La muerte se mete en la vida cotidiana de los colombianos por la pandemia
/ Foto: Cortesía (France24)

La muerte se ha metido en la vida cotidiana de los colombianos con el segundo pico de la pandemia de coronavirus, que en lo que va de año se ha cobrado la vida de 8 mil 534 personas, una tragedia que avanza a una media de 341 defunciones diarias.

El país ocupa el puesto 12 en el mundo en número de muertes, con un total de 51 mil 747 decesos, lo que tiene en apuros a los servicios funerarios que se esfuerzan a diario por atender la emergencia.

Cartagena de Indias es un reflejo de esta situación, pues en los primeros 25 días de 2021 alcanzó un promedio de cinco muertes diarias solo por covid, con lo que se acerca al promedio de seis personas fallecidas durante el primer pico, a mediados del año pasado, a los cuales hay que sumar las defunciones por otras causas.

La ciudad tiene un índice de letalidad por COVID-19 del 1,74 %, inferior al 2,55 % nacional, y la ocupación de las unidades de cuidados intensivos (UCI) se mantiene por debajo del 70 %, cifras mejores que las de Bogotá, Medellín o Cali, entre otras.

Inhumaciones a diario

Con los óbitos en aumento, Javier Torres, ayudante de sepulturero del desvencijado e histórico cementerio Santa Cruz de Manga, enfrenta todos los días el drama de la muerte y cree “que lo que viene ahora va a ser bien duro”.

“Cuando comenzó la pandemia enterrábamos duro, teníamos de siete a ocho cajones ahí esperando (para inhumarlos), uno detrás del otro el mismo día, la vaina era un poco difícil”, recuerda este joven colombiano de 33 años que vivió toda su vida en Venezuela, de donde retornó hace cinco años huyendo de la crisis.

Según dice, en el primer pico de la pandemia la jornada se le iba “tapando el uno y enseguida agarrando el otro (féretro)”, y teme que el incremento de casos en la ciudad acabe aumentando también el número de fallecidos.

Temor al contagio

Torres no oculta que siente temor por sepultar a quienes fallecieron de COVID-19 y por trabajar con personas que él sabe que viven expuestas al virus, como los empleados de las funerarias e incluso los mismos familiares de los difuntos que a veces acompañan los cortejos.

“Me da miedo contagiarme por los hijos que tengo en mi casa, me da miedo que me dé COVID-19 y pegárselo a ellos”, asegura.

El ayudante de sepulturero dice que usa un traje que protege su ropa y que lo desecha después de cada entierro; también utiliza guantes de látex y constantemente se lava las manos pero ya no lleva careta porque se le rompió y no le han dado otra.

Asegura que por fortuna solo uno de los sepultureros de los cementerios municipales de Cartagena ha resultado contagiado, pero ignora cómo contrajo el virus, si fue en el trabajo en el camposanto o fuera de él.

Cementerio en el olvido

El cementerio de Santa Cruz de Manga, que fue el primero de la ciudad, fue fundado en 1823 durante la Alcaldía de Manuel Marcelino Núñez, pero algunos historiadores remontan su importancia a 1815 cuando “El Pacificador” Pablo Morillo ordenó que los restos de los mártires de la Independencia de Colombia fusilados durante La Reconquista española fueran sepultados en los terrenos que actualmente ocupa.

Esta necrópolis es conocida por ser la última morada de personalidades como Juan José Nieto, el único presidente negro que ha tenido Colombia, por un breve periodo en 1861, aunque sus retratistas en un acto de racismo blanquearon con cal su rostro.

El cementerio, pese a ser considerado como la primera obra arquitectónica de la isla de Manga después de la construcción del fuerte del Boquerón y del de San Sebastián del Pastelillo, y de tener mausoleos hechos con mármol de Carrara (Italia), hoy se encuentra bastante abandonado y es visitado por pocas personas, un fenómeno acentuado por las limitaciones que impone la pandemia.

Una de ellas es María Eugenia García, quien explicó a EFE que su hija falleció hace un año, el 25 de enero de 2020, y solo pudo volver a visitar su tumba por primera vez siete meses después.

Asegura que fueron meses duros sin poder ir a llevarle flores, pero subraya: “Dios nos fortaleció y siempre (estuve) haciendo oraciones en mi casa por ella”.

El ayudante del sepulturero conoce bien esta situación y dice que para los familiares de los difuntos estos meses de pandemia han sido muy difíciles porque la inmensa mayoría no pudo entrar a darle el último adiós a los suyos y a muchos les tocó llorarlos desde la calle. EFE




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