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Fabio Solano || solanofabio@hotmail.com

“Ahora sí que no vuelve. Esta mañana Feliciano me contó que saquearon la casa de Macuto, y que destrozaron todo lo que consiguieron. Si le sumas a eso el derribo de las estatuas, podemos decir que el “Ilustre Americano”, ya no es ningún ilustre, sino más bien un caído”. Francisco Antonio hablaba en voz alta para que todos los que por allí pasaban lo oyeran claramente.

Actuaba así un tanto por su carácter tempestuoso, pero también por resentimiento. Su familia estaba arruinada por un “negocio” del grupo del Presidente, y contra eso no se había podido a hacer nada. El dictador, en su ambición personal, no tuvo reparos en apropiarse de bienes con argucias y trampas, utilizando a sus cuñados más cercanos. 

Ricardo, su interlocutor en aquella esquina caraqueña, intentó calmar los ánimos del hombre. Logró que bajara un poco la voz para no llamar la atención, pero Francisco continuó: “Yo creo que en la historia no hemos tenido un Presidente mas negociante que este. Revisemos el pasado y veremos como hace 20 años Guzmán Banco no tenía nada. Era un solemne desconocido y aparecía de vez en cuando más por el accionar político de su papá, Antonio Leocadio, quien tampoco tenía plata.

En 1861 Antoñito apenas era el secretario de Ezequiel Zamora, por cierto el único testigo de su asesinato, lo cual levantó sospechas. Muerto el barinés, el general Falcón quedó solo en la jefatura y entonces Guzmán Blanco comenzó a surgir. Vino la guerra contra Páez y a los dos años el caraqueño fue la voz de los liberales, para conseguir la paz. Y ahí es donde comienza la historia de este avaricioso”. 

A pesar de las señas y la mirada de su primo, azorado porque en la esquina se aglomeraba gente, Francisco siguió: “Guzmán Blanco era el segundo de Falcón, pero en vez de quedarse en el país, que estaba en el suelo, se hizo nombrar embajador plenipotenciario para Londres y Paris. Iba a tramitar un empréstito de millón y medio de libras esterlinas. La negociación fue tan mala que a Venezuela no le llegaron sino migajas.

Eso sí, Guzmán cobró su comisión y se quedó con 75 mil libras. Ese fue el inicio de su fortuna. De lo más fácil”. 

De improviso el hombre fue interrumpido por una voz que salió del grupo: “Dicen que está en Francia y que no volverá. Su fortuna se calcula en cien millones de francos. Vive en un palacio en la zona más exclusiva de Paris. Se codea con la realeza y tiene gustos carísimos, como cenar en el Maxim’s. Al parecer ahora está vendiendo sus papeles de valor en el mercado financiero, y aquí dicen que ya salió de sus haciendas, incluida la de Chuao que era de la universidad”. 
Francisco aprovechó un respiro del desconocido para recuperar su discurso: “Sí. Eso de la hacienda Chuao es verdad. El gobierno ordenó que vendieran la propiedad para comprar bonos del Estado, bajo la excusa de que las autoridades universitarias no sabían manejar la producción de cacao. Hubo una sola oferta, de un tal señor Medina que entregó 750 mil pesos.

Ese era el administrador personal de Guzmán Blanco. Igual se quedó con “La Guayabita” por los lados de Turmero, que producía cien mil matas de café al año. Así era su estilo: Utilizando a sus cuñados Manuel Antonio Matos y Luis Vallenilla como intermediarios se apropió de haciendas, casas, papeles de valor financiero, acciones en empresas que contrataban con el Estado.

Nadie en el Congreso dijo nada, porque todos eran sus secuaces. Iban a pasarla bien en su mansión de Antímano, a cuadrar  negocios entre ministros, diputados, militares e inversionistas, previamente acordados con Guzmán Blanco.

Después de 20 años como el presidente más corrupto de la historia, ahora se da la gran vida en París. Claro que no vuelve, no tiene necesidad, pues ya sacó todos los pesos que podía. Parece que allá en Francia casó a una de sus hijas con un señorón de la nobleza. Para todo eso sirve el tesoro nacional, mientras los venezolanos estamos aquí, pasando las de Caín, sin comida, sin trabajo y sin bolívares”.




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