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Estimados amigos, les escribo una carta que espero que algún día publiquen. No soy miembro de la sociedad protectora de animales ni pertenezco a misión Nevado ni a ninguna otra misión ideada para los perros del gobierno. Quiero que me lean para que entiendan que los loros son los únicos animales que hablan y, como no saben escribir, yo lo hago por ellos.

La vida de un loro, de esos que llaman Loro Real (injustamente porque es lo menos que tienen), comienza a las siete de la mañana cuando le quitan el trapo que cubre su jaula. Allí se inicia el trato ridículo que los humanos les profesan. En lugar de decirles: “Hola, buenos días. ¿Cómo pasaste la noche? Bonito el trapo, ¿no? ¿Quieres un café?…”, como si fueran bobos incapaces de entender, les dicen:

-Truua lorito, lorito real… Truua loriiitooo…

¡Y comienza la maldita pedidera de patica!

-Póngale pan mojao con leche y semillas de girasol -dice la abuela-. Por ahí sobró un pan viejo y una leche que quedó anoche fuera de la nevera, pónganle eso también.

Y el loro, con aquella arrechera viendo a todo el mundo tomar café con leche, comer caraotas refritas y huevos con arepitas. Para el plumífero, ni sobras. Claro, con el cuentico de que la comida la consiguen haciendo colas como de 12 horas, ya ni pa’l loro hay.

Dígame cuando hacen perico. Ese es uno de mis platos preferidos. Los loros comienzan a gritar: “perico, perico, pericoooo…”. Entonces los humanos se ríen y creen que los loros están diciendo groserías y nos dan, perdón, les dan durísimo con un periódico en la cabeza ¡Ay! ¡Eso sí que duele!… bueno, imagino que duele.

Lo que los loritos no aguantan es la pedidera de patica todo el santo día. Cuanto muchacho bolsa va a la casa, comienza: “la patica, la patica, la patiiicaaa…”. Hasta que, con resignación, se la doy para que dejen de fastidiar. Menos mal que no soy un pato a quien le piden la patica y da otra cosa. Hmmm… estoy releyendo lo último que escribí y sí, ¡voy a salir de la jaula! Al menos no lo hago del closet. Lo confieso: ¡no soy humano, soy un loro y estoy muy bravo!

A la gente le llama mucho la atención que tengo la lengua seca cuando doy la patica. Cómo no tenerla seca si muero por echarme un palo y lo que me dan es cambur.

Vivo en un balcón donde está el lavadero del apartamento. Una señora, que aquí trabaja no sabe nada de animales. Ella dice que yo soy un cochino porque ensucio todo. Yo no le paro porque uno de los hijos de mis dueños, me saca a la calle del escondido. Esos son mis únicos momentos más o menos felices, ya que salimos a echar vaina y hasta cerveza me han dado.

A mí no me gusta hablar de política, pero los venezolanos, desde hace 17 años, sólo hablan de eso, de comida, de inseguridad y de sobreprecios. Tal vez por eso me piden que diga groserías y que repita boberías, y es que la gente se pone con los loros como cuando se encuentra con un bebé recién nacido. El encuentro les afecta el cerebro y comienzan a hablar en chiquito o en loro: “A gugugu, llindo palle o trua, truua, truua”.

También deseo comer vainas normales y visitar de vez en cuando la casa de algún escritor famoso

No aspiro mucho de la vida. Me gustaría algún día ser un loro libre. Conseguir una lorita verdosa de coronilla amarillita y de ojitos naranja que pueda decir lo que quiera. También deseo comer vainas normales y visitar de vez en cuando la casa de algún escritor famoso, como Leonardo Padrón, para que me enseñe a ver a su país con poesía.

Los loros somos simpáticos, conversamos, damos la patica y no le hacemos daño a nadie. Entonces merecemos mejor trato. Tampoco quiero que nos compongan más canciones discriminatorias como esa que dice:

“Yo no me explico, como el perico, teniendo un hueco debajo del pico pueda comer, no puede ser”. ¡Sí puede ser!

Para terminar quisiera animar a otros animales para que escriban y cuenten su vida. Quiero felicitar a “El Carabobeño” por haberme cedido el espacio del comehuevo para publicar mi carta.

Lo que sí no me gustaría es que publiquen aquí una carta de un burro. Ese animal tiene ideas retorcidas y la letra grande y negra. Eso asusta. No sé si se habrán dado cuenta, pero nosotros los loros no sólo hablamos, también escribimos y sabemos amar a quienes nos aman y querer al país donde vivimos.

Sin más, me despido. Mis dueños, dijeron ellos, van a salir a una marcha para recuperar la democracia de su país. Pero antes de irse me van a quitar el trapo rojo que cubre mi jaula.

Amigos del diario El Carabobeño: L. Oro

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