¿Qué es nuestra vida? Esta es una pregunta fuerte y de gran profundidad filosófica. Una interrogante tan intensa como para hacérnosla en estos tiempos que transcurren voluptuosos entre enero y febrero de 2020 (bonito número, veinte-veinte), en momentos difíciles para el acontecer económico, político y social venezolano. Para empezar, digamos que “la vida es un encadenado de acontecimientos complejos”, a los que debemos dar la mejor forma y la más dedicada planificación, organización y comprensión. Y, de eso, en gran parte, nos encargamos nosotros mismos, muchas veces “solitos”. Sólo así, viviremos la vida con plenitud de sentido, agradecimiento y sentimientos.

Vivir es ¡aprender a toda hora, y bajo cualquier difícil circunstancia! Comprendamos que no saben más los que más hablan, ni los que más gritan y más hacen ruido, sino quienes dedican sus oídos a escuchar con atención, y aprenden a callar oportunamente, a sabiendas de que el silencio no implica humillación, ni nos puede ser interpretado como incultos o miedosos. En ninguna circunstancia, el bullicio es bueno, y mucho menos favorable para nuestra salud mental.

En la vida debemos aprender que la realidad nuestra debe superar a la fantasía fácil que nos es regalada, porque es esa realidad -la nuestra- lo único que, en verdad, existe en cualquier momento presente y palpable. En la vida debemos aprender un poderoso razonamiento, ético y pragmático a la vez, que nos abre muchas puertas y oportunidades, o nos cierra otras tantas: ¡Esto es que “aunque nada cambie a nuestro alrededor, si yo cambio, todo cambia”! Esta es una gran verdad. Suena claramente a realidad total. Esto es así porque, por mucho tiempo, no hemos estado conscientes de la enorme capacidad que tenemos los seres humanos para transformar la naturaleza, a sus habitantes de todas las especies, y a nosotros mismos.

¡Tenemos las llaves para hacerlo, pero las hemos olvidado si es que alguna vez supimos que las teníamos! Pero, no todo en nuestra vida es ir hacia delante, no sólo es enfrentar y cambiar, porque podríamos estar generando sólo constante caos y acumulación de desintegración. Llegados los instantes de flaquezas y pérdidas, los momentos de las frustraciones, pensemos que los fracasos nunca se improvisan, y nunca pensemos que son salidos de la nada, ni que están esparcidos esperándonos para causarnos malos tiempos de vida: ¡Quizás estos fracasos los hemos construido nosotros mismos, poco a poco, sin percatarnos de cómo se iban estructurando bajo nuestra total responsabilidad!

Así es la vida. Así funcionan las cosas. Y no hay disculpa que valga. ¿Podemos aprender algo de esto? ¡Claro que podemos! El mayor aprendizaje es que la vida no es un asunto que va por un lado, y nosotros por otro, independientemente. La vida es una misma realidad que creamos nosotros minuto a minuto, directa o indirectamente, con grandes silencios o muchos ruidos. ¡No podemos evadir la gigantesca responsabilidad de hacer nuestra vida, y echar la culpa a los genes o a nuestros padres de lo que resulte bien o mal! Y peor, aun, hablar de haber tenido mala suerte, o como dicen los españoles, “tener mala leche”…




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