Sin duda que Donald Trump no es un estadista como lo fueron, por ejemplo, F. D. Roosevelt, que ganó la Segunda Guerra Mundial, o R. Reagan, que ganó la Guerra Fría. Tampoco es un político de raza, como Nixon, Clinton y Obama. No es un servidor púbico de trayectoria como Carter o Bush padre. Y sin embargo ahí está, en el Despacho Oval de la Casa Blanca, escándalo tras escándalo, camorra tras camorra, conflicto tras conflicto. Desde luego que la presidencia de EEUU no puede ser un lecho de rosas, si acaso de espinas, pero con Trump se ha convertido en un ring de boxeo, y el presidente luce ansioso por nuevas peleas y nuevos contrincantes.

Su estilo parece consistir en buscar siempre el centro de la polémica. Con quien sea y por lo que sea. Por eso no le rindo la ganancia a la iniciativa de activar un juicio político o “impeachment” en su contra, por parte de un sector significativo de la bancada del Partido Demócrata en el Congreso de Estados Unidos. Han tratado de hacerlo, casi desde que se inició su cuatrienio, y ahora tienen el complicado caso de Ucrania como nueva justificación para el juicio político. Complicado, porque no es fácil de entender sus pormenores –como en el caso Watergate que culminó con la renuncia de Nixon–, y complicado porque el precandidato más importante de los Demócratas, el ex-senador y ex-vicepresidente Joe Biden, también se encontraría comprometido en el laberinto.

El abogado de Trump, Rudy Giuliani, ex-alcalde de Nueva York, alega que se trata de una cacería de brujas, de peor índole que el de las brujas de Salem… Giuliani es un abogado temible, y tenerlo como defensor o acusador, o ambas cosas a la vez, es un activo nada despreciable. La idea que se está “matrizando”, es que lo de Ucrania es un pretexto, porque el verdadero objetivo es sacar a Trump de la Casa Blanca a como de lugar. Esa idea tendrá muchos partidarios, no se niega eso, pero es difícil que la mayoría de la población la comparta, y mucho menos que se entusiasme por ella. A no ser, claro está, que salten más conejos del sombrero y la situación de Trump se haga indefendible. Pero eso, hasta ahora, no ha ocurrido.

Así mismo, si ello aconteciera y Trump fuera destituido, el candidato más probable del Partido Republicano sería Mike Pence, que de vicepresidente pasaría a ser presidente y, repito probablemente, candidato. No tiene el “punch” de Trump, pero su imagen de hombre serio, conservador sin extremismos, buen gobernador y respetado en ambos lados del “pasillo político”, lo podrían hacer un contendor más difícil de superar que el propio Trump. Todo esto son meras especulaciones, pero en una dinámica política tan vertiginosa como la de Washington, es muy difícil, o más bien imposible, predecir con un mínimo de fundamento. Luego caben perfectamente especulaciones como éstas.

Las presentes líneas no tienen por finalidad valorar la política interna o externa de Trump. Asunto que no es fácil de hacer, sobre todo en el dominio internacional. Pero la pelea que le está cazando la jefatura parlamentaria de los Demócratas, con la señora Pelosi al frente, aparentemente, quizá contribuya a la campaña de Trump para la reelección. O a la elección de Pence. En ambas situaciones un bumerán para los Demócratas. Como la popularidad de Trump no es nada despreciable, lo primero tiene más opción de suceder. De Trump se discute todo, menos que no le falta la suerte.




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