El pasado domingo 8 de marzo se celebró el Día Internacional de la Mujer. Yo lo celebré de una manera muy linda y familiar. Analía Segovia, "La Morocha" —la nana de mis hijos, a quien siempre he visto como a una hija mayor—, organizó una pequeña reunión para sus "mujeres" más queridas. Invitó a sus hermanas Rosa y Moraima, a sus primas Carmen y Mariela, a sus sobrinas Yesebel y Roxy, a su cuñada Lexis, a Yolángel, esposa de un sobrino, a Rineidys, una amiga y a mí. La pasamos estupendamente, con juegos de mímica, adivinanzas y un menú riquísimo que terminó con unos postres individualizados con el nombre de cada una.
Como era de esperarse, además de muchas cosas, surgió el tema del "por qué se celebra el Día de la Mujer". Y comenzaron los argumentos. Las apps ayudaron, por supuesto, pero también había conocimiento humano. Alguien habló de la marcha de quince mil mujeres en Nueva York, en 1908, que exigían menos horas de trabajo, mejor salario y derecho al voto. Otra comentó sobre la propuesta de la activista alemana Clara Zetkin, en 1910, de instituir un Día Internacional de la Mujer durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas. Y cómo al año siguiente, el 19 de marzo de 1911, se celebró por primera vez en varios países europeos.
A mí, que siempre me ha fascinado la historia de la caída del Zar Nicolás II —quizás por la leyenda de Anastasia—, me correspondió añadir que, en 1917, el 23 de febrero según el calendario juliano (que correspondía al 8 de marzo en el gregoriano), las mujeres rusas se declararon en huelga pidiendo "pan y paz". Aquella protesta fue un detonante para la caída del zar. Seis décadas después, en 1977, la ONU formalizó oficialmente el 8 de marzo como la fecha de conmemoración global.
Pero algo faltaba en la conversación. Nadie mencionó la tragedia de 1911 en una fábrica textil de Nueva York, donde más de ciento cuarenta trabajadoras murieron quemadas, dejando en evidencia las terribles condiciones laborales que padecían. Me quedó la espinita. Por este hecho, las feministas suelen corregirnos cuando felicitamos a las mujeres en su día con un “No es un día para festejar sino para recordar”.
Y también me quedé pensando en la mujer venezolana, una luchadora que no le ha temido nunca al trabajo. En un país de contrastes y dificultades como el nuestro, la mujer ha sido el verdadero soporte emocional, económico y social. La que ha inventado, la que ha "rebuscado", la que ha mantenido la familia unida cuando todo a su alrededor parece derrumbarse. Somos la personificación del trabajo, la resiliencia y la valentía. Una prueba curiosa de nuestro matriarcado cultural: mientras en España "¡tu padre!" es el peor de los insultos, en Venezuela el insulto mayor es "¡tu madre!". Porque aquí, la madre lo es todo. Y fue entonces cuando me vino a la mente una mujer valenciana excepcional: María Luisa Escobar.
María Luisa González Gragirena, mejor conocida por su nombre de casada, fue una de las compositoras más importantes que ha dado Venezuela. No debe haber sido fácil ser mujer y compositora en la primera mitad del siglo XX. María Luisa no solo lo fue, sino que lo hizo con una elegancia y una profundidad que trascendió lo académico para tocar el alma popular. Sus piezas no son meras partituras; son cartas de amor escritas con pentagramas.
Pero María Luisa fue mucho más que una pianista prodigio. Fundó el Ateneo de Caracas y, durante su gestión como presidente del mismo, el movimiento cultural del país giró en torno a esa institución. El Ateneo se convirtió en punto de encuentro de pintores, escritores, músicos, escultores, poetas, compositores, actores, directores, bailarines y conferencistas, tanto venezolanos como invitados internacionales.
Entre las actividades que promovió, tres merecen especial mención: la Fiesta del Cuatro en 1933, el Homenaje a las Mujeres de América en 1934 —donde participó Andrés Eloy Blanco— y el ciclo de Conferencias Venezolanistas en 1940. En el Homenaje a las Mujeres de América se observa ya su insistencia en la defensa de los derechos civiles de la mujer venezolana, causa que la llevó a propiciar la Agrupación Cultural Femenina y la Asociación Venezolana de Mujeres, así como el I Congreso Venezolano de Mujeres en 1940.
El Ateneo de Caracas fue también sede de movimientos de resistencia ante la dictadura. Allí se reunían los "reformadores del sistema". El 14 de febrero de 1936 se creó la Junta Patriótica Femenina. El 24 de marzo se recibió con honores a Rómulo Gallegos, que regresaba de su exilio político, con un acto literario y musical donde participaron Lucila Palacios, Julián Padrón, Antonio Arráiz y Clara Vivas Briceño.
María Luisa impulsó además la creación de instituciones similares en otras ciudades, incluyendo nuestra Valencia, su ciudad natal. Allí colaboró con la escritora María Clemencia Camarán en la fundación del Ateneo de Valencia, el 25 de febrero de 1936. Como homenaje a su apoyo, desde 1987 la sala de conciertos lleva su nombre. Por cierto, nuestro Ateneo de Valencia acaba de cumplir 90 años de fundado y merece que le sea devuelta su sede. Pero volvamos a su música, que es donde su espíritu encuentra morada eterna.
Una de sus canciones más conocidas lleva por título "Desesperanza". Cuenta la historia que esta obra maestra no nació de un encargo, sino del corazón mismo de una madre. María Luisa se la dedicó a uno de sus hijos, plasmando esa angustia universal que solo quien ha amado con locura puede entender. La pieza encontró la voz perfecta en el "Tenor de Venezuela", Alfredo Sadel, popularizándose de una manera que pocas obras "cultas" logran. Y como las grandes canciones, nunca mueren; solo esperan. Décadas después, Ilan Chester la rescató del baúl de los recuerdos para presentarla a nuevas generaciones, confirmando que "Desesperanza" es un sentimiento eterno.
Sin embargo, si hay una joya que merece ser escuchada con los ojos cerrados, es su "Vals Sentimental".
En 1955, Billo Frómeta y María Luisa Escobar grabaron un LP titulado "Concierto Venezolano", patrocinado por la International General Electric, con el acompañamiento de músicos de la Orquesta Sinfónica Venezuela. Recuerdo que a mis padres les encantaba ese disco. Con muchísima frecuencia se escuchaba en mi casa, especialmente el "Vals Sentimental" y “Noche de Luna en Altamira”. Las piezas, concebidas para piano, tuvieron arreglos orquestales de lujo. Nada menos que Luis María "Billo" Frómeta, el gran maestro de la alegría rítmica, el rey de la música bailable, se quitó la etiqueta de "Billo's Caracas Boys" para vestirse de frac. Orquestó estas obras con un respeto absoluto por las líneas melódicas, creando versiones sinfónicas de una belleza conmovedora que no invitan a bailar, sino a soñar. De María Luisa eran tres: "Vals Sentimental", "Noche de Luna en Altamira" y "Campanas de Pascua". Había dos de Pedro Elías Gutiérrez, otras tres de autores que no recuerdo y una de Billo llamada "Un cubano en Caracas". El disco es espectacular.
Imaginemos la escena: los miembros de la Orquesta Sinfónica de Venezuela, a un lado María Luisa Escobar y su piano y al frente, la batuta firme y sensible de Billo Frómeta. Esa imagen es patrimonio sonoro de Venezuela. Es la fusión perfecta entre la academia y el sentimiento, entre el talento innato de una mujer y el arreglo magistral de un genio adoptivo.
En el Día de la Mujer —no celebrado en fecha exacta, porque a las mujeres venezolanas se nos honra cuando se nos recuerda—, no busquemos flores que se marchitan. Regalemos memoria. Reconozcamos a esa mujer valenciana, pianista, luchadora y fundadora de gremios artísticos, que supo vestir de gala la nostalgia. Honremos a la mujer valenciana, en especial a María Luisa Escobar escuchando su legado.
Hoy, gracias a internet, todo es posible. Les invito a cerrar los ojos y dejarse llevar por esta maravilla. Aquí tienen el enlace para disfrutar del disco completo. Que lo disfruten:
👉 [Enlace al disco "Concierto Venezolano" de Billo Frómeta y María Luisa Escobar]
https://www.google.com/search?q=Disco+de+Billo+y+su+orquesta+de+sal%C3%B3n+con+Mar%C3%ADa+Luisa+Escobar&ie=UTF-8#fpstate=ive&vld=cid:45e7ea76,vid:Uw6WpC2o7mE,st:0




