Esta es la expresión que la mayoría  de venezolanos utiliza frente a cualquier análisis predictivo que pueda perjudicar al régimen de Nicolás Maduro.  No es una postura de rechazo a la oposición, tampoco a Juan Guaidó.  Es la incredulidad de una población acogotada por los problemas.  Que tiene hambre, que no tiene agua, ni gasolina, tampoco electricidad.  Unos ciudadanos asfixiados que ahora no pueden ver televisión.  Por cierto, me comentaba días atrás el ilustre psiquiatra Carlos Rojas Malpica que mirar televisión es para la clase indigente, la que vive colgada de los cerros de Caracas, un hilo de interconexión con el hambre.  Esta produce un efecto atenuante en la mente del famélico televidente que se encuentra en el primer peldaño de la base de la Pirámide de Maslow: alimentarse.  El día siguiente recomienza la labor de buscar entre los rastrojos de la basura, y así volver a empezar su rutina de subsistencia hasta que se dan de frente con la parca.

Al mismo tiempo, esta sociedad incrédula se ha hecho exigente, desconfiada, incrédula, resabiada, con todos aquellos que luchan por rescatar la democracia. De manera involuntaria, se ha convertido en una especie de sostén de quienes han destruido, en buena medida, todo lo que otros gobiernos habían logrado para el bienestar de nuestros compatriotas. Que no solo tuvieron los modos, estos venezolanos, de alimentarse adecuadamente sino de asistir a la universidad y ocupar posiciones en las cúspides empresariales.  Incluso la mayoría de los presidentes venezolanos provienen de la clase media, hasta el doctor Caldera que transmitía una imagen social superior, para nada.

Adentrándonos en el tema, quizá el más álgido y complicado de tratar, y no caer en extremos que lejos de ayudar a la comprensión para lograr la salida de los oficialistas, tendrían más bien un efecto contrario al deseado, procuraré ser lo más comedido posible, a riesgo de que muchos piensen que ese exceso de discreción forme parte coincidente del estancamiento donde nos encontramos. Juan Guaidó, es evidente, no tiene hoy en el país el respaldo que tuvo meses atrás; no así en los territorios extranjeros donde su liderazgo se solidifica cada día más, a la vanguardia el poderoso Estados Unidos.  De manera, que no es tan sencillo como candorosamente algunos creen, que cambiando a Guaidó por otro, ¿por quién?, las diferencias políticas, los intereses particulares, las divergencias, las incoherencias y las decepciones desparecerán; sencillamente, esto no ocurrirá de ese modo. Tampoco renacerá radiante la unidad, ni el entusiasmo, ni la esperanza, ni el espíritu combativo; no, eso es una ilusión pandémica muy propia entre nosotros.

¿Entonces?, qué hacer. De nuevo la unidad se erige como un elemento fundamental.  Hay que desconectar el trapiche al que algunos con una alta dosis de insensatez, cometiendo,  el disparate de lanzar el cuerpo de Juan Guaidó para ser molido por sus muelas siempre díscolas.  Por supuesto, que Guaidó lleva sobre sus hombros una pesada carga.  Es a él a quien le corresponde llamar a esa unidad que consideramos esencial. Juan Guaidó está en la obligación de actuar con mayor veracidad, con realismo, con madura sensatez.  Los venezolanos se resisten a escuchar una y otra vez proposiciones incumplidas.  Ni siquiera las medidas de la Casa Blanca le producen cierto optimismo, como consecuencia de esas expectativas incumplidas.  Convocar, por ejemplo, el domingo pasado a la AN para analizar el aumento de la gasolina no entusiasmó a los venezolanos tanto como si lo hubiera hecho para tratar el tema de la aplicación del TIAR.  En conclusión, la vida política de Juan Guaidó pende de un hilo.  Pudiera estar a punto de acercarse a la espeluznante etapa de convertirse en moribundo víctima del disparate. Tiempo del meditar profundo y actuar sin dilación. El dilema está en elegir entre Juan Guaidó y Nicolás Maduro, usted decide.

 

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