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Setenta mil bolívares cobra un taxista por un viaje de Valencia a Caracas. Para quien no esté muy pendiente de los precios es un amargo despertar a la realidad. Y lo peor es que es lo menos caro, pues hubo uno que pidió noventa mil, alegando que su carro era de “lujo”. Buscar un taxi para ir a la capital fue toda una decisión financiera. Podíamos ir en nuestro carro, como siempre. Ahora no tiene seguro. La empresa que por muchos años lo protegía, cotizó la póliza en más de un millón, y nada, no se pudo asegurar. Está bueno de cauchos, aunque el precio de  uno solo hace que uno los cuide como la niña de sus ojos. Ya pasan de los cien mil. La batería aun tiene garantía, pero eso es un albur. Ahora salen malas, porque están usando baterías viejas para reciclar, según un trabajador de una conocida marca de La Michelena. Y también están por los cien mil como mínimo ¡Ah! Ya no hay colas ni bachaqueo. No hay “negocio”.

El taxi no era de lujo, pero estaba bien. Un Aveo, sincrónico que al principio tenía un sonido como de vibración que luego desapareció. El taxista, un hombre ya para los 50 años, con casi veinte en este negocio según informó, no sin cierto orgullo. Como todos los taxistas de este país, hablaba mucho, y sondeaba de vez en cuando. El quería saber donde estábamos en cuanto a chavismo o antichavismo. Y yo también quería saber para donde iba el hombre del volante. Si el fantasma del “patriota cooperante” de Diosdado viajaba con nosotros. No hay nada mejor que hablar con un taxista para sopesar como van las cosas. Nada de encuestas, estudios de campo, porcentajes de agrado o desagrado. ¿Cuál es el principal problema del venezolano? ¿Costo de la vida, inseguridad…? No señor. El que anda en la calle, lleva y trae gente de toda laya, conoce. Solo es cuestión de tocar el botón adecuado, en el momento conveniente.

Me llamó Enrique Jiménez, doctor. Soy de Guama, en Yaracuy. Nací en el campo, muy cerca de donde hubo una batalla. Pero me llevaron a Valencia chiquito. Y por ahí se fue con todo su entorno familiar. Tengo una hermana que ve cosas. En su casa aparece un niño, pero ella apenas le ve la parte de arriba de la cabeza. Es que hay como un pasillo con una media pared que da para la cocina. Cuando ella está cocinando y se voltea, ve la cabecita que avanza pegada al borde de la media pared, pero cuando va y mira, en el pasillo no hay nadie. Yo no veo esas cosas, pero ella sí. Y luego el cuento de la llorona.  No hay nada más que hacer sino conversar. A medio camino una parada para ir al baño. ¿Tomaron Café? No. Además de que piden 1100 bolívares, hay que hacer dos colas. Una para pagar con tarjetica, y otra para que despachen una agua marrón sucio, que ahora llaman con leche.

El viaje de ida sin contratiempos. Entrar a Caracas a las nueve de la mañana fue casi un paseo. Sin colas ni nada. Según Enrique, el tráfico ha estado suave todo este principio de año. Es que no hay tráfico de camiones ni gandolas doctor. No tienen nada que traer. Y uno, ingenuo, pregunta: ¿Será que aquí se consigue arroz y azúcar más barato que en Valencia? Qué va patrón. Aquí todo esta escaso y carísimo. Cierto. Estuvimos en un supermercado en la Libertador. Cola para comprar jabón en polvo,  con empujones y carreritas. Solo por número de cédula. Entramos cuando ya habían despachado lo regulado. Luego de unas vueltas, al fin preguntamos. Oiga joven ¿tendrán arroz? La respuesta agria y desatenta. Aquí no hay arroz desde hace meses. De pronto, en un carrito vimos unos empaques con una conocida marca de azúcar. Desilusión, era endulzante. A 14 mil bolívares el kilo. En una cafetería comimos algo para llenar el estómago ante el inminente retorno al mediodía. Dos pastelitos de jamón y queso, dos cafés, 8 mil bolívares. De espanto.

El regreso fue más llevadero. Desaparecida la desconfianza mutua, El taxista entró en  modo comentarista. Bastaba una pregunta simple: Enrique ¿A como está comprando usted la harina pan? Mire doctor ahorita a 3500, bachaqueada, porque no tengo tiempo para ir a hacer cola a la tres de la madrugada. Aparte del físico, está mi trabajo. Si yo  me voy al Kromi a esa hora, seguro saldré a las nueve, cansado de estar parado, y con apenas dos paquetes. Ahora tenemos que decidir entre la comida bachaqueada o la importada. A veces alcanzo a ir con mi mujer a algún supermercado chino y ahí veo el arroz a cinco mil, el azúcar por la misma cuenta, y pasta demasiada cara. Comemos arroz casi todos los días, pero espagueti tiempo que no lo vemos”.

Al pasar por La Victoria, en una especie de plaza frente a una edificación, hay una formación. Son gente que se ve mayor, con uniforme beige. Y Enrique le entra al tema. Esos son milicianos. Ellos dicen que están en eso por amor a la patria, pero muchos van por la miseria de bolívares que les dan por barrer calles o arreglar zonas verdes. Ahorita no sé cuánto le dan. Hace como un año era entre cinco y seis mil bolívares por día. Ah y también les pagan cuando van a algún mitin chavista. Yo tengo un vecino de esos que se visten de marrón. No es mala gente, pero no se aguanta cuando le mete a discutir del chavismo. Fíjese que cuando comenzó a desaparecer la comida y se hablaba de la dieta de Maduro, el hombre me llegó a decir que ahora si íbamos comer sano, sin grasas, ni harinas. Qué la dieta era más bien un favor. Las frituras matan. Por favor ¿Dígame usted a qué sabe un huevo pasado en un sartén, pero sin aceite? A nada. Y además cuando le alego que no hay comida y que debo comprar a los bachaqueros, me acusa de hacerle el juego a la guerra económica de los oligarcas. Lo peor es que el vecino está peor que yo. No tiene trabajo, ni comida. Pero es fanático de Mario Silva. Y me acusa a mí de oligarca. Yo soy el máximo oligarca de los taxistas. ¿Qué tal?

@fabiosolano




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