Existen dos tipos de orgullo: el bueno y el malo. El orgullo bueno representa nuestra dignidad y nuestro amor propio.  El orgullo malo, es un pecado mortal de superioridad que apesta a presunción y arrogancia. John Maxwell.

En concordancia con el título de esta nota de hoy —tarde o temprano como sucede en la vida de todo hombre— nos llegará el día en el que tengamos que decidir sobre el o los dilemas, sobre las paradojas, entre los orgullos de los que hablaba Maxwell. De cualquier forma, el día en que se tenga que elegir algún hecho trascendental —en particular o del conjunto social— es primordial ser dueño de una firme convicción para saber sobrellevar las críticas con firmeza y valentía que, como piedras, a mansalva, caerán sobre nuestra humanidad. No será producto de la irreflexión, de impulsos ciegos. Por el contrario, obedece a una rigurosa lógica, a una formulación intelectual estricta.

Como resultado, el punto de honor es un sentimiento de dignidad personal que nos exige el más estricto cumplimiento de los deberes con uno mismo y con los demás, a quienes siempre debemos tener en lugar preferente. Pero nunca, ello debe ser un muro de piedra —para la rectificación, para el cambio— cuando este va en beneficio de la mayoría y de la razón. Si no, tal honor se convierte —en lugar de una virtud— en un acto de arrogante soberbia, de involución, de atrofia.

En todo caso —como decía semanas atrás—, tampoco hay porque sentirse avergonzados, ni frustrados por los errores incurridos en estos veintidós años de lucha en contra de un régimen implacable y cruel con la disidencia. Un régimen obcecado por imponer su supremacía y mantenerse en el poder echando mano de métodos brutales cuantas veces se le ocurra. Con todos los inconvenientes de por medio, está planteado el Acuerdo de Salvación Nacional que se dio a conocer este mes de mayo. Por otra parte, al margen de si de esas gestiones se consiguen o no resultados para destrancar el juego, el hecho es que existe un tema de discusión; un cronograma de elecciones donde se dice que están incluidas las elecciones presidenciales y la supervisión internacional en todo el proceso.

En consecuencia, ir a las elecciones del 21 de noviembre es una posibilidad que ha ido tomando cuerpo las últimas semanas, a la par que se han conseguido algunas condiciones que mejoran las garantías de participación, aunque hasta ahora insuficientes. Todavía están pendientes: la libertad de los presos políticos, la legitimación de los dirigentes inhabilitados, el retorno de los símbolos a los partidos políticos a sus auténticos dirigentes y contener la persecución de los esbirros a dirigentes políticos de oposición. De cualquier manera, si no se concurre a las elecciones bajo el manto de la unidad, la oposición será vapuleada sin necesidad de que los aspirantes afines al régimen tengan que apelar al tradicional engaño. No obstante, debemos esperar los resultados de las elecciones primarias del PSUV que se llevarán a cabo el próximo 8 de agosto, allí cualquier cosa no muy santa puede ocurrir.

En conclusión, si Juan Guaidó, la mayoría de las organizaciones partidistas de oposición y la sociedad civil organizada son partidarios de concurrir a las elecciones regionales del 21 de noviembre, considero un acto de honestidad, de reflexión en favor de la unidad, acompañarlos en esta meditada decisión.

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