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El jefe de la policía política soviética fue “eliminado” por sus compañeros de partido en diciembre de 1953

El viejo caminaba por la plaza. Ya tenía sesenta y cinco años y aun se mantenía activo, a pesar de que ya no trabajaba. En los últimos años fue portero. Casi nadie se fijaba en él, ni se acordaba de su origen georgiano. Mejor así. Stalin había muerto en marzo y ahora, en pleno diciembre el partido informaba del fusilamiento de Beria. El los conocía a los dos, aunque nunca estuvo muy cerca pues ellos andaban en las alturas del poder. Mijaíl recordó claramente lo contado por su sobrina, mucama en la dacha del gran jefe. “Stalin tenía varios días en la casa, pero muy pocos sabían. La mayor parte de la gente creía que permanecía en el Kremlin, de donde casi no salía en los últimos años. Ya tenía 73 años y una mala salud. Irina me dijo que esa noche había cenado con dos ministros y luego se fue a su dormitorio. Al otro día no salió como acostumbraba, pero nadie se atrevió a tocarle la puerta. Tenían miedo a una reacción violenta, lo cual no era raro, pues Stalin creía siempre que lo querían matar. Casi en la noche fue cuando se atrevieron a tumbar la puerta blindada. El padrecito estaba en el suelo, mudo y sin poder mover el lado derecho. De los primeros que llegaron estuvo Beria el jefe de la policía secreta”.
El viejo miraba receloso a su alrededor, como si tuviera miedo de que algún chekista pudiera leer su pensamiento. Seguía recordando lo contado por Irina. “Beria tardó casi un día en traer ayuda médica, a lo mejor esperando a que se muriera de una vez. Luego lo dictaminaron con un problema de tensión muy alta. El padrecito se desmayaba y volvía en sí, pero no hablaba. Sólo una vez miró furioso a los que estaban ahí. Kruschev, Malenkhov, Beria. Stalin no se recuperaría dijeron los doctores. Fue cuando apareció en la prensa que estaba muy enfermo y como cosa rara, dieron explicaciones de lo que le pasaba. A los dos días anunciaron su muerte, informando que había sido en su apartamento de Moscú. Otra mentira. Para el sepelio llegaron millones y hasta hubo heridos con la empujadera para verlo por última vez. Luego se desató todo en el partido. El viejo sabía que eso pasaría, porque ya lo había visto unas tres veces. Anunciaron una dirección colectiva en el PCUS, pero Mijaíl estaba seguro que eso no sería aceptado. Aunque era sólo militante del partido, él si conocía como sucedían las cosas. En la célula habían apostado a quien ganaría entre Malenkhov, Nikita Kruschev y Beria”.
Y ahora ahí estaba la noticia de la ejecución de Lavrenti Beria, el más poderoso jefe de la policía política, la NVKD. Mijaíl lo conocía desde que ambos, muy jovencitos, estudiaban en el politécnico de Bakú. En 20 años había prosperado en el partido. Fue jefe de la Cheka en Georgia, y luego se fue con Stalin. En el 37 ya era su hombre de confianza. Recordaba muy bien las primeras palabras públicas de Beria: “Que nuestros enemigos sepan que cualquiera que levante la mano contra la voluntad del pueblo, y contra la voluntad del Partido de Lenin y Stalin, será aplastado y destruido sin misericordia”. Luego, cuando la gran guerra, llegó a Comisario del Pueblo para Asuntos Internos. Responsable de masacres de las cuales no se podía hablar. Millones de presos y miles de ejecutados. Dicen que fue Beria quien organizó todo para matar a Trosky y con eso se ganó el favor total del padrecito. El máximo perseguidor de los disidentes, enviaba preso a cualquiera que criticara a Stalin y al gobierno, así fuera en privado. Traición a la revolución y al partido eran delitos para una condena a muerte segura. Pero hacia pocos años Stalin comenzó a sospechar de todos. Los fantasmas de todos los muertos no lo dejaban tranquilo. Sabía que después de cumplir los 70 años todos estarían esperando para pelear la sucesión”.
–Y muerto el gran jefe, Beria no pudo superar a los otros aspirantes. A pesar de la liberación de cien mil presos y la promesa de no más ejecuciones, justamente al jefe de la policía política le dieron de su propia medicina. Como aquel dicho de quien a hierro mata, a hierro debe morir. Primero se subió a la punta de la pirámide Malenkhov, apoyado por el mismo Beria. Pero luego se supo que estaba moviendo sus hombres de la NVKD. Y entonces todos se complotaron contra él. La práctica política, por el orden de los discursos, decía que primero era Malenkhov, luego Beria y después Nikita Kruschev. Fue este último el que montó la trampa que todos aceptaron, incluyendo altos oficiales del Ejército Rojo. En julio convocaron a una reunión y le anunciaron a Beria que lo iban a nombrar gran jefe a él. Cuando fue a entrar al edificio con su guardia le pidieron que lo hiciera solo, por la confidencialidad. Apenas comenzó la reunión, Nikita se paró y lo acusó de traidor y de recibir pagos del gobierno de los Estados Unidos. Beria, primero se sorprendió, luego reclamó directo al acusador: “¿Qué sucede Nikita?” De pronto cayó en cuenta de lo que acontecía y cuando reaccionó para intentar esgrimir la pistola, un general que estaba a su lado lo dominó. Eso es lo que se comenta. Hay quien cree que lo mataron ahí mismo. El general, con un tiro en la nuca. Otros piensan que fue el mismo Kruschev.
El viejo siempre iba a lo concreto, a la realidad: “Lo cierto es que seis meses después, ahora en diciembre, anuncian oficialmente que Beria fue ejecutado por traidor al Partido Comunista y a la Unión Soviética. Durante 15 años fue el ejecutor de las decisiones de Stalin. El hombre de la limpieza el que se encargaba de los trapos sucios. Si se piensa bien, desaparecido Stalin, también debía morir su secuaz de la policía política. Ya no importa cómo murió. Sabía muchas cosas de todos, de los enemigos y de los amigos también”. Mijaíl sentía que se estaba produciendo un cambio grande y estaba a punto de regresarse a su natal Georgia. Siguió caminando por la plaza hasta que llegó a un punto donde debía escoger por cuál de las siete calles seguiría. Intentó recordar a Beria cuando joven, riéndose. No pudo.
@fabiosolano




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