(Foto: Kevin Arteaga González)

“Es pan para hoy y hambre para mañana”, ni siquiera esa típica frase que se suele escuchar cada vez que Nicolás Maduro realiza por decreto un arbitrario aumento salarial es aplicable al contexto actual. El hambre ha sido instaurada en Venezuela como una política de Estado, basta con ir a cualquier supermercado del país para comprobar esta realidad.

La lista de productos que no se pueden comprar con un millón de bolívares, correspondientes al nuevo ingreso mínimo decretado por Maduro el lunes, pareciera superar por mucho a la de cosas que sí se pueden adquirir con esa cantidad. Un cartón de huevos, por ejemplo, se ubica en un millón 400 mil bolívares en el Bio Mercados de Naguanagua, donde los precios ya están expresados también en “bolívares soberanos”, con los tres ceros suprimidos.

Al lote de alimentos que supera el millón también se le suman: 1 kilogramo de harina de maíz precocida importada, un millón 285 mil 714; el paquete de 450 gramos de salchichas, un millón 258 mil; 1 kilogramo de harina de trigo, un millón 198 mil 285; 500 gramos de pasta, un millón 28 mil 571; 195 gramos de queso pecorino, un millón 26 mil 480; una bolsa de 150 gramos de Ping Pong, un millón 78 mil 921; entre otros.

Para Isabel Ramírez, quien un día después del decreto presidencial decidió ir hasta dos reconocidos establecimientos comerciales para revisar los precios y hacer algunas compras, la situación es insostenible. Cada vez lleva menos pan a su mesa. “No han pasado 24 horas desde que Maduro lo dijo y ya muchos productos aumentaron. Esto no lo aguanta nadie”.

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En tan solo cuatro meses de 2018, el Ejecutivo ha decretado tres incrementos salariales. Para enero, cuando fue anunciado el primero, el sueldo mínimo integral total era de 797 mil 510 bolívares. El segundo fue en marzo y llegó a un millón 307 mil 646 bolívares. El último, para “celebrar” el Día del Trabajador, lo llevó a dos millones 555 mil 500 bolívares.

Lejos de ser un paliativo para sobrellevar el agudo deterioro que hoy sufre el sistema económico de Venezuela, estos aumentos han impactado de forma negativa en los bolsillos de los habitantes. Ramírez, con únicamente un paquete de pasta entre sus manos, lo sabe. “No estoy de acuerdo y sé que como yo, hay muchos. Ya nadie celebra cuando Maduro sale a decir que va a subir los sueldos”.

El economista y diputado a la Asamblea Nacional (AN), José Guerra reiteró que si estas medidas no son acompañadas por verdaderos cambios del sistema económico, resultarán inútiles debido a fenómeno hiperinflacionario que atraviesa la nación. “El problema no son los bolívares sino su poder de compra. Se trata de millones en papeles sin valor”.

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REGULADOS Y DESAPARECIDOS 

Los alimentos de producción nacional, que el régimen se ha empeñado en “regular” a través de la Superintendencia Nacional para la Defensa de los Derechos Socioeconómicos (Sundde), son los grandes ausentes en los anaqueles de la región. Marcas como harina Pan de Polar, arroz de Primor o pastas Allegri fueron sustituidas por otras importadas de Brasil y México, entre otros países, cuyos precios son más elevados.

Un gran número de usuarios manifestó su impresión con respecto a la variación de precio que tuvo el café venezolano, marca Propatria: en menos de una semana un paquete de 400gr pasó de costar un millón 120 mil a dos millones 148 mil 571,43 bolívares.

El clásico desayuno rápido de cereal y leche se convirtió en un lujo del que pocos podrán disfrutar. Para comprar ambos productos se necesita hacer una inversión de al menos un millón 100 mil bolívares, que supera el nuevo sueldo mínimo y representa casi 50% del salario integral total.

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Este aumento no alcanza para nada, ni siquiera para comprarme un champú, señaló indignada Ana Meza al salir de Kromi Market. Ella tampoco está de acuerdo con el nuevo incremento ya que, ni siquiera ganando más de dos millones de bolívares al mes podrá volverse a dar sus “gustos”.

Meza denunció que, tras el decreto de Maduro, hasta el pasaje amaneció con otro precio: Seis mil bolívares le cobro una unidad de trasporte público que la llevó desde su casa, en la urbanización Las Viviendas de Bárbula, hasta el supermercado ubicado en el mismo municipio. “Es aquí cuando me pregunto ¿en dónde está el carro de Drácula?”.

@KevinArteaga – Especial para El Carabobeño

 




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