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Fabio Solano

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“La gente no entiende lo que está pasando. Ellos sólo ven la
violencia, los muertos, el ataque de las hordas armadas del gobierno. Lo que
pasó en el parlamento no se trata sólo del enfrentamiento de diputados contra
el partido de gobierno. El fondo real es una lucha por el poder, y eso, joven,
poca gente lo capta. Ya usted sabe que una cosa es tener el gobierno, y otra es
controlar el poder. Usted puede ser jefe del ejecutivo, pero no tener poder. Un
inglés llamado Thomas Cromwell, Secretario de Henrique VIII, explicando esto de
gobierno y poder, dijo claramente que los principales asuntos de las monarquías
no se resolvían en las Cortes, sino en los puertos, en el comercio, con el
dinero. Aquí, en estos momentos, el Presidente tiene el gobierno y anda tras el
poder. La diferencia es que en Caracas eso pasa por dominar el Congreso”.

Pedro Luis, estudiante de Derecho, miró a su profesor con
aprensión. Cuando el viejo ponía aquella cara, y se iba enrojeciendo a medida
que aceleraba la entonación, seguro venía un discurso agresivo. Trató entonces
de contestarle pausado: “Vamos profesor. Esto que ha pasado es lo peor de los
últimos tiempos en Caracas. Los diputados Salas, Argote y Juan García fueron
asesinados por la turba monaguista. El respetado Santos Michelena está grave,
con un bayonetazo. Un sastre llamado Juan Maldonado, el miliciano Miguel
Riverol y Pedro Aizpurúa, cayeron muertos por los monaguistas que también
hirieron al jefe de la milicia del congreso, coronel Roberto Smith. Eso es lo
que la gente vio”.

–Mire joven, a usted le falta camino, experiencia. Vea bien
qué sucedió en realidad. Mire el panorama como si fuera un espectador. Páez
está de salida después de tantos años en el poder. Porque el sí manejó el
poder. El centauro nos trajo de la mano al general Monagas, y éste, después que
se montó en el coroto, sacudió a su padrino. Liberal soy yo, dijo Monagas, para
sacar rapidito a los oligarcas conservadores de Páez. Y al viejo general le
cayeron a cuentos sus propios amigos. Que si era una traición imperdonable. Que
Monagas no tenía suficiente guáramo para enfrentarlo. Y finalmente lo
convencieron para que el Congreso intentara sacarlo por la legalidad. Por eso
acusaron al Presidente de violar la Constitución. Desacató el artículo 118 por
ejercer facultades extraordinarias sin haberlas solicitado. Movilizó a la
Fuerza Armada, violentando el artículo 121, y pretendió ejercer la
administración del Estado fuera de Caracas, lo cual es improcedente
constitucionalmente según el artículo 113. Eso dijeron los diputados
conservadores”.

Pedro Luis hizo un gesto como para comentar algo, y el
profesor Urbieta, especializado en derecho romano, no lo dejó. “Espere que
termine jovencito, y después veremos qué me dice usted. ¿Dónde está el meollo
de todo este asunto? Los diputados de oposición no pretendían reclamar al
Presidente por violentar el texto constitucional. Ni lo iban a reprender
solamente. No señor. Los parlamentarios iban por su cabeza. Su intención era
destituirlo en plena cámara, y eso joven, no lo iba a permitir alguien que
tiene el respaldo de las armas. Por eso es que rodearon el parlamento. Y
esperaron la oportunidad, la cual parece que fue un montaje, una escenografía.
Enviaron al señor Sanabria, Ministro del Interior, a presentar la memoria y
cuenta, y luego, los mismos del gobierno corrieron el rumor de que éste
funcionario había sido asesinado dentro del parlamento. Seguro alguien dio la
orden para que las turbas atacaran como lo hicieron. Yo quizás se más que usted
de lo que pasó adentro. 

De los tiros y puñaladas que les lanzaron a los
conservadores. De una cinta amarilla que llevaban en el pecho los diputados
liberales como salvoconducto para que no los atacaran. De la venganza contra
Santos Michelena, que ya había salido y fue apuñalado por orden de arriba. Pero
todo eso no tiene importancia. Lo importante es que Monagas no fue destituido,
y ahora se afianzará en el poder. La lección es clara. Si se pretende sacar a
un Presidente del gobierno hay que hacerlo por la ley, pero con apoyo de
quienes tienen las armas.  

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