Vecinos sepultan a las víctimas del alud que se presentó este martes y sepultó a un microbús de pasajeros que circulaba cerca de la Cumbre de Wachuna, uno de los puntos más altos de la Sierra de los Cuchumatanes. (EFE)
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En una pequeña aldea entre montañas, Alicio lamenta lo perdido. Lo que el tiempo nunca le devolverá: su familia. Su mujer y 4 de sus hijos perdieron la vida en el derrumbe de Huehuetenango. Hoy los llora en su humilde casa de Quilinco, en Guatemala, mientras pide a Dios que tenga piedad, que le devuelva con vida a sus otras dos pequeñas.

Su familia se ha convertido en el epicentro de una catástrofe que aniquiló el ánimo y enmudeció a todo un pueblo. Aura Lorena, de 36 años, y sus cuatro hijos, María Lorena, de 18; Elvira Vicenta, de 11; Fernanda Noemí, de 5, y Alicio, de solo 6 meses, ya no volverán. En Quilinco les cuesta asimilarlo.

Apenas había salido el sol ayer, martes, cuando toneladas de tierra, piedras y árboles se desprendieron de la Cumbre de Wachuna, uno de los puntos más altos de la Sierra de los Cuchumatanes. Sin medida y sin piedad, se precipitaron en la carretera que conduce al municipio de San Pedro Soloma.

Por ahí circulaba el microbús en el que regresaban a casa después de vender fruta y verdura en el mercado local Aura y sus seis hijos. Irían a la Escuela Nuevo Progreso, en la que hoy sus compañeros no querían jugar. Enmudecidos, se colocaron a un lado y al otro del camino empinado que conduce a la casa de los García Carrillo. El silencio era su más sentido homenaje.

Mientras, en el interior de la pequeña vivienda de esta familia indígena, donde descansan los cinco féretros, se respira dolor. Una anciana a la que le pesan los años guarda los cadáveres y de fondo se escuchan los interminables sollozos de la madre de Aura: “¡Me dejó mi chula! Se llevó todas sus hijas”.

Las mujeres más jóvenes, con sus hijos a cuestas, reparten platos de fríjol y maíz entre los ojos vidriosos y las caras compungidas de vecinos y amigos que tienen la mirada perdida en el infinito: “Cuesta asimilarlo“, resume un joven a Efe.

“A mi hija, cómo le tocó eso”, clama desesperada una madre que no entiende cómo es posible sobrevivir a un hijo y saber que jamás volverá. Intentan darle abrigo y consuelo, pero ella solo repite, una y otra vez: “Mi chula”.

Aura y sus hijos, de los que dos niñas permanecen ingresadas en pronóstico reservado, eran muy conocidos y queridos. Son 5 de los 11 fallecidos por el último derrumbe que se produjo en Guatemala, un país altamente vulnerable con más de 10.000 puntos (unos 3 millones de personas) en riesgo.

Nadie queda indiferente al dolor y la ausencia.

Su padre, Alicio, lo sabe. Agradece uno por uno el apoyo: “Es un momento de dolor muy fuerte. He perdido a cinco miembros de mi familia”. Le suena el teléfono. Es su sobrino. Le pregunta cuándo va a llegar al hospital en el que se recuperan sus otras hijas, de 3 y 9 años.

“Me necesitan, necesitan que estén ahí”, admite a Acan-Efe armándose de un valor que es difícil reunir. Echa la vista atrás y ve los féretros de su mujer y sus hijos. “Cuándo me enteré del deslave estuve llamándola, llamándola, y no me cogía el teléfono”.




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