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Fabio Solano || solanofabio@hotmail.com

Era miércoles, pero como si fuera domingo. Primero de enero, y algún loco decidió sobrevolar Caracas a las seis de la mañana. En varios apartamentos se oyeron unas cuantas groserías y muy poca gente comprendió qué pasaba. Miguel sí sabía que era un aviso, aunque tenía entendido que era para el Día de Reyes. Con apenas cuatro horas de sueño hizo un esfuerzo para levantarse y asomarse al balcón de su apartamento, en el cuarto piso del bloque seis de El Silencio. Intentó ver el avión. Nada. Entre lo nublado del cielo, y su vista aun afectada por el ron de la noche anterior, no percibió gran cosa. Por el ruido del avión conocía que era un “vampiro” a chorro, de los mismos que sirvieron para acabar con la amenaza de invasión colombiana por Los Monjes. Una de las pocas cosas en las que el veterano periodista había estado de acuerdo con el general.

Si se fuera a examinar la vida de Miguel, se podría decir que era un venezolano más, casado, redactor de deportes en una revista especializada, descontento con los militares por la represión y sobre todo, muy enojado por el resultado del plebiscito. Lo del avión no lo tomó por sorpresa, pues su hermano, capitán del ejército, le había contado. Ahí el descontento se hacía cada vez más fuerte. Lo último fue lo del fraude.  Quince días habían pasado desde que la oposición ganó la elección, negada por los adláteres del dictador. Sobre la mesa del comedor Miguel tenía un recorte  de prensa. Según el Consejo Supremo Electoral (servil a Pérez Jiménez), el SI a favor del general, en boleta azul, obtuvo 2.374.790 y el NO apenas  llegó a 384.182 votos. Si en la calle se sentía el descontento,  en las Fuerzas Armadas, al parecer fue la gota que rebosó el vaso. Su hermano le dijo en clave que la cosa iba. 

Como ese día estaba libre, Miguel no salió, y siguió pensando en lo del avión. Toda la mañana estuvo pendiente de la radio, pues en el plan estaba la toma de una emisora, pero no oyó nada. Al  mediodía el sueño lo venció y cerca de las tres buscó en la nevera algo para comer. Estaba calentando una sopa del día anterior cuando en la lejanía oyó el ruido. Corrió al balcón y entonces los vio. Venían muy bajo, en dirección a las Torres de El Silencio. Eran tres “vampiros”, con su cola de doble alerón. De pronto el líder giró a la derecha. Se oyeron las antiaéreas y al segundo avión se le vio una ligera columna de humo que salía del ala izquierda. Desaparecieron en el horizonte, y la aeronave tocada enfiló hacia Maiquetía. Algo malo había pasado. 
Corrió al teléfono a llamar a su hermano. “Pedro algo está pasando. Han sobrevolado tres “vampiros”, como a 400 por hora, rasantes, pero le dieron a uno”. De otro lado oyó una voz tensa que le dijo: “Si. Algo salió mal. Hubo una delación, adelantamos  pero no funcionó.  No importa. Ahora el mundo sabrá que es mentira que la Fuerza Armada  está a favor del dictador. Eso de monolítica es un mito, una mentira. Pedro tienes que hacer todo lo posible por dar a conocer eso. Seguramente vienen por mí, pero tranquilo que esto no durará mucho”. La comunicación se cortó y Domingo recordó que su hermano le había hablado de unos 200 oficiales descontentos y ganados para la insurrección. Adentro de la FAN coexistían tres grupos: Los que apoyaban a Pérez Jiménez; otros que querían cambiarlo y seguir con el mando  militar; y otros más que aspiraban instalar la democracia. Miguel comenzó a vestirse. Él estaba con el último grupo y la única manera de ayudar era ir a los periódicos, para ver si podían decir la verdad. 
Seguro el régimen lo negaría todo, pero ya la cosa estaba en marcha. En cuestión de días sucederían otros acontecimientos. El reportero parecía rejuvenecido cuando salió al Silencio y atravesó la plaza Miranda. Iba en busca de alguien, a quien le interesaría mucho conocer  todo el entramado de la conspiración.



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