aumento pasaje protesta
(Foto Referencial).
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Joan Viloria

El autobús azul con rayas blancas, marca Encava, placa 00AA8CH y perteneciente a la línea de transporte público Unión Bucaral, llegó a la avenida Lara a las 6:30 pm, como seguramente muchas otras veces lo ha hecho. No hizo falta esperar que se estacionara para que la gente decidida a irse a casa se empezara a montar para poder capturar un puesto.

Yo me monté con la misma celeridad, no soy distinto, me quiero subir, pagar el pasaje a 300 bolívares, recorrer en 15 minutos el camino correspondiente y finalmente llegar. La necesidad de querer llegar no es la misma a la de querer irse, por eso pienso en mi deseo de salir de ese espacio ultra violento que es la salida norte de la estación Lara del Metro de Valencia.

Ya estoy en el bus, pero los miércoles a las 6:33 pm -calculando que este haya sido el tiempo transcurrido desde que estoy adentro de la unidad de transporte- tarda en llenarse un poco más que de costumbre, no hay demasiada gente en la calle a esta hora, es por esto que la afluencia de los vendedores de tostones, caramelos de coco y policías es mucho menor , e inexistentes si nos referimos al último ejemplo.

Mi primer error fue estar allí, mi segundo error estar allí a esa hora, mi tercer error fue sentarme del lado de la ventana y dejar a otro la oportunidad de trancarme la salida, una acción novata para quienes entienden las dimensiones de las precauciones que deben ser tomadas en estos casos.

Mientras espero a que se llene el bus, un niño no mayor de 10 años de edad se sienta a mi lado y enseguida percibo el peligro – hemos aprendido a desconfiar de todo lo que se mueva- el niño de franela roja con rayas blancas , se levanta sobre mí y grita a través de la ventana -hermano, llégate- tres segundos después hay un tipo de unos 25 años montándose en el estribo lateral del autobús, amenazandome por la ventana con un cuchillo pequeño -te voy a hablar claro- me dice.

Las comunicaciones entre las personas están hechas de codigos que puedan ser asimilados entre quienes entablan dicha comunicación, la violencia no necesita palabras puntuales, así que no hace falta que pida el celular, ni que me diga que esto es un atraco, ni nada,para que yo entienda lo que está pasando.

Mi reacción fue pararme y gritarle al agresor de cabello pintado de amarillo y sweater gris -¿Qué pasa chico estás loco?- Y cuando intenté pararme del asiento, el niño de la franela de rayas blancas, colocó su cuerpo para que yo no pudiera escapar, pero quizá se le olvido al propio niño quién es, su tamaño y debilidad, a lo mejor no entendía en su condición de victimario que las acciones tienen múltiples respuestas y que quizá la de su víctima podía ser empujarlo con la fuerza y el miedo de un adulto, pararse y alejarse lo más posible del peligro.

Así tal cual ocurrió, el hombre de la ventana me haló el bolso que cargaba puesto y logro rompérmelo, luego se alejó entre la basura de los vasos de Nestea vendidos en el día, con una sonrisa de oreja a oreja. El pequeño ladrón corrió rápidamente y saltó por la salida trasera del autobús. Yo estaba parado, seguía alerta, me senté y desde afuera el delincuente reunido con dos hombres, dos mujeres y dos niños más, me amenazaban para que no siguiera viéndolos. Quienes intentaron robarme estaban a menos de 4 metros de mi, detenidos, conversado y esperando la próxima posible víctima.

La mayoría de los pasajeros se dio cuenta, pero nadie emitió comentario, el autobús se quedó detenido unos tres minutos más que a mí me parecieron eternos, cuando arrancó pregunté la hora y eran las 6:40pm habían pasado 10 minutos desde que llegué hasta ese lugar, pero la dimensión de la tragedia ocurrida lleva mucho tiempo gestándose y con el pasar de los minutos se cocina a fuego rápido en un caldo de cultivo con sazón criollo, haciendo el terreno cada vez más fértil para que el niño pueda llegar ser el hombre de la ventana con el cuchillo o la pistola y deje de ser ese pequeño malandro que apenas tiene derecho a cantar la zona.




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