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Una noticia que nadie quería creer: ¿“se murió Ricardo”? Y nadie la creía, porque Ricardo Maldonado fue hecho de aquella madera que, al decir de Prieto, es de la indestructible, de la que no sirve para hacer leña sino para esculpir santos. Nos dolió profundamente su desaparición física porque fuimos amigos de verdad, de esa amistad que también se construye con la madera con que Dios fabrica los guayacanes del alma. Amistad a prueba de los avatares y vaivenes, a veces incomprensibles, de la política.

“Su herencia más importante no son las obras tangibles, sino su calidad humana”

Cuando acudimos a solidarizarnos con María Luisa, esa compañera inseparable que mantendrá luto eterno en su corazón, nos abordaron los periodistas que conocían de nuestra amistad para preguntarme sobre el legado de quien fuera dos veces Rector de la Universidad de Carabobo e impulsó a quienes lo sucedieron. Cuando comencé a responderles les dije, emocionado, que su herencia más importante no son las obras tangibles: como la Ciudad Universitaria, las casas de cultura para el pueblo o “Egreamigos”, sino su calidad humana que trasciende cualquier actividad material ejecutada durante la vida de los hombres.

Y allí surge la anécdota que relieva lo que quiero decir, en relación a su inmensa calidad humana: hace algunos años, Ricardo,  en la oportunidad de asistir a un programa de tv, hizo señalamientos sobre la conducta de un profesor. Éste, aupado por otros, asumió que se trataba de una difamación y lo acusó, injustamente, por ante un tribunal penal. Mi Escritorio asumió la defensa de Maldonado y logramos que el juzgador lo exonerara de toda responsabilidad. Cuando le planteamos la posibilidad de una contrademanda, él se opuso tercamente diciendo que no quería prolongar su distanciamiento con ese, ni con ninguno de los que él sabía habían apoyado esa temeraria acción judicial. Tan temeraria que en el proceso aspiraban, para transar, la inaudita como inexistente cifra de ¡un millón de dólares!

Poco tiempo después lo vi compartiendo con todos los que, ambos sabíamos, habían orquestado el famoso como improcedente proceso. Extrañado le pregunté por el hecho y me dijo: “olvídate de eso Antonio, que para mí es como si nunca hubiese ocurrido”. Así era Ricardo, no albergaba odio en su corazón sino una calidad humana excepcional que deberíamos imitar.

Con la desaparición física de Ricardo Maldonado pierde la educación uno de sus más grandes baluartes, no solo por su dedicación a la docencia, de donde nunca quiso jubilarse y murió dando clases, sino en su concepción holística de la universidad autónoma y democrática. Ricardo fue un militante de la lucha por la libertad de cátedra, que es el fundamento de toda casa de estudio donde reine la democracia. Sus clases eran ejemplo de ello, como lo testimonian todos sus ex alumnos que se cuentan por decenas de miles.

Con la desaparición física de Ricardo Maldonado también pierde la política con P mayúscula y los partidos, porque sin militar en ninguno era defensor acérrimo de la actividad partidista y rechazaba la anti-política, como un mal endémico de todo régimen democrático. Y es que de verdad duele, profundamente, que Ricardo se nos haya ido antes de la salida de este régimen de atraso, que él combatió denodadamente hasta el último día de su existencia, porque Ricardo tenía una formación auténticamente de izquierda, comprometido siempre con las causas de los preteridos. Ricardo, con Martí, decía “con los pobres de la tierra eché mi suerte”. Por esas mismas convicciones, digo, estaba contra este pillaje que tomó por asalto el poder en Venezuela, para desprestigiar la causa del socialismo, profundamente democrático, que es la causa de los pobres y no de los millonarios de la corrupción quienes hoy detentan el poder, como una pesadilla, en Venezuela.

Si hay algún legado imperecedero será el que Ricardo Maldonado le deja a Ricardo José, a Jorge, a Julio y a Juan Ricardo. Seguro estoy que es el mismo que le dejó Andrés Eloy Blanco a sus hijos en El Coloquio bajo el Olivo: “Por mí ni un odio hijo mío, ni un solo rencor por mí, no derramar ni la sangre que cabe en un colibrí, ni andar cobrándole al hijo la cuenta del padre ruin y no olvidar que las hijas del que me hiciera sufrir, para ti han de ser sagradas como las hijas del Cid”.  Es que de Ricardo Maldonado se puede decir lo mismo que Manuel Alfredo Rodríguez dijo de Andrés Eloy: “Era una belleza de varón”. Y para mi orgullo, era otro hermano, como José Luis.




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