Nuestro cerebro central, ese gestor famoso de nuestra inteligencia y organizador de nuestro organismo integral, tiene por delante la administración de nuestras conductas más complejas. Ese poderoso órgano, el cerebro, funciona interconectado con las sociedades donde nos movemos y con los miles de personas con quienes nos vinculamos. Con tan compleja cantidad de elementos en vinculación e interacción, nuestro cerebro casi siempre decide culpar a algo, o a alguien, por los errores o fracasos que hayamos tenido en los diferentes medios donde a diario nos desarrollamos.

Buscarle una explicación razonable a cualquier cosa que nos ocurra a diario, es propio de la conducta humana y de lo que la sociedad y las personas, en general, esperan que ocurra. Es la famosa y casi ancestral “búsqueda de culpables”, que todos hemos visto en nuestra familia, desde que éramos muy pequeños. Casi siempre le atribuimos un sentido, un orden, una coherencia, una justificación, a nuestros procederes y a los procederes de los demás.

Organizamos nuestro mundo como cadenas de efectos, de secuencias y relaciones de causa-efecto. Por esta razón, ante un suceso considerado importante, creemos que algo lo ocasionó, o alguien lo produjo: ¡Es habitual que lo que ocurra tenga más sentido cuando aparezca asociado con algo o alguien! ¡A veces, hasta el perro o el gato pueden salir afectados y señalados! Y si no conseguimos algo o alguien asociado con lo ocurrido, pasamos rápido a buscarlo o inventarlo, y hasta ponerle nombre. Le “damos forma” o sentido, ajustándolo a nuestras necesidades…

La incertidumbre y las cosas inconclusas no se llevan bien con la forma de pensar la mente humana, y por eso, generan ansiedad y angustia a todos. Creemos que los hechos no ocurren aislados, y pensamos que se producen en un contexto interconectado de ocurrencias y culpabilidades. Nos sentiremos mal durante mucho tiempo, al hacer mal las cosas, y buscamos esclarecer las cosas que están inconclusas. De hacerse difícil aclarar la situación, sin saber cuál fue el origen de alguna anomalía, o quienes causaron algún problema, un pronto recurso evasivo es echarle la culpa a los demás…

Decir que fue Pedro o Pablo, o que no fueron ni Juan ni Jacinta, es un gran paso de avance hacia la tranquilidad. Eso explica por qué nos cuesta tanto aceptar la equivocación, y decidir si asumimos o no la culpa. El problema no queda sólo en el error cometido, sino en errar muchas veces en lo mismo, por no enfrentar las razones ni presentar soluciones. ¡Esto sería igual que errar, y, además, hacerse “el loco”! ¿Quién cree usted que fue? ¿Cómo, ninguno de los cuatro fue? ¡Eso parece extraño! Tenemos que seguir averiguando…

 

Hernani Zambrano Giménez

hernaniz@yahoo.com




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