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Fabio Solano || [email protected]

“Yo estaba en Managua cuando sucedió. Fue como un estallido, y hasta el “New York Times” reseñó el hecho en primera página. La comandante “Ana María”, la segunda en el mando de las Fuerzas Populares de Liberación del Salvador, había sido asesinada vilmente. 81 puñaladas y el degollamiento final, decía la prensa. El homicidio estremeció a Centroamérica, especialmente al Salvador y a Nicaragua. Se supo que el asesinato se cometió en una casa controlada por el Gobierno de Daniel Ortega, cedida a la comandante en las afueras de Managua, en una urbanización sobre el kilómetro 15. Fue atacada en su habitación y no hubo puertas forzadas, ni tiros, ni heridos. Era evidente la complicidad interna en la muerte de Mélida Anaya Montes, una maestra salvadoreña de 54 años, un poco pasada de peso. La motivación política del homicidio era evidente, dada la preminencia de la asesinada. No faltó quien, sin saber mucho, señalara a la CIA.

“Yo conocía a algunos compas salvadoreños, con quienes había estado hablando del futuro de la revolución. Más aún, en una oportunidad estuve presente durante un encuentro con el comandante “Marcial”, el gran jefe. Se llamaba Salvador Cayetano Carpio, un panadero que con el tiempo se había convertido en el líder de la lucha armada en su país. Revolucionario desde jovencito, llegó a ser secretario general del Partido Comunista Salvadoreño, y cuando esta organización negó la posibilidad de ir a las armas, entonces “Marcial” abandonó sus filas.

Creó las FPL en los años 60, con la clase obrera como base dirigente. En 1983 era uno de los comandantes el FMLN, y mantenía una posición dura, partidario de la guerra popular y prolongada. Sobre eso había discutido mucho con los compas, por lo cual estaba enterado de su conflicto con “Ana María”. Ella estaba por bajar el tono al conflicto, al igual que otros comandantes. Al parecer, la maestra proponía darle más importancia a la clase media en la lucha urbana y había socavado la base política de “Marcial” en la organización.

“Ante el escándalo, el Gobierno sandinista arreció la investigación. El “New York Times” reseñó el entierro de la comandante, y acompañaba con una foto donde aparecía Carpio, con Daniel Ortega de un lado y Tomás Borge del otro. En cuestión de días se dio a conocer que los asesinos eran de la propia seguridad personal de la comandante. Internamente se supo que “Marcelo”, hombre de confianza de “Marcial” y a cargo del grupo de guerrilleros-escoltas, había confesado. Y no sólo asumía la responsabilidad, sino que delató a su jefe, como el hombre que había dado la orden. Y ahora sí que se creó una verdadera tormenta política en las FPL, la cual alcanzó al sandinismo. El 12 de abril “Marcial” estaba en su casa de Managua (cortesía del sandinismo, igual a la de la asesinada), cuando llegaron altos jefes sandinistas. Tomás Borge fue el encargado de señalar que todo apuntaba a su culpabilidad, que la dirección revolucionaria había decidido que debía renunciar a su cargo de comandante en jefe de la guerrilla y además sería trasladado a otro país, mientras se celebraba el juicio.

“El líder salvadoreño oyó a Borge y sin mostrar emoción alguna negó las acusaciones, pero dejó entrever que obedecería. Los jefes sandinistas se fueron y él pidió a su mujer que fuera a atender al nieto, quien estaba en otro sector de la casa. Afuera permanecía su seguridad personal, además de elementos sandinistas armados, dispuestos para el traslado. Carpio quedó solo y se sentó frente al escritorio. Redactó un documento a mano, y media hora después abrió la gaveta principal. Extrajo una pistola de doble cañón, regalo del general Torrijos, y se disparó en el corazón. Eran las 9: 30 de la noche. A los tres días me fui de Nicaragua. El Gobierno estaba haciendo una razzia entre los amigos de “Marcial” en Managua. Yo no era amigo personal, pero sí se me había visto varias veces reunido con jefes de las FPL, de los más radicales. Era mejor poner tierra de por medio, porque para crear falsos positivos no había nadie como los cubanos del G2”.

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