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Ha culminado el tiempo de Navidad en la Iglesia y se reinicia el tiempo Ordinario, en el cual se pueden meditar con calma los misterios vividos con respecto al Nacimiento del Salvador. La liturgia nos presenta el testimonio de Juan el Bautista. Vio a Jesús venir hacia él y dijo: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. La expresión sobre el Cordero recoge toda una tradición cristiana que identifica al Hijo de Dios como la nueva víctima pascual que será para siempre inmolada sobre el altar santo del Templo. Antes el hombre ofrecía sus sacrificios según la propia capacidad. Hubo quien ofreció las primicias, es decir, los primeros frutos sembrados del campo, o también el diezmo, para satisfacer las necesidades del culto divino. Pero otros iban directamente al Templo para entregar al sacerdote un animal destinado al sacrificio por la remisión de los pecados. Ahora Cristo toma ese lugar y se sacrifica por todos. Juan el Bautista lo presenta de esa manera y así, el cristiano da gracias continuamente por este acto heroico que mereció la salvación de todos sobre la Cruz.

El cristiano puede confiar que jamás estará solo y que tendrá todos los favores divinos para luchar contra las tentaciones

Si en el Templo, el animal sacrificado significaba delante de Dios la cancelación de todas las faltas, ahora este nuevo Cordero borraba para siempre los pecados de todo el mundo, de quien se arrepiente de sincero corazón y con toda el alma, convirtiendo sus acciones y pensamientos para llevar una vida digna y santa. Juan el Bautista dice que su bautismo es con agua para que el Cordero se manifieste en Israel. El bautismo sumergía en el agua a la persona para recordarle que tenía la oportunidad de ser purificada. No se hacía este rito sin antes hacer una especie de examen de conciencia que llevara a una libre elección de cambio de vida.

El testimonio de Juan el Bautista prosiguió con la descripción de lo que fue el bautismo de Jesús. Él vio al Espíritu Santo descender del cielo como una paloma y permanecer sobre el Mesías. Ahora, el bautismo adquiere un nuevo significado, porque ya no es protagonista el agua, sino el Espíritu. La transformación está acompañada de una ayuda muy especial que viene de la gracia de Dios que se implanta y se impregna en el ser del hombre. El cristiano puede confiar que jamás estará solo y que tendrá todos los favores divinos para luchar contra las tentaciones. La ayuda de Dios es garantía de un camino de salvación y de felicidad.




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