La Aldea Artesanal Don Viviano Vargas abre sus puertas de martes a domingo, de 9:00 a.m. a 5:00 p.m.. (Foto Kevin Arteaga)

A 45 minutos de Valencia se encuentran los Valles Altos de Carabobo, una región que atrapa al que la visita por todos los tesoros que esconde entre sus frescas y verdes montañas. Artesanos, promotores del turismo ecológico, productores de cacao y una amplia oferta gastronómica son parte de sus atractivos. Aquí el turismo no se rinde ante las adversidades.

Ya en Bejuma, en plena carretera Panamericana, podrá observar una estructura que no pasa desapercibida: la Aldea Artesanal Don Viviano Vargas, creada en honor a quien fue “el artista popular más importante que hemos tenido en el occidente de Carabobo y Venezuela en los últimos tiempos”, según reseña la brillante placa azul, colgada en una de las paredes blancas de esta casona estilo colonial.

Don Viviano Vargas fue un tallista, fabulador y poeta, nacido en Canoabo el 21 de diciembre de 1908. Es recordado como un ejemplo de vida dedicada a la creación, al amor por su familia y su gente, aseveró Edgar Méndez, uno de los integrantes del grupo de artesanos que conforman la aldea desde hace ocho años, cuando fue fundada. En su puesto vende todo tipo de artesanías imaginables elaboradas con cuero. Cinturones, carteras, alpargatas llaveros y todo lo que su ingenio le permite crear.

Méndez señaló que los Valles Altos de Carabobo tienen una magia que hace que todo el que los visite quede con ganas de volver. “Yo no cambio mi tierra por nada. Voy a Valencia cuando es estrictamente necesario a hacer las diligencias que solo son posibles allá”. En cada una de sus palabras se percibe arraigo y amor tanto por su oficio, como por el lugar que lo vio nacer y en el que tiene planes de quedarse por el resto de su vida.

 

Figuras religiosas, personajes de la política venezolana, entre otros, son representadas en las emblemáticas tallas. (Foto Kevin Arteaga)

En la aldea no faltan las populares tallas de Canoabo, que hicieron famoso a Don Viviano. Karla Orfanelli es una de las artesanas que las tiene disponibles en su local. Explicó que lo que los hace diferentes en la aldea es el hecho de no ser revendedores, sino creadores. Todo lo que se le ofrece al público, desde las artesanías hasta las típicas cachapas y dulces de la zona, son hechas con sus propias manos y esfuerzo, a través de conocimientos autodidactas que se han ido trasmitiendo de una generación a otra.

Como Edgar, Karla afirmó no estar dispuesta a dejar Bejuma, ya que quiere continuar con la tradición de ofrecer artesanías a todo aquel que pase por los Valles Altos. “El venezolano necesita aprender a valorar sus propias costumbres”.

La vitrina del occidente carabobeño

Al pasar Bejuma, el camino lleva a otra parada imperdible: el Parador Turístico Portachuelo, también conocido como la vitrina del occidente carabobeño, ubicado justo en la entrada del municipio Montalbán. “Somos 30 artesanos, entre hombre y mujeres, que estamos aquí dando lo mejor de cada uno para realzar las cosas bellas de esta región”, expuso Ilse Pacheco, una de las vendedoras del lugar, que además aseveró sentirse muy orgullosa de trabajar allí.

La Inmaculada Concepción es considerada como la patrona de Montalbán, por ello se encuentra justo en la entrada del municipio. (Foto Kevin Arteaga)

Artesanías hechas en madera, cuero, pinturas, vetiver, alpargatas, vitrales, son parte de lo que ofrecen en el parador, así como también la gastronomía de los Valles Altos: cachapas, miel, dulces de lechoza y toronja, tortas de auyama y chocolate, entre otras delicias. “Somos gente buena, sencilla y dada, que queremos cada día más al turismo, porque creemos que ayudará a que Venezuela salga adelante”, prosiguió Pacheco al describir la forma de ser de los montalbaneros.

Los artesanos no escapan de la crisis generalizada. Ilse detalló que antes Portachuelo abría sus puertas de martes a domingo, pero en la actualidad lo hacen desde los miércoles, de 10:00 a.m. a 4:00 p.m., principalmente por la poca afluencia de visitantes y la dificultad que últimamente se le ha presentado a muchos de los vendedores para trasladarse, por la escasez de transporte público y efectivo para pagar el pasaje.

Para hacer frente a la falta de efectivo, cuentan con un punto de venta que comparten entre todos. También aceptan transferencias.(Foto Kevin Arteaga)

Pese a todas las dificultades, ella no está dispuesta a dejar su terruño. Ni siquiera porque sus hijos, como muchos otros venezolanos, tomaron la decisión de emigrar en busca de mejores oportuidades. “Seguiré con esta tradición porque quiero mucho a mi Portachuelo. Son 12 años que le he dedicado con amor, y es justamente eso lo que hay que darle al turismo venezolano en este momento”, dijo convencida de que esa es la ruta para que lleguen tiempos mejores.

Con sus más de 60 años -12 de ellos en el parador-, Ilse se ha convertido en toda una referencia. “Yo soy la señora que vende las matas”, aclaró amablemente. Ofrece una amplia variedad de plantas ornamentales, como las bromelias y las calas; medicinales, como la estevia, menta, hierbabuena, moringa y anís; también de uso gastronómico, como la albahaca y orégano.

A su juicio, lo que le hace falta tanto a Portachuelo, como a los Valles Altos en general, para convertirse en un atractivo turístico que potencie la economía del estado, es publicidad. “Necesitamos que más personas vengan a mostrar lo que aquí se hace. Este es un sitio tan bello y muchos no saben de su existencia”.

Un valle de chocolate

Para llegar a Canoabo hace falta rodar durante al menos media hora más, después de tomar la vía del lado derecho en la bifurcación que hay en la entrada de Montalbán. En estos predios la vegetación se apodera del camino y el clima es aún más fresco. También hay un par miradores, perfecto para detenerse algunos minutos a contemplar el paisaje, siempre y cuando la neblina.

Canoabo es un pueblo de tradiciones desde que comienza el año. Incluso posee su propia cofradía de Diablos Danzantes. (Foto Kevin Arteaga)

 

Es un pueblo pequeño, pero pintoresco y acogedor, cuyos habitantes están negados a renunciar a sus tradiciones. Entre sus principales atractivos se encuentra la Hacienda San Cayetano, el lugar donde ocurre la magia de Chocolate Valle Canoabo, una empresa gerenciada por Luis y Rodrigo Morales, padre e hijo, empeñados en darle valor al cacao venezolano a través del denominado proceso “tree to bar”, que en español quiere decir: del árbol, a la barra.

La historia de emprendimiento familiar de los Morales comenzó cuando el padre llegó a Venezuela, hace ya 40 años, desde de su Chile natal. Por varias décadas trabajó como profesor en la Universidad de Los Andes (ULA) y algunas empresas. Cuando ya decidió retirarse, volteó la mirada nuevamente al campo, su origen. Como buen lector, decidió investigar hasta que se encontró con una frase que signó su destino: “El cacao de Venezuela es el mejor del mundo”.

Rodrigo contó que después de que su papá visitó las costas de Aragua y algunos pueblos de Yaracuy, llegó a Canoabo, donde se enamoró no solo de su cultura, sino de su gente, quienes además de poseer un amplio sentido de arraigo, llevan en su ADN una amabilidad desbordante. “Junto a mi madre compró un pequeño predio que fue convertido en lo que hoy es la Hacienda San Cayetano. En diciembre de 2014 nació formalmente esta empresa familiar”.

El cultivo de cacao en Canoabo estaba casi extinto, pero gracias al esfuerzo de la familia Morales hoy hay al menos 23 productores. (Foto Kevin Arteaga)

Morales hijo resaltó que como productores de cacao y chocolate tienen tres objetivos fundamentales. El primero es dar promoción e incentivo al rescate del denominado oro moreno en Canoabo y Venezuela; el segundo, promover el agroturismo y el chocoturismo sustentable, sin explotar la naturaleza; y el tercero, brindar conocimiento sobre este rubro, es por ello que reciben a los pasante de la Escuela Técnica Carlos Sanda.

Fue enfático en resaltar que Chocolate Valle Canoabo no es simplemente un producto que está en un anaquel, sino una empresa que tiene una historia. “Todo el que quiera puede venir a conocerla aquí en nuestra planta de procesamiento y en la plantación de cacao”. Para él, la solución a la crisis económica por la que atraviesa el país está en el hecho de volver a la tierra y rescatar la siembra no solo del cacao, sino del resto de los rubros agrícolas como el café, el maíz y la caña de azúcar.

Carabobo es mucho más que una zona industrial y estamos claros que en un futuro, si se hacen las cosas bien con el cacao, vamos a dar de qué hablar, sostuvo.

En San Cayetano, los fines de semana y días feriados reciben a todo aquel que quiera conocer la plantación y el proceso de elaboración del chocolate. Por el pago de una entrada, un guía experto en producción de cacao realiza un recorrido y explica el método “del árbol, a la barra”, que pasa por la cosecha de las maracas de cacao, la fermentación de los granos, luego el tostado, hasta que finalmente llega a manos del maestro o maestra chocolatera y de allí a los paladares de los choconautas.

Una estatua de San José, patrono de los canoaberos, se encuentra en la entrada del pueblo brindando su bendición. (Foto: Kevin Arteaga)

 

Turismo con propósito

Alrededor de 800 hectáreas posee la Hacienda La Calceta, un lugar que desde su entrada invita al disfrute y la relajación máxima. Se encuentra en Bejuma, pero para llegar hasta ella es necesario recorrer un camino que toma casi media hora desde el pueblo. Aquí las opciones para la recreación y el esparcimiento son muchas, pero la particularidad es que todas están conectadas con la naturaleza.

Francisco Rodríguez, trabajador de la hacienda, detalló que entre sus servicios incluyen un full day que abarca el aprovechamiento de todas sus instalaciones de 9:00 a.m. a 6:00 p.m. “Tienen acceso a la piscina de agua natural y también pueden hacer una caminata de kilómetro y medio hasta llegar a la cascada Mariposa Azul o al pozo Los Niños”. Cuentan, además, con un restaurante cuya especialidad es el sushi.

La Calceta se encuentra rodeada de montañas y alejada del centro de Bejuma. (Foto Kevin Arteaga)

Bajo el lema de “turismo con propósito”, La Calceta funciona como base o sustento para una casa hogar que alberga a 200 niñas aproximadamente, en diferentes condiciones de abandono o maltrato familiar. Allí reciben no solo alimento, ropa y educación, sino también el cariño y calor humano que tanto necesitan. “Hay un equipo que funciona como motor para hacer que las cosas pasen dentro y fuera de la hacienda”, aseguró Rodríguez.

El joven manifestó sentirse orgulloso de formar parte de un proyecto que trabaja en pro de un mejor país. “Más allá de la remuneración económica que podamos recibir por nuestro trabajo, nos llena de mucha satisfacción saber que nuestra labor ayuda a que se cumpla con un propósito social”. Como Francisco hay muchos ejemplos en los Valles Altos de Carabobo, un lugar que sin dudas forma parte de la Venezuela posible.

Los recorridos en las motos de cuatro ruedas son guiados por expertos y conocedores del área.  (Foto Kevin Arteaga)

 

 




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