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Fabio Solano
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Era una mañana cálida, con un sol radiante. Gerardo estaba en uno de los sitios seguros del Partido. En la mesa se veían una subametralladora Stern, una pistola Parabellum del 45, dos revólveres Smith and Wesson del 38, una granada MK2, y una escopeta recortada. El grupo activado era de seis. Nadie podía imaginar que un mecánico, un ingeniero, un profesor y tres obreros harían aquello.

“El Manual del Guerrillero Urbano” de Marighela decía que entre más anónimos sean los integrantes de la Unidad Táctica de Combate (UTC), mucho mejor.

Gerardo, segundo responsable de la UTC, era el profesor. Nuevo en esta modalidad, la noche anterior leyó varias veces el capítulo llamado “El asalto de banco como modelo popular”. Ahí decía que era una especie de examen para el revolucionario que se integraba a la lucha urbana. Pero él tenía ventaja. Había sido entrenado en manejo de armas, cuando fue enviado por el Partido a la Escuela de Cuadros de la isla. Instrucción política, aprendizaje ideológico y lucha armada, eran objetivos del curso que duró un año y medio.

De pronto se abrió la puerta y entró el jefe. ¿Cómo va todo camarada? Nos queda una hora y media escasa. Ya vienen los demás y haremos un repaso. ¿Revisó las armas? Gerardo asintió. Los otros llegaron. El comandante hizo el recuento y repartió responsabilidades. “Ya saben que el objetivo está bien situado. En una esquina de la avenida Principal con semáforo incluido. Llevamos un Chevelle con cuatro de nosotros y una moto para los otros dos. El banco es pequeño. Tiene un gerente llamado Martínez, el gordito que ya todos ustedes han visto. Dos cajeros, uno nervioso y otro más tranquilo. A este último no se le puede quitar la vista.

Querrá activar la alarma. De las mujeres, la secretaria del gerente puede perder los nervios. La morenita de ahorros no dará problemas. Y la de ojos saltones tampoco. Los que llevan 38 dispararán si la cosa se pone fea. El vigilante es viejo, pero nunca se sabe. Yo tengo la Stern. La escopeta solo se disparar al salir, si la salida se complica. Se oye como un cañón y eso es bueno para asustar. Gerardo lleva la escopeta y la granada”. El profesor pensó en el manual: Sorpresa, conocimiento del terreno, movilidad y velocidad. ¡Ah! Y no era un asalto, sino una “expropiación”.

A los diez minutos estaban rodando por el puente de la carretera nacional. Cruzaron con el semáforo en amarillo y estacionaron frente al banco. Día muerto, con apenas dos clientes. Un camarada, con blue jeans y una chaqueta grande se quedó en la puerta de vigía.

Los demás entraron como si fueran clientes. El jefe fue a la oficina del gerente a “pedir una consulta”. Otro se colocó entre los escritorios de ahorros y cuenta corriente, con las cajas enfrente. Gerardo, con la escopeta recortada en un maletín deportivo se quedó en el mostrador. La garita del vigilante estaba ahí con la puerta abierta, como siempre. Encañonarlo y dominarlo fue fácil. Luego inmovilizaron a los cajeros. Las mujeres amagaron con gritar, pero en ese momento Gerardo les enseñó el cañón morocho de la escopeta. Silencio total. El gerente asustado, con la palidez de un hombre con una subametralladora en la espalda abrió la caja de caudales. Y en un saco de transporte de valores comenzó a meter las pacas de billetes.

No habían transcurrido dos minutos cuando se produjo una sorpresa. Del baño salió un hombre. Cuando vio las armas hizo el gesto como de llevarse la mano a la cintura, y entonces se oyó un gran estampido. El hombre cayó de lado, sangrando por el vientre. A su lado quedó un colt pequeño de cinco tiros. Era un judicial cliente del banco que tuvo ganas de orinar. El tiro se había oído en la calle. El comandante apuró. El cajero tranquilo apretó un botón debajo del mostrador. No importaba ya. Todos a correr. Dos a la moto que con gran estruendo subió a la acera y aterrorizó a los transeúntes. Se fue hacia el cerro. Los demás al carro. Justo cuando estaban arrancando llegó una patrulla de azules. Gerardo asomó el cañón morocho y apretó el gatillo.

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