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“Indefensión aprendida”, “desesperanza aprendida”, y “desesperanza inducida”, representan a tres conceptos de un lamentable “paquete” conductual y de síntomas que deshabilitan la eficiencia de millones de personas en nuestras sociedades actuales. No son ideas totalmente novedosas, ni recién descubiertas, pero son evidentes los daños que hacen a la autoestima y estabilidad emocional de mucha gente. Basta que operen represiones y acciones humillantes en contra de las personas, y que se mantengan presiones de sostenida dominación social en cualquier sociedad, para que se hagan presentes las condiciones de desarrollo de esos tres síndromes o causas incapacitantes. Para una mayoría de las personas, estos conceptos son tecnicismos científicos casi desconocidos o confusos. Pero, en amplias masas de población están presentes los efectos, en grados variables, sin consciencia de sufrir sus consecuencias psicológicas y sociales indeseables. No es un invento de algunos indignados o contestatarios de ocasión, ni de ciertos rebeldes sin causa, ni de machistas o feministas.

pérdida de esperanzas comienza con un proceso acumulativo de fracasos y resignaciones

Cómo perder las esperanzas. A diario, oímos a mucha gente quejarse de haber perdido las esperanzas, y no tener ánimo ni para respirar. Pero la mayoría de estas personas desconocen que esa señalada “pérdida de esperanzas” comienza con un proceso acumulativo de fracasos y resignaciones que, en su mayor parte, dependen de nuestra propia voluntad, y de dar por aceptadas las evasiones con que pretendemos escaparnos de importantes responsabilidades, momentos y retos, ante los cuales nos encontramos en nuestra vida. Es ésta la manera como nos acostumbramos a dejar de lado nuestras esperanzas y oportunidades. Dicho en palabras sencillas, poco a poco abandonamos esperanzas y aprendemos “desesperanzas”. Frente a tanta desesperanza que aprendemos, porque nos ha sido inducida (enseñada) -socialmente- por otros, nos sentimos cada vez más indefensos, sin el impulso motivador que nos llega de cada nueva esperanza. Esta pérdida permanente de nuestras esperanzas nos sumerge en un estado de “indefensión adquirida” (desesperanza aprendida). Hablamos de entrar en estado de indefensión, cuando se produce una condición psicológica dominante, mediante la cual las personas aprenden a creer que están indefensas, que no tienen ningún control motivante sobre la situación en que se encuentran, y que cualquier cosa que emprendan luce inútil, ineficaz y difícil de concluir”. Entonces, aprendemos violencia…

Así como desfiguramos las esperanzas, hasta convertirlas en “desesperanzas aprendidas”, y en estados de “indefensión” con eliminación de nuestra voluntad, la violencia se aprende con relativa facilidad, ya que puede inducirse socialmente o por medio de personas influyentes. Con un proceso de enseñanza e inducción a la violencia, la víctima amenazada, y “asfixiada” por presiones y acosos de gente violenta, permanece más y más indefensa, pasiva frente a una situación displacentera o dañina; incluso, cuando pudiese disponer de la posibilidad real de cambiar o enfrentarse a estas circunstancias perjudiciales. El desconocimiento popular de la complejidad del tema de la violencia, y las tendencias a cambiar la apariencia y explicación de los hechos violentos, para adaptarlos y hacerlos cómodos de entender, hace más difícil comprender qué ocurre en la mente confusa de los sometidos a la violencia recurrente, que parecen haber aprendido a vivir con una desesperanza permanente, como si fuese la forma “normal”, natural y emocionante de vida. Así se “fabrican” los violentos, que gozan con la vida violenta y los enfrentamientos dramáticos.

Los expertos en la psicología y sociología consideran la “desesperanza aprendida” como una forma defensiva, bastante común, de “adaptación psicológica” en cualquier persona. Es una evasiva posible que encuentran las víctimas amenazadas, para poder sobre llevar tanto dolor psíquico y estrés. Con tantos fracasos rudos y momentos de violencia, una persona llegará a vivir situaciones sin encontrar “salidas”; entonces, agotada, sin energías, y sin voluntad para intentar una acción exitosa, se hunde en el sentimiento de desesperanza total, con el crudo convencimiento de que ya nada puede hacerse para mejorar o superar la dolorosa realidad… Para entonces podrían escucharse las propias palabras represivas, de autocensura repetidas internamente: “¡Nunca más podré porque no tengo fuerzas!” “¿Para qué intentarlo; para sufrir todavía más?” “¡No vale la pena!” Así se aprende la desesperanza…

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Hernani Zambrano
Egresado de Universidad Central de Venezuela. Estudios de PostGrado en la Universidad de Stanford (USA). Profesor y Ex Director de Escuela de Educación (Universidad Carabobo, Valencia, Venezuela. Ex Director Escuela de Psicología (Universidad Arturo Michelena, Valencia, Venezuela). Asesor de Empresas y Productor Radial en Universitaria 104,5 FM (Universidad Carabobo, Venezuela).
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