Ojalá y la tragedia que destruye a Venezuela pudiera tener una salida negociada. Pero los hechos demuestran que ello es harto improbable. Primero, porque la hegemonía no está pensando en salirse sino en quedarse. Le da una cierta cuerda al tema de la llamada “salida” por razones de conveniencia, sobre todo de cara a sus defensores foráneos. Pero si algo no tiene en mente la jefatura político-militar que controla el poder, y desde luego que sus patronos cubanos, es salirse de él.

Y segundo, porque una negociación supone que hay unas personas dispuestas a ceder, al toma y daca típico de una negociación política. Y esas personas no tienen cabida en el despotismo depredador, y mucho menos en la manera de concebir y ejercer el poder en La Habana. Si no entendemos eso, entendemos bien poco de lo que ocurre en nuestro país, y en especial de lo que ha venido ocurriendo hace años, con el despliegue paulatino del proyecto de dominación que aún impera.

Venezolanos de valía continúan insistiendo que la única manera de producir un cambio efectivo en lo político, social y económico, es a través de una negociación seria… Lo que pasa es que para que haya una negociación seria, hacen falta que hayan negociadores serios. No dudo que los pueda haber en el campo opositor, pero consta que no los hay en el oficialismo. De hecho, no hay negociadores. Punto. Al menos en cuanto a un cambio efectivo.

¿Significa esto que el juego está trancado y que nada puede hacerse? No lo creo. La lucha política es dinámica por definición. Cuando la situación se congela, o luce estática, es porque la lucha está mal planteada, o más bien hay una simulación de lucha. La Constitución, formalmente vigente, es amplia y exigente en cuanto a los caminos legítimos para restablecer un fundamento de gobernabilidad democrática. Esos caminos no deberían depender del embudo de una supuesta salida negociada.




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