A man shows objects found after scooping up mud from the bottom of the sewage canal at the river Guaire in Caracas, on February 1, 2018. Dozens of youngsters look for lost jewels daily in the Guaire River, where Caracas' sewers drain. Finding gold is their illusion, but a piece of copper wire is enough to palliate hunger. / AFP PHOTO / FEDERICO PARRA / TO GO WITH AFP STORY BY Esteban ROJAS

Destino de las cloacas de Caracas, el río Guaire recibe diariamente a decenas de jóvenes que buscan joyas perdidas que vender. Conseguir oro es la ilusión, pero un pedazo de cable de cobre sirve para paliar el hambre.

Con el torso desnudo, Bryan, de 23 años, se emociona al rescatar de las aguas negras un zarcillo dorado.

Grupos de muchachos como él e incluso niños se agolpan desde temprano en distintos puntos del sucio río que atraviesa la capital venezolana con la esperanza de tener un golpe de suerte.

“Uno trata de sobrevivir. La situación está difícil”, dice Bryan a la AFP a orillas del Guaire, mostrando orgulloso lo que ansía sea una joya.

Sumergidos hasta los muslos, sin protección, introducen las manos en el agua y escudriñan hasta el atardecer entre los desperdicios que arrastra el cauce. Se autodenominan “mineros”.

Muchos llevan colgado al cuello un frasquito de plástico, donde guardan las piezas que pescan.

Un anillo de oro de cinco gramos ha sido el mejor hallazgo de Bryan en seis meses de inmersiones, más rentables que sus empleos como panadero y albañil.

Por una pieza así, cuenta, joyeros y chatarreros pueden pagar al menos siete millones de bolívares, 30 dólares en el mercado negro. El ingreso mínimo legal es de unos 6,5 dólares mensuales a esa tasa, que marca varios sectores de la economía.

Pero pueden pasar semanas sin encontrar algo de valor.

“A veces dejo de comer para darle comida a mi niña de tres años”, relata. A unos metros de distancia, zopilotes se alimentan entre montañas de basura flotante.

– “Uno se vuelve inmune” –

La posibilidad de infecciones siempre amenaza. Bryan extiende sus manos ennegrecidas dejando ver una pequeña herida en un dedo, producida por un clavo.

La primera vez que entró al río, enfermó. “Duré tres días en la cama, con fiebre. Ya después uno se vuelve inmune al Guaire”, relata.

Dejó de trabajar como panadero y ayudante de construcción al ver cómo su salario se evaporaba por una hiperinflación que el FMI proyecta en 13.000% para este año.

Según la ONG CENDA, que monitorea el costo de vida, hacen falta 20 ingresos mínimos para cubrir la canasta básica, difícil de completar, además, por la grave escasez de alimentos básicos y medicinas.

El ingreso mínimo (salario más un bono de alimentación) permite comprar a lo sumo unos tres kilos de carne de res. La pobreza acecha a cada vez más personas.

A medida que se deterioran las condiciones socioeconómicas, los “mineros” proliferan en el Guaire y otras corrientes de aguas servidas de Caracas.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ubicaba en 32,6% la pobreza y en 9,5% la pobreza extrema en Venezuela en 2014. No cita estadísticas oficiales desde entonces, pero una nueva caída del PIB de 16,5% en 2017, según el FMI, hace temer una situación peor.

Según un estudio de las principales universidades del país, la pobreza extrema escaló a 61,2% en 2017, mientras que el gobierno la estima en 4,4%.

Acompañado por otros dos “mineros”, Antonio asegura ser de las primeras personas que se atrevieron a lanzarse al canal. Comenzó a los 16 años y ahora tiene 19.

“Cada vez hay más gente. ¿Qué va a hacer uno? Yo prefiero estar en esto que andar robando o matando”, sostiene.

– “Nos matraquean” –

Y los riesgos para la seguridad personal también crecen.

Habitualmente, denuncia Antonio, grupos de “mineros” son detenidos por militares de la Guardia Nacional, transportados en vehículos para control del orden público y liberados horas después. “Nos matraquean (extorsionan). Revisan qué llevamos y nos lo quitan”, asegura.

Cuando llegan las lluvias, el río crece -desbordándose en ocasiones- y hace imposible la búsqueda. En una crecida súbita, “a un compañero se lo llevó el río y no lo hemos vuelto a ver”, cuenta Antonio sin inmutarse.

Pese a la dureza de su labor, Bryan dice que seguirá entrando al Guaire. Siente que no tiene otra alternativa.




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