El 8 de diciembre a las 23:15 John Ono Lennon murió. Había sido baleado minutos antes por Mark David Chapman en la puerta del Dakota, el edificio donde vivía junto a Yoko Ono y el pequeño Sean, hijo de la pareja, de 5 años.

El día había sido largo y el músico por fin se disponía a volver a casa. Tenía proyectos, un nuevo disco en marcha y quién sabe cuántas otras cosas  quedaron pendientes. Su asesino fue un joven hawaiano que horas antes le había hablado en la puerta del mismo edificio para pedirle un autógrafo. “¿Es todo? ¿Quieres algo más?”, le preguntó Lennon a Chapman luego de estampar su firma en la portada del disco Double Fantasy, el que lo volvió a la vida artística.

El joven asesino había llegado a Nueva York con la clara idea de matar al hombre que tras el nacimiento de su segundo hijo —el único con Yoko Ono— volvía a los escenarios tras cinco años en silencio. Chapman, de 25 años, pretendía ser conocido y lo logró de la peor manera: hizo guardia en la puerta del Dakota para esperar al músico durante la fría mañana de ese 8 de diciembre. Asombrado por la simpatía que tuvo Lennon con él no pudo matarlo luego de que le autografiara su vinilo. Pero no desistió de la idea y lo esperó hasta que regresó por la noche.

Cerca de las 22 de ese día Lennon y Yoko regresaban al Dakota. Ono se adelantó, John quedó 20 pasos atrás y volvió a cruzar mirada con el mismo sujeto que lo había abordado por la mañana. Siguió de largo. “Señor Lennon…”, llamó Chapman. Lennon volteó y lo sorprendió el primer disparo. Siguieron otros cuatro.

El desquiciado descargó las balas ahuecadas de su revolver calibre .35 y cuatro impactaron en el delgado cuerpo de Lennon, quien se mantuvo en pie mientras cada munición lo perforaba. Logró llegar a la oficina del conserje y allí cayó. Los gritos de Ono despertaron a Nueva York. La vida del ídolo había acabado.

Lunes 8 de diciembre de 1980 a las 23:15. Esa es la fecha y hora que quedó estampada en el acta de defunción de John Lennon firmada por el doctor Stephen Lynn en el Hospital Roosevelt a donde había ingresado muerto en brazos de dos policías. Los médicos intentaron reanimarlo sin éxito. Del otro lado de la sala de emergencias esperaba Yoko Ono.

Stephen Lynn es el médico que recibió en la sala de emergencias a un hombre que se desangraba por el impacto de cuatro balas. Ni él ni su equipo repararon en quién era la persona a la que estaban por abrirle el pecho para intentar salvarle la vida.

“Treinta años después, te lo digo: siempre supe qué hacer y cómo”, recordó Lynn para La Vanguardia al cumplirse tres décadas de esa noche fatal. “Fui asistido por dos médicos y atendimos al paciente sin ningún pensamiento alusivo a su fama. Una vez que fue declarado muerto, aproximadamente a las 23:15, todos en el área de urgencias nos detuvimos, respiramos y, sólo entonces, comprendimos que participamos en un momento histórico, del modo menos deseable”.

Lynn también fue el encargado de darle la triste noticia a Yoko Ono, quien suplicó no difundirla a la prensa porque quería primero decírselo al pequeño Sean.

En la extensa entrevista, Lynn recordó que Lennon tenía tres impactos en el pecho y uno en el brazo, que había llegado sin pulso ni presión sanguínea. “Podríamos haber certificado su muerte nada más llegar, pero en urgencias hay que aprovechar cualquier resquicio, por pequeño que sea (…) Hicimos una intervención quirúrgica y abrí la parte izquierda del tórax… Al abrir encontré una gran cantidad de sangre, probablemente el 80 o 90% de la sangre del cuerpo; el corazón se había quedado vacío. Hicimos transfusiones, pero vi que los vasos sanguíneos también estaban muy dañados. Pensé que prácticamente no había posibilidades de salvarle la vida, por lo que tomé el corazón con las manos y le practiqué un masaje”.

Sí, el médico esperaba un milagro. “Tomé el corazón con la mano derecha. Consideré que tal vez podría reaccionar; sin embargo, la naturaleza de las heridas impedía toda opción (…) Hasta ese momento trabajé en piloto automático, sabía qué debía hacer. Pero en el momento en que lo dimos por muerto, todo fue diferente”.

—¿Cuándo supo que era John Lennon?

—Lo descubrimos cuando una enfermera sacó la cartera de su bolsillo y vio su documento de identificación. Dijo: “¡Es John Lennon!”. Miré al paciente y me dije que no podía ser, no se parecía al John que yo conocía del vencindario. En la muerte, él no se parecía en nada a la imagen en vida, estaba gris, chupado, pálido. No parecía John Lennon, aunque, al fondo del pasillo, apareció Yoko Ono. Ya no había duda.

Consultado sobre qué pasó en la sala de emergencias mientras el músico yacía muerto, confesó: “Todos los que estábamos en el quirófano, tres médicos y seis enfermeras, nos vinimos abajo y lloramos”.

“Tener el corazón de John Lennon en mis manos, tener en mis manos el corazón de mi generación, me hizo sentir triste por no haber podido hacer más, por no ser capaz de salvar su vida esa noche. Sentí que si lo hubiera salvado el mundo sería diferente 30 años después, sería un lugar mejor”.

 

Con información de Infobae




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