Mi hermano Miguel Ángel, "el pobresor"

Gran parte de mi primera infancia la pasé en la Universidad Central de Venezuela, donde estudiaban mis padres, él educación y ella biblioteconomía. Quería un hermanito y, como no me complacían, se lo pedí al Niño Jesús. Ese diciembre San Nicolás me trajo un muñeco, Eduardito, no era lo que yo quería, pero lo tomé como un error del ayudante y seguí insistiendo. Así, el 13 de abril de 1961, totalmente a destiempo, me llegó el mejor regalo que me pudo haber traído el Niño Dios, mi hermanito Miguel Ángel. No era bello, era precioso. Tenía los ojos grandes y de un color que no sabía definir, entre azules y verdes y su cabello con bucles, era dorado. Ambos, él en coche y yo empujándolo, asistimos a las graduaciones de nuestros padres. Cuando cumplió el año, nos vinimos a vivir a Valencia, la tierra de nuestros padres y de nuestros antepasados.

Además de cambiar un apartamento por una casa, donde podíamos tener mascotas, mi mamá nos enseñó que teníamos que amar las cosas de Valencia, desde la Virgen del Socorro hasta el equipo de béisbol, “Valencia Industriales”, conocido familiarmente como “los Pericos de Valencia”. Pero en pocos años, este equipo dejó de existir y los principales rivales de los “Leones del Caracas”, “Magallanes” de Catia, se convirtió en “Los Navegantes del Magallanes”. Mi hermanito, que ya tenía ocho años, se pasó a los “Leones”.

Gracias a una imprudencia infantil en una helada primavera en Madrid, adquirió una pleurobronconeumonía exudativa, que casi lo lleva a la muerte. Gracias a Dios, a nuestras oraciones y a la penicilina venezuelae, se salvó.

Y Miguel Ángel pasó de ser mi bebé querido, a mi guardián más celoso, luego a mi confidente, mi consejero y mi mejor amigo. Cuando en Navidad hacíamos la parrandita familiar, yo tocaba el cuatro y él, el tambor. Amaba la música y terminó siendo un percusionista de primera.

Mis padres confiaban en él de una manera ciega. Fue mi papá quien lo enseñó a manejar a los ocho años y recuerdo que, cuando tenía unos trece años, le prestaron el carro para que fuera a una fiesta en la cuadra de abajo. Uno de los amigos le propuso que fueran a otra fiesta en otra urbanización y Miguel Ángel aceptó. Varios chicos se montaron en el carro, emocionados y mi hermano fue primero a mi casa a decirle a mi mamá, que los llevara a la otra fiesta. De inmediato los amigos le dijeron que estaba loco, que la idea era ir solos. Miguel Ángel les respondió que por eso a él le prestaban el carro, porque no hacía imprudencias estúpidas como esa.

Fue un chico de pocas novias. Con cada una duró varios años. Finalmente, se enamoró de Lisbeth Ruiz, una linda odontólogo, familia de músicos. Se casaron el mismo año que murió mi mamá y tuvieron tres hijos maravillosos, Luisa Helena, médico que hoy hace un postgrado en Alemania, Magaly Valentina odontólogo que reside en Massachussets  y Juan Miguel, licenciado en música, técnico superior en polímeros e ingeniero químico, que actualmente hace un doctorado en la Universidad de Boston.

Aunque no nos lo habíamos propuesto, tres de los cuatro hermanos, terminamos dando clases en la Universidad de Carabobo, como nuestros padres. Miguel Ángel y Lisbeth hicieron el doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid y ascendieron al último escalafón, a una edad temprana. Miguel Ángel fue titular cuando todavía no había cumplido los cuarenta y cinco años, igual que mi papá. Eso sí, como además era locutor, a la vez tenía un programa de televisión en NCTV, “Cocinando y algo más”, donde entrevistaba a personajes famosos o importantes, mientras los ponía a cocinar.

Y Miguel Ángel decidió jubilarse a una edad temprana para dedicarse por completo a sus pasiones, la música y la cocina y, para compartir sus chistes en Facebook. Su ingenio era tan abundante que creó una página web para mostrarlos a sus miles de seguidores. Además, realizaba composiciones fotográficas con su cara, con las que acompañaba cada chiste. Por supuesto, eran expresiones muy jocosas que deleitaban aún más a su audiencia. Cabe destacar que un profesor titular a dedicación exclusiva, hasta antes de llegar Chávez al poder, ganaba casi cuatro mil dólares mensuales; ya para 2016, después de dieciocho años de revolución, un profesor titular no llegaba a cuarenta dólares mensuales. Por este motivo, Miguel Ángel se bautizó “el pobresor” y sus chistes eran “los chistes del pobresor”.

Recuerdo la terrible mañana en que, todavía siendo profesor activo, jefe del Departamento de Artes y Tecnología Educativa de la Facultad de Ciencias de la Educación, me llamó a su oficina y, una vez sentada frente a su escritorio, me dijo: Ana, tengo cáncer. Yo nunca me he desmayado, pero en ese momento sentí que se me fue el mundo, todo me dio vueltas. Las indiscretas paredes de vidrio de su oficina, hacían ver todo lo que ocurría dentro y, a pesar de que no soy de las que llora en público, las lágrimas comenzaron a salir de lo más impertinentes. Pero él me consoló alegando que había que aceptar la voluntad de Dios y que lucharía contra la enfermedad. Tenía un cáncer en la tiroides y otro en la próstata que ya había hecho metástasis en los huesos. Ahí fue cuando decidió jubilarse, o sea, la razón fue muy diferente a la que creíamos. Eso sí, fue viviendo su enfermedad, con buen humor, risas y chistes.

No entendimos nunca por qué su deterioro fue en aumento si su buen humor siempre lo acompañaba. Recuerdo que un día lo llamó Miguelángel Landa para hacer un proyecto juntos. Otro que lo llamó fue Ariel Fedullo, con el mismo propósito. Ninguno sabía que Miguel Ángel tuviera cáncer. Yo misma se lo dije a ambos y la respuesta fue casi la misma. A Miguel Ángel lo va a sanar la fe y el humor. Pero, a pesar de que tanto su fe como su humor seguían intactos, Miguel Ángel se iba deteriorando día a día.

Juan Miguel, su hijo menor, recibió una oferta de la Universidad de Hattiesburg con una beca para estudiar inglés y, si aprobaba el curso, verían si se quedaba a estudiar música. El 16 de agosto de 2014, al día siguiente de su cumpleaños número 18, Juan Miguel se fue a vivir a Estados Unidos.  Hattiesburg es una ciudad universitaria del Condado de Forrest, Mississippi, bastante pequeña. Cuando se iba, Miguel Ángel le dijo: Juan Miguel, tienes que entender que es probable que esta sea la última vez que nos veamos, porque no tenemos plata para ir a visitarte ni para traerte y volverte a enviar, así que, si apruebas el curso, cosa que espero, te quedas y eso te llevará como cinco años. Seamos realistas, en cinco años probablemente ya yo me haya muerto. Y si muero, no cometas la estupidez de venir a mi entierro, ya estaré muerto, no te voy a ver, y plata para pagarte el viaje de regreso, imagino que no habrá, así que usted se queda allá. Fue muy fuerte, él como un roble y nosotros despedazados sin querer demostrarle debilidad; siempre con su sonrisa bella y el chiste en la boca. Después agregó: Espero que te cases allá, pero eso sí, no con María Pérez o Rosa Díaz, búsquese una gringa, es más, no me importaría que te casaras con John Smith…

El 17 de enero de 2017, nos dejó. No perdió el buen humor jamás. El velorio fue increíble. Asistió tanta gente, que había carros estacionados en la calle. Nunca había visto un velorio como ese. Pasaban los músicos, sacaban su instrumento y empezaban a tocar al lado de la urna. Cantaban sus canciones preferidas, las que él amaba tocar, desde boleros hasta gaitas, canciones de todo tipo. La Misa la oficiaron el padre Rafael Paredes y el Padre Christian González. Entonces me di cuenta de que la gente en los pasillos hablaba muy fuerte, con escandalosas risas y salí a pedir silencio, cuando veo que el primer escandaloso era Monseñor Reinaldo Del Prette, para ese momento Arzobispo de Valencia. Me le acerqué y lo regañé, pero su respuesta fue: Al primero que le gusta que estemos echando broma y contando sus chistes es a Miguel Ángel, así que no me pienso callar, jajajaja.

Hoy están ambos allá arriba, contando chistes y orando por la paz de Venezuela.

Anamaría Correa

anamariacorrea@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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