Rivas afirmó que las enfermeras cobran 20 dólares por noche para atender exclusivamente a un paciente.

A todos los pacientes les solicitan colchones antiescaras. Familiares de otros pacientes comentaron que los colchones del centro de salud no están en óptimas condiciones, pues todos tienen un hueco en el centro.

Foto Cronica Uno

Rivas contó que cuando llegó con el colchón antiescaras, la doctora a cargo del área le dijo que ella misma debía acomodarlo porque no había camareras ni enfermeras que la ayudaran. “Gracias a Dios que un trabajador de otra área me ayudó a arreglar el colchón en otra cama y de ahí pasar a mi mamá, porque yo sola no podía hacerlo. Ahí nadie ayuda a nadie, solo esperan que alguien se muera y les donen los medicamentos, porque a la mayoría no le alcanza el dinero para comprar todo lo que se requiere”.

Otro alto costo que deben atender los familiares son los medicamentos. “Mi familiar ingresó por un ACV y le pidieron una gran cantidad de remedios para la tensión, diuréticos y antibióticos pues desarrolló una neumonía dentro del hospital. Iban todos los días con los exámenes de control, revisando si alguna medicina aún le servía, si le regulaban, aumentaban o disminuían la dosis, o si esa pastilla había que complementarla con otra ” afirmó Rivas. Cada caja de pastillas oscilaba entre 2 y 6 dólares.

Los antibióticos tienen un valor de entre 3 a 12 dólares. “Le colocaron esos antibióticos cada doce horas por 11 días. El Meropenen sustituyó a la Vancomicina que le dio una reacción alérgica, el Metronidazol no le funcionó. Cambiaron el tratamiento y me quedaron algunas botellas que luego doné.

Para nebulizar a un paciente también se deben comprar todos los implementos: Humificador, máscara, medicamento y hasta el agua. Los familiares sostienen que también deben aprender a preparar y suministrar el tratamiento al enfermo.

A los gastos de medicinas e insumos se suman los de las comidas, porque no todos los pacientes pueden comer los alimentos que preparan en la cocina del hospital. La recomendación de los doctores es que sea con el mayor número de proteína para que el enfermo no sufra de una desnutrición. “Mi familiar debía ser alimentado por sonda y era pura sopa de pollo, carne o cualquier otra proteína que consiguiera y usted sabe ¿en cuánto está un kilo de pollo o de carne?”.

Los familiares relataron que todo el tratamiento lo deben preparar y suministrar ellos a los pacientes. “Incluso alimentarlos por la sonda y nadie nos dice cómo se hace, nosotros vemos y aprendemos a usar el tomme, que también debemos comprarlo. De paso, las enfermeras te regañan si no tienes las medicinas al momento”.

Sin insumos hospitales del Zulia

Edwin prieto/todosahora

Foto archivo

En el Hospital Universitario de Maracaibo la situación es igualmente crítica. Al colapso generado por la COVID-19 se suma la escasez de insumos y medicamentos. Pero no es el único centro asistencial del estado Zulia donde la atención a los pacientes no es buena.

La historia de María García comenzó cuando llegó con un familiar aquejado por problemas renales a la emergencia del Hospital doctor Pedro Iturbe, mejor conocido como el General del Sur. “Casi se muere mi hijo, no podían atenderlo porque no había sutura para una herida, tuvimos que salir y recorrer decenas de farmacias para poder comprar lo que necesitábamos, tuvimos que adquirir en la calle alcohol, gasas, jeringas, hilo, agujas, bisturí, solución y hasta la anestesia porque en el General del Sur no había”.

Foto Edwin Prieto

El 20 de febrero Elio Bravo, de 64 años de edad, sintió un dolor fuerte en su espalda, que lo incapacitó para caminar. Sus familiares decidieron gastar un dinero que tenían ahorrado para llevarlo a la consulta.

Eilyn Bravo recuerda todo con claridad. “Papá se sintió muy mal, literalmente no podía caminar. No sabíamos qué hacer y tampoco a que hospital llevarlo porque sabemos la situación por la que atraviesan, el riesgo de contagiarnos con COVID-19. Tampoco sabíamos si nos iban atender, por eso fuimos a una clínica a gastar lo poco que teníamos ahorrado para la comida, pero bueno, la salud es primero”.

El día de la consulta el médico tratante mandó a hacer exámenes de laboratorio, una placa de espalda y otra en el área lumbar. No salió nada en la columna. En las primeras pruebas gastaron 90 dólares: $20 en exámenes de laboratorio y $70 en ambas placas. Los familiares de Bravo decidieron pedirle apoyo a la hija que está en el exterior.

El dolor no cesaba y los doctores ordenaron una tomografía. Las hijas y su esposa comenzaron a recorrer los hospitales nuevamente en busca de un tomógrafo, pero todos estaban malos. No había otra opción que acudir nuevamente a una clínica privada.

El 25 de febrero hicieron la tomografía, la cual arrojó cáncer tipo adenocarcinoma pulmonar. Solo la tomografía les costó 100 dólares.

Sin dinero y ante una inminente intervención quirúrgica visitaron varios oncólogos en busca de presupuestos, pero las respuestas no eran alentadoras. Los costos de una cirugía superan los 15.000 dólares. Esperaron unas semanas e iniciaron una campaña por una plataforma para recaudar fondos para la operación y lograron el objetivo.

En las instituciones de salud del estado Zulia la situación es deplorable. Los hospitales dependientes de la gobernación no cuentan con equipos para la atención adecuada de pacientes con cualquier patología. Vas por un R. de tórax la respuesta es “no hay” y si vas a un laboratorio nunca hay reactivos, pero si ofreces dinero en efectivo y en moneda extranjera milagrosamente aparecen.

Esta situación no solo se vive en hospitales como el Universitario de Maracaibo, en el General del Sur, en el Hospital Central, en los municipios Cabimas, Machiques o Jesús Enrique Lossada, también ocurre en los maternos.

Esta radiografía de la salud pública en Venezuela demuestra que enfermarse en Venezuela es hoy un lujo que, generalmente, se paga en dólares.




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